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Opinión

  • | 2012/03/03 00:00

    Me volví uribista...

    Como periodistas, no nos deja de sorprender la manera desafiante como la señora exfiscal subió al estrado a su cuestionado esposo para que fuera vitoreado por sus investigadores.

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Por cuenta de la salida de la fiscal Viviane Morales me ha ocurrido lo que jamás pensé en mi vida: que me tildaran de uribista. Sí, como lo oyen: de uribista. Ahora resulta que ya no soy una idiota útil de la guerrilla ni estoy enamorada de Timochenko, sino que soy una idiota útil pero de la extrema derecha uribista. Bajo esa nueva faceta que se me endilga, ya no ando en la tarea de ser auxiliadora de las Farc, sino en la de servir de aliada estratégica de esa resistencia civil declarada por Uribe; la misma que tiene el propósito de refundar la patria, montar una constituyente y reinstalar para siempre al expresidente Álvaro Uribe como monarca de este país.

Entiendo que semejante transformación tan repentina sea producto de la irritación política que vive el país entre uribistas y antiuribistas. Pero no solo me niego a quedar ensartada en esa disputa que nos tiene a los colombianos capturados en un vaivén sin norte, sino que creo que esta irritación política tiene al periodismo sometido a unos dilemas que en el fondo son una farsa.

El primero de ellos es el de que los periodistas que planteamos las incompatibilidades éticas que se le presentaron a la exfiscal a raíz de su matrimonio con un personaje como Carlos Alonso Lucio, tan cercano a los paramilitares y a la mafia que ella tenía que investigar y capturar, seamos unas "críticas perversas e inhumanas", como Viviane Morales sugiere en su rueda de prensa.

Debo aclarar que nunca dudé de que Viviane Morales tuviera todas las calidades para ser una buena fiscal y fui una de sus mayores hinchas hasta que supimos de su renovada relación, omitida en su momento, con el controvertido Carlos Alonso Lucio. En ese momento afirmé que no era de buen recibo que la fiscal se hubiera vuelto a casar, una vez posesionada en el cargo, con quien había sido asesor de reconocidos narcoparamilitares, reflexión que se hicieron otros periodistas, incluidos hombres, quienes por alguna razón han sido borrados de este alegato.

Más tarde yo pude establecer que Carlos Alonso Lucio incidía en casos como el de los Nule y que llamaba incluso a los fiscales para aconsejarlos, como ocurrió con el fiscal Pabón, además de que hizo sus propios nombramientos como el del jefe de la Unidad de Víctimas y Testigos de la Fiscalía, según un informe publicado por El Espectador.

Ninguno de estos hallazgos da pie para decir que somos perversas ni mucho menos inhumanas, ni que la hubiéramos querido sacar de la Fiscalía, como insinúa en su rueda de prensa endilgándonos un poder que no tenemos. A lo sumo se nos puede acusar del pecado de ser periodistas. Y, como periodistas, no nos deja de sorprender la manera desafiante como la señora exfiscal subió al estrado a su cuestionado esposo, quien está siendo investigado por la Fiscalía, para que fuera vitoreado por sus investigadores.

La tesis de que el periodismo no debe estar atado a la búsqueda de la verdad, sino a merced de las disputas políticas entre las diferentes élites del poder, es muy peligrosa porque constriñe al periodismo a tomar partido y a no ser independiente de esas disputas que el país entiende cada vez menos. Comenzando por el hecho de que los antiuribistas de hoy fueron hasta ayer los más furibundos furibistas y los uribistas de hoy eran hasta hace poco los más devotos santistas. Ambos subieron al poder al presidente Uribe, a sabiendas de que detrás de él estaban los sectores más antidemocráticos y retardatarios del país. Lo ensalzaron, le permitieron que le torciera el pescuezo a la Constitución, que utilizara el Estado para su reelección y permitieron que el dinero de los campesinos terminara en los bolsillos de grandes terratenientes, mientras desde Palacio se orquestaba una operación criminal para chuzar de manera ilegal a la Corte, a los opositores y a periodistas críticos del régimen. Si el periodismo se hubiera quedado sometido a ese embrujo en que estaba el país, no se hubiera destapado ni el escándalo de la AIS, ni el de las chuzadas, ni el de la Yidispolítica.  

En una democracia los periodistas estamos no para tapar, sino para informar y sacar a la luz pública la verdad. Si nos dedicamos a contemporizar y a ocultar temas pensando que no es el momento para hacerlos públicos, nos convertimos en otra cosa. Y prefiero que me tilden de uribista y de que odio a las mujeres -porque de eso también me acusan-, a que piensen que me volví relacionista pública.
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