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Opinión

  • | 2012/10/27 00:00

    Me duele decirlo

    Quizás en su afán de cumplirle al país ha ido más lejos de lo que le aconsejan las limitaciones de salud y las angustias familiares.

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Apreciado Angelino, atendiendo a un llamado del corazón le escribo esta nota. Es una obligación con nuestra vieja amistad. Por primera vez le oí mencionar la palabra renuncia, y creo que esta decisión no debe esperar. Sufro cada vez que lo veo ante los medios de comunicación en medio de cámaras, micrófonos y asedios. Ya no hay preguntas sobre el país y sus problemas.

Ya no indagan por los desafíos que vienen con las negociaciones de paz o por la situación de los derechos humanos o por sus preocupaciones sociales. Una y otra vez le piden que dé cuenta de su salud y del camino que va a tomar.

Usted, haciendo acopio de todas sus fuerzas, intenta hablar primero de algún tema del momento que hiere su sensibilidad. Un conflicto laboral. Alguna de las tantas injusticias que se cometen en nuestra tierra. Quiere que sepan que no ha sucumbido a los dolores. Quiere mostrar que aún puede cumplir con el encargo que le hizo el pueblo colombiano en las pasadas elecciones.

Es un esfuerzo dramático porque las huellas de sus diversas y dolorosas enfermedades aparecen en su voz, en su rostro, en todo su cuerpo. No basta la entereza, no basta la valentía, no es suficiente el sentido del deber. Esas cualidades lo han acompañado a usted en toda su vida, pero no son suficientes para espantar los males que lo aquejan.

Ahora debe acudir a la dignidad, al decoro, que también han estado en su espíritu. Sé que el pudor es casi un imposible en la vida pública colombiana. Sé que proteger la intimidad en el territorio envenenado de la política nacional es una proeza. ¿Cómo no faltar a la obligada transparencia que implica la vida pública y conservar a la vez un rincón donde estén a salvo las alegrías o las aflicciones y las lágrimas que con frecuencia exaltan o vulneran nuestro corazón o nuestra vida de pareja o nuestros hijos?

Desde junio, cuando usted sufrió el accidente cerebrovascular que lo llevó a un estado temporal de coma, ha estado en juego este difícil equilibrio entre la vida pública y la vida privada. Me temo que ni usted ni el entorno de la Casa de Nariño y del Congreso de la República han salido bien librados. Se han mezclado, de una manera feroz, en el ánimo de algunos políticos el sano afán de proteger la institucionalidad con un resto de ambiciones y rivalidades. Al tenor de estas motivaciones han abundado las presiones indebidas y los aviesos desplantes sobre la figura de la Vicepresidencia.

Quizás usted, señor vicepresidente, en medio de sus grandes dificultades, no se percata que da pie para ello. Quizás en su afán de cumplirle al país ha ido más lejos de lo que le aconsejan las limitaciones de salud y las angustias familiares. Lo que ocurrió con la visita de la comisión médica ordenada por el Congreso fue penoso para quienes lo queremos y lo admiramos.

Dar un paso al costado puede significar la preservación de su vida y la conquista del reposo necesario para una recuperación exitosa que lo habilite para seguir aportando sus luces y sus energías en la construcción de un mejor mañana para nuestra patria. Se alejaría de la grave tensión que se ha gestado a su alrededor.

Eso permitirá que el presidente Santos postule rápidamente a una persona para que lo acompañe activamente en la histórica tarea de conquistar la reconciliación de los colombianos. Porque ese y no otro debería ser el perfil del nuevo vicepresidente o vicepresidenta. Ahora sabemos que la apuesta mayor de este gobierno es sacar adelante unas negociaciones de paz con las guerrillas. Ahora comprendemos que la escogencia de Angelino tenía que ver con ese propósito. Ahora estaremos pendientes de que la nueva fórmula pueda cumplir un gran papel en el proceso de paz.

Querido Angelino, en reuniones privadas he hablado con insistencia de este tema y algunas personas que lo quieren mucho me reprochan mi posición. Les he contestado que a los amigos es mejor decirles las verdades por dolorosas que sean. Quise seguir cumpliendo con ese precepto.
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