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Opinión

  • | 2011/03/05 00:00

    Me bajo de la ola verde

    Regresaré a la ola verde cuando la dirija ‘La Chechi’ Baena. Si se trata de patinar, mejor una profesional

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A ustedes les consta que fui esforzado militante de la ola verde, a pesar de que me costaba compaginar con las costumbres de los primivotantes criollos: esos jóvenes de jeans, gafas gruesas y saco de sudadera que nunca salen a votar. Ni siquiera podía hablar como ellos. No decía, por ejemplo, "voy a parchar con Adriana", sino "voy a parchar a Adriana". Esto es, a ponerle un parche. A Adriana Eslava, se entiende.
 
Di lo mejor de mí mientras milité en la ilusión verde, y sufrí para que sus líderes, casi siempre desfasados, no cantaran, como zombis, "más agua, más verde" en plena ola invernal ni cayeran en las trampas que les tendían sus enemigos políticos. Cuando se inventaron lo del tal 'Sello Verde', por ejemplo, rogué para que los liberales no sacaran el 'Sello Rojo' y se robaran a Luchito.

Sin embargo, el mutuo coqueteo de Peñalosa con Uribe ha hecho que me afeite la barba, me meta la camisa en los jeans y no vuelva a usar la parte de arriba de la sudadera sino con sus pantalones correspondientes y para hacer mercado. No doy más. Me bajo de la ola verde.

La culpa es de sus dirigentes, que no fueron capaces de rechazar sin titubeos el apoyo uribista. Al mejor estilo mockusiano, y con perdón, nos sacaron el culo. El movimiento ya no parece una ola, sino una cola verde, similar a la que arrastran Juan Lozano y Roy Barreras por detrás del blazer.

¿Cómo se verán los líderes de La U en una manifestación verde? ¿Cómo se verá Armandito sosteniendo un girasol mientras organiza los buses, el guarito y el tamal para que la gente llene la plaza y grite "mi conciencia vale más que un guarito y un tamal"?

Entiendo que Mockus, particularmente, no se tuviera fe para conseguir cada voto a pulso. Pero no olvido que sobre varios caballitos del carrusel de contrataciones cabalgaron, tinto en mano, políticos de La U que ahora apoyarán a Peñalosa.

Hasta aquí llegué. Nunca pude soportar la idea de que Uribe llegara a la Alcaldía distrital. Lo veía bañándose en el río Bogotá, tirándose en el tobogán de Salitre Mágico, entregándole a Andrés Uriel todas las obras y nombrando a José Obdulio de director de la ETB y al 'Pincher' Arias del Jardín Botánico.

No aguanto que ahora aterrice en la ciudad a través de Peñalosa, aunque entiendo los puntos de unión que existen entre el uribismo y los verdes: los uribistas también creen que no todo vale. Vale, sí, un lote ordinario que uno consiga rotular posteriormente como zona franca, por ejemplo: eso sí vale. Y mucho más del doble.

Era el momento para el cambio. La ciudad está tan mal que Samuel temía que el ejemplo egipcio llegara a Bogotá. Tranquilo, alcalde: los bogotanos no nos movilizaremos para derrocarlo: movilizarse en Bogotá es imposible. No hay calles, no hay taxis, no hay nada. Solo barro y mallas verdes. A diferencia de Egipto, acá la única pirámide famosa es la de los Nule; para ver una efigie sin nariz es preciso salir de rumba con Julio Nava y la única manera de conocer una momia es colarse a una frijolada de doña Olga Duque.

En lugar de aprovechar este momento, los verdes permiten coqueteos que contradicen su esencia. El senador John Sudarsky fue de los pocos que rechazó la idea, aunque de una forma que en todo caso me hizo bruxar: dijo que hay unos huevitos de Uribe que huelen feo: ¿cómo sabe? ¿Cuándo se encerraron ellos dos a solas? ¿Por qué dicen que la depravada sexual es la pobre contralora?

Regresaré a la ola verde el día que la dirija 'la Chechi' Baena: si se trata de patinar, es mejor quedar en manos de una profesional.

Ante esta nueva decepción, no tenía candidato a la Alcaldía. De Gina Parody no quiero saber nada hasta que deje de compartir gafas con 'la Gata'. Y Carlos Fernando Galán y David Luna no se lanzaron para ganar, sino, digámoslo de una vez, para mojar prensa y calentar la candidatura que de verdad les interesa, que es a la presidencia de la junta de sus respectivos edificios. Para eso sí tienen talla. En su administración prohibirán guardar el carrito del mercado en el ascensor, en aras de mejorar la movilidad, y combatirán la inseguridad quitando el sofá del lobby para que el celador no se duerma.

No tenía candidato, digo, hasta que vi el video empresarial de William Vinasco Ch. No hay nada más grande. Lo cuelgo en la versión on line de esta columna para que lo disfruten. Es una de esas cosas que lo reconcilian a uno con la colombianidad, en especial cuando William sale saltando en mangas de camisa mientras modula una canción en inglés, aunque no sepa hablar inglés, la fuerza de ventas entra en un trance de cámara lenta que recuerda los mejores momentos de Matrix, la película, y gente del call center, con gran compromiso por la empresa, baila break dance en una azotea.

Me contagié del entusiasmo de William. Votaré por él. Además, tiene jacuzzi en la sala. Y acaba de comprar avión. En eso se parece a los Moreno, aunque el avión de los Moreno es Iván.

Gracias a William, ahora sueño con que todos, carteristas y ciudadanos, contratistas y amas de casa, concejales y gente de bien, nos tomemos de la mano al ritmo del Empari y hagamos una gran coreografía bajo la lluvia, por toda la calle 26: que bailemos entusiastas, como hermanos, mientras reparchamos unidos, si no las calles rotas, al menos a Adriana Eslava.
 


 
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