Sábado, 3 de diciembre de 2016

| 2015/12/17 10:50

Los otros “enemigos” del plebiscito por la paz

Apatía, desinformación y desconfianza son algunos de los obstáculos que se deben tener en cuenta a la hora de diseñar las campañas a favor del Sí. La tarea no será fácil.

Juan Diego Restrepo E.

Mi madre se cansó de ver noticieros en televisión y de leer periódicos. “Todos hablan de lo mismo y nadie dice ya nada interesante”, alega, justificando de esa manera su decisión de replegarse en la literatura y dedicar sus horas a historias que, según ella, le satisfacen más su espíritu curioso. La posibilidad de que ella salga a votar por el SÍ o el NO, cuando sea convocado el plebiscito por la paz, es remota. Sus problemas, que los tiene, están más allá de un proceso de paz con las guerrillas, cualquiera sea su nombre.

A mi padre sus amigos lo llaman “uribito”, ya se podrán imaginar por qué. Radical en sus posturas, como aquel en quien cree sin vacilaciones, también siente que lo que dicen las “noticias” no le aportan ya nada, que los contenidos son muy livianos, rápidos, sin sabor. Incluso las que se refieren a su ídolo político. “Yo haré lo que diga Uribe”, dice secamente y se refugia en las notas musicales de viejas canciones que brotan de un viejo radio que siempre tiene a mano.

Sí, es cierto, mi madre y mi padre llevan muchos años a cuestas, pero también son ciudadanos y a mi juicio representan, cada uno a su modo, el sentir de miles de ciudadanos de este país que perdieron las esperanzas en un país mejor porque asuntos ligados a su cotidianidad, como las magras condiciones pensionales, el cada vez más absurdo y complejo acceso a la salud, y un entorno barrial intranquilo los empujaron a la apatía y a desconfiar de gobernantes y políticos. Insisto, sus preocupaciones diarias están más allá de lo que decida el gobierno y las guerrillas.

Alguien podrá refutar esta reflexión alegando que a quien se debe convencer finalmente es a los jóvenes, quienes, según el cliché, son “el futuro del país”. Cada vez que escucho ese discurso me pregunto ¿en qué jóvenes estarán pensando? Claro, hay unos muy brillantes, que sobresalen en sus carreras y escalan con facilidad en el mundo laboral porque tienen condiciones académicas que los respaldan; otros llegan a altos cargos directivos por el mérito de sus familias y sus chequeras, más que por su inteligencia y habilidad. Unos y otros representan, en alguna medida, “el futuro”, pero son una excepción.

Los otros, la gran mayoría, sobre todo los que son más urbanos, viven en una constante contradicción: enérgicos, emotivos y persistentes, pero por momentos; luego se sumergen en profundas apatías. La mejor imagen es la de aquel que se enclaustra en sus audífonos y en su smartphone. Su hiperconexión al mundo de las redes no les ofrece profundidad en el conocimiento. Además, por su naturaleza, son desconfiados. Y no son los políticos ni los gobernantes sus más claros referentes.

Y si en las ciudades el tema es complejo, en el campo es peor: jóvenes sin mayores expectativas de crecimiento intelectual, un sistema educativo aún incapaz de ofrecer conocimiento pertinente a cada territorio, alternativas laborales con excesivas limitaciones y las expresiones de ilegalidad asechando para cooptarlos y conducirlos a mundos de pesadilla, aunque crean, falsamente, que con plata y un arma son capaces de resolver sus vacíos.

Ante las circunstancias que rodean a jóvenes y viejos, ¿cómo puede una campaña a favor del SÍ construir confianza entre una ciudadanía defraudada por décadas con asuntos por resolver más allá de los acuerdos que se alcancen con las guerrillas?

Uno pensaría que con información se puede comenzar a superar esa desconfianza, pero ¿cómo hacer que la gente crea en aquellos que son, o serán, los mediadores de los mensajes positivos a favor del Sí? ¿Serán capaces de convertirse en referentes de una decisión que muchos califican de histórica para el país?

Me preocupan los medios de información, que con sus lógicas noticiosas alejaron a sus audiencias de los temas centrales del país y los condujeron por el camino de la desinformación. Se convirtieron en cajas de resonancia sesgadas, imprecisas, erráticas, predecibles y ruidosas. Han ocasionado mucho daño y no hay manera de hacerlos caer en cuenta de su equivocación. Su soberbia está por encima de la ciudadanía. Por ello mi mamá y mi papá dejaron de verlos. Y no son los únicos.

El otro problema es el de los tecnicismos que invocan gobernantes y políticos para explicar todo este proceso tan complejo que se lleva con las guerrillas. ¿Todavía creen que la gente del común los escucha y entiende? Las palabras de leguleyos alejan a la ciudadanía y esa distancia es peligrosa cuando se trata de tomar decisiones porque generan desconfianza y resistencia. Sin un cambio de lenguaje, el fracaso está a la vuelta de la esquina.

Mientras continúen esas inconformidades, desconfianzas y vacíos de información, que hoy se constituyen en fuertes “enemigos” del plebiscito por la paz, mi madre seguirá refugiada en la literatura, mi padre en su viejo radio y los jóvenes, adictos a las redes sociales a través de las pequeñas pantallas de sus dispositivos electrónicos.

En Twitter: jdrestrepoe
(*) Periodista y docente universitario

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