Miércoles, 17 de septiembre de 2014

| 2013/01/16 00:00

“Medellinizarse”: razones para su uso

por Juan Diego Restrepo E*

¿Por qué temerle a un concepto que, en términos de violencia, contiene modelos criminales que se han exportado a diversas regiones del país?

. Foto: .

¿Desafortunadas las declaraciones del general Luis Eduardo Martínez Guzmán, cuando hizo referencia al término “medellinizarse” para ilustrar lo que podría pasar en la capital de la República si no se prevenían a tiempo algunos fenómenos criminales? Yo no lo creo.

Las reacciones que suscitó en Medellín la declaración del Comandante de la Policía Metropolitana de Bogotá fueron desproporcionadas y, en mi concepto, mantienen la línea de negar buena parte de la oscura realidad que viven los habitantes de decenas de barrios de la ciudad, azotados por la criminalidad, que, día a día, les vulnera derechos fundamentales, sin que las autoridades, civiles y policiales, puedan adoptar medidas eficaces para refrenarla.

El alto oficial, que pasó por las comandancias del Departamento de Policía Antioquia y de la Policía Metropolitana del Valle del Aburrá, entre los años 2008 y 2011, sabe de lo que habla y no creo, como la mayoría de sus detractores, que había que caerle con el mazo como si estuviera diciendo mentiras; por el contrario, el verbo al que recurrió tiene asidero en la realidad, pero la mercantilización de la capital antioqueña impide cualquier asomo de crítica, y ahí radica el punto de discordia.

Yo trato de entender a las autoridades civiles, así como a amplios sectores económicos, políticos y sociales, cuando salen a cuestionar el contenido de la palabra “medellinizar”. Para todos ellos se volvió un buen negocio la ciudad, y claro, a nadie le gusta que se lo “dañen”. Podrían alegar que, gracias a la buena imagen, Medellín ha atraído la inversión, nacional y extranjera.

Hoy me pregunto si esos recursos están cerrando la brecha entre ricos y pobres. ¿Acaso no se estará gestando un territorio de exclusiones, donde los altos precios de la vivienda, por ejemplo, están marginalizando al ciudadano de ingresos medios e impulsándolo a vivir en periferias dominadas y controladas por criminales de toda calaña, despejando así sectores exclusivos para que los habiten los nuevos ricos y los extranjeros?

“Medellinizar” es un verbo que tiene sus razones de uso y fue pronunciado, reitero, por alguien que sí conoció la ciudad; contrario a muchos de sus críticos que hablan y escriben desde sus cómodas oficinas, sin ensuciar los zapatos con el barrio de la periferia. ¿Me pregunto cuántos de ellos se atreverían a ir solos, en bus, en colectivo o a pie, como lo tienen que hacer sus pobladores, a aquellos barrios donde se padece el dominio de la criminalidad?

En términos de violencia, el término empleado por el general Martínez Guzmán tiene fundamentos en la realidad, que no pueden ser negados tan olímpicamente Para entender su lógica es importante repasar algunos fenómenos criminales que la ciudad no ha podido superar, a pesar de sus avances en el desarrollo social y urbano, y que según mi experiencia investigativa han sido impuestos o copiados en algunas regiones del país.

El primero de esos fenómenos es la pervivencia, durante más de dos décadas de por lo menos 300 estructuras armadas, conocidas como combos y bandas, que ha aglutinado a por lo menos 5.000 integrantes, entre los 14 y los 40 años de edad. No ha habido política pública eficaz ni acción policial que haya alterado esas cifras. Y sí muchas opciones de modernización y aprendizaje criminal.

Un segundo fenómeno tiene que ver con la “exportación” de ese modelo criminal, madurado a punta de balas y de muertos, hacia diversas regiones del norte del país. Pregunten en Cartagena, Barranquilla o Riohacha por ello, para que escuchen cómo han afectado a comunidades marginales con sus acciones de control social y dominio territorial, tal como lo  aprendieron en las calles de Medellín de la mano de grupos paramilitares en connivencia con sectores de la Fuerza Pública.

Ese modelo nos lleva al tercer fenómeno que es propio de decenas de barrios de la capital antioqueña: el de las llamadas “fronteras invisibles”, una de las estrategias de control territorial por parte de grupos armados ilegales que también ha sido exportada a otras zonas del país. Quienes hemos recorrido esta ciudad como simples ciudadanos, sin escoltas, sin carros blindados y sin comités de bienvenida, sabemos de la grave vulneración del derecho a la movilidad que padece la ciudadanía de esos sectores.

¿Qué ha generado esa demarcación? En las noches, por imposición criminal, todo taxi que transite por sectores bajo control ilegal debe hacerlo con las luces internas encendidas; todo vehículo que ingrese de día a ese tipo de zonas es sospechoso y si se demora mucho su conductor y ayudante son presionados, bajo amenaza de muerte, para que salgan del lugar, de ello pueden hablar repartidores de alimentos, de implementos de aseo y otras mercancías.

Hace unos meses visité en compañía de unas investigadoras sociales de Bogotá las famosas escaleras eléctricas de la comuna 13, ascendimos por ellas e hicimos varios recorridos cortos por el lugar. Al regreso, un agente de Policía nos describió, someramente, cuáles eran las “fronteras invisibles” de la zona y nos prohibió descender por esas escaleras, pues al final de ellas, por donde minutos antes habíamos subido, se estaba presentado un enfrentamiento entre bandas. Era un sábado a las cuatro de la tarde.

Un cuarto y último fenómeno es el de la imposición de mecanismos de financiación a partir de la extorsión a diversos sectores productivos simulando una supuesta oferta de seguridad, la venta de alucinógenos en dosis personales y la constitución de pequeños comercios barriales, desde donde se hacen todo tipo de controles sociales. Todo esto también es manejado en algunas regiones por “gente venida de Medellín”, como lo advierten las víctimas.

Hay un sector de antioqueños extremadamente susceptible a la crítica que no ha podido entender que a la par del desarrollo económico y social de la ciudad se han dado fenómenos de criminalidad, articulados con la legalidad, que también atraen en otras regiones y se han convertido en modelos de exportación. “Medellinizar” es lo uno y lo otro, lamentablemente.

* Periodista e investigador social.                                                               

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