Miércoles, 18 de enero de 2017

| 2001/01/08 00:00

Medellín de mi tiempo

El libro de Vallejo, en pantalla, es una completa tragedia, con todos sus elementos clásicos

Medellín de mi tiempo

He vuelto a ver, como por un postigo (en este caso, del cine), algunos lugares de la niñez, aquellos sitios, más que todo religiosos, del Medellín de mi tiempo. La curiosidad por la controvertida película La Virgen de los sicarios me llevó y me trajo de regreso por esos sueños de la brumosa infancia, hasta la cruda verdad de nuestros días. La ciudad era pequeña y sus iglesias grandes. La monumental basílica de ladrillo, con su peso románico y su formidable Jesús camino de la pasión, del maestro Francisco Antonio Cano, fue para este niño, que aguardaba a su madre mientras se confesaba (era confesional como el hijo), un lugar sobrecogedor, donde no hubiera querido entrar solo, al tiempo que un resguardo del sol y de tanta luz calentana. Todo ello revivió a mis ojos en la producción cinematográfica, que siguió el texto de Fernando Vallejo.

El Medellín de hoy me es desconocido. Doce largos años hace que no lo visito —¡no conozco el metro!, que es como no haber visto el mar mis ojos— y me ofende la violencia que desencadenó su crecimiento urbano. La de entonces era la ciudad industrial de Colombia. La clase media le madrugaba al escaso dinero difícil. Nunca imaginé que de mi querida tierra viajaran a este centro los asesinos de Lara, y recientemente de Jaime Garzón, ni que fueran mis coterráneos los autores intelectuales de la muerte de Galán y de Guillermo Cano. Eso no lo perdono.

Todo esto quise observarlo, desde la seguridad relativa de mi silla de cine (retumbaba la metralla en la banda sonora) hallándome en el centro Atlantis, zona rosa de Bogotá, una nueva construcción, que recuerda los años 40, con un toque discutible de nueva era, como de quintas y balnearios del Girardot blanco, el de balaustradas y columnas-doble piso.

El cine que resulta de Vallejo es espectacular. Escandaloso e indescifrable, como él mismo. Pero su libro, puesto en la gran pantalla, es una completa tragedia, con todos los elementos clásicos, con todo el dolor, el amor (porque es novela sentimental, quiérase o no) y el humor, repartidos en dosis oportunas. Tiene por característica la ironía y podría verse de muchas formas, inclusive, en su conjunto, como una caricatura de dimensiones. Sobran del todo, eso sí, las alusiones a personajes de la vida real.

Me temo que algunos no perdonan ciertas expresiones del autor, y no dejan de asociarlas con este resultado fílmico de Schroeder, que, por ende, les repugna. Es, sin embargo, una obra de arte, que algunos no querrán ver, por escabrosa. Pero —como no soy el único en descubrirlo— se pierden de su alta dosis de sátira y humor correctivos.

A tal desproporción ha llevado los términos el gran Vallejo que el espectador, envuelto por completo en la transportación del cine, llega a sonreír ante la sucesión de atrocidades (de ‘broma atroz’ habla Ramón Chao, en Le Monde), pues no se ven reales, pero ni siquiera dramáticas, sino risibles, cosas que nadie puede creer, ni que se produzcan con la facilidad de un ‘quítame de aquí esas pajas’, como se las presenta en la pantalla. No hay tan sólo cinismo, hay real dramaturgia y acerba crítica a la degradación de los valores.

Obra que lo hace a uno llorar y reír, sin ir dispuesto a ello, tiene factura artística. Que puede causar un daño social es posible. Pienso que en las propias comunas. Lo que no creo es que lastime, más de lo que está lastimada, la imagen de una ciudad, que ya resurge de sus cenizas morales. Ante el hecho cumplido de una obra como esta, sólo pienso que no puede ser atajada, ni el genio constreñido, como se encierra en frascos a los duendes malignos en los cuentos de Grimm. En una sociedad abierta, el juicio libre y sesudo verá qué hace con estas manifestaciones del ‘talento, que aniquila toda restricción’, como lo describe Claude Cluny (citado en Gaceta). El daño emergente es otro concepto y éste moralista.

No queda muy bien la religión, en especial la supersticiosa. Lo religioso está en la esencia misma de la obra: María Auxiliadora (ea, pues, Señora), la de Sabaneta, es convertida en auxiliadora del crimen. Qué gran pecado. Pero no es nuevo que la religiosidad inculta termine por no deslindarse de la criminalidad, y parezca coexistir con ella. Se ridiculiza la doble moral y se aprovechan errores y fetichismos, así como lo mítico de algunas costumbres piadosas. Que resplandecían, mejor entendidas, en mi tiempo. Yo aún las amo, como San Ignacio a las velas encendidas.

Hay blasfemias formales. En la edad media, Vallejo y Schroeder arderían. Hoy habría que mirar sus expresiones con beneficio de inventario y encontrar en sus palabras sólo decires insubstanciosos, incapaces de ofender al Dios generoso de nuestra compresión actual. Hay en todo una gran sátira, escasa vulgaridad en las expresiones, ninguna pornografía (y esto es muestra de pundonor) y una violencia de asidero real, pero con una burlona apariencia de pistolerismo de juguete. Cómo no ver que se trata de un juego fílmico y que el asunto es un remedo.

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