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Opinión

  • | 1985/06/24 00:00

    MEDITACION SOBRE EL HAMBRE Y LAS ALONDRAS

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Escribo estas líneas a las 2 de la tarde. Por la ventana de mi oficina, en el centro de Bogotá, veo el sol radiante que espejea como un vidrio sobre los tejados de barro de la ciudad vieja. Un poco más allá sale una bocanada de humo por la chimenea de un restaurante. La fragancia de carne asada se convierte para mí en un suplicio. Un árbol se agita con el viento. Lo curioso es que a la rama le queda una sola hoja me recuerda la etiqueta con el precio. El cielo, cosa extraña en esta tierra de páramos y lluvias, es tan limpio y azul que parece acabado de lavar.
No he almorzado a causa de mis ocupaciones. Estoy sin desayuno. Entonces se me ocurre una reflexión ligera sobre el hambre, la inspiración y el arte. Algunas personas --especialmente los dueños de periódicos y los editores de libros-piensan que al escritor hay que pagarle poco porque es como las alondras, que cantan mejor mientras menos comen. Si no fuera demasiado cruel, ya diría que esa teoría ornitológica sobre la especie humana queda desvirtuada con sólo ver las fotografías escuálidas de los niños de Etiopía.
Probablemente no sea el hambre, sino el dolor en general el que agudiza la sensibiiidad de los hombres y los hace más vibrantes, más cálidos, más dulces. La felicidad produce grandes alegrias pero no sirve para hacer obras inmortales. Es por eso que la muchacha que atiende la caja registradora en el almacén "Ley" vive dichosa con su novio que estudia contaduría pública en el "Sena", pero no podrá escribir jamás "La Metamorfosis".
Gabriel García Márquez escribió la más maravillosa de sus novelas, "El coronel no tiene quien le escriba", mientras aguantaba frío y se alimentaba con coles y coliflores en un hotelito de mala muerte en Paris. Siempre he tenido la curiosidad de saber si con unas buenas cobijas, con un plato caliente y abundante, rodeado de comodidades, Gabo hubiera sido capaz de entender el alma desgarrada y atormentada de ese anciano que veía a su esposa echar piedras en la olla del almuerzo para guardar las apariencias.
No es la alegría sino las amarguras de la vida lo que hace a un artista verdadero. Kafka era un burócrata de mala calaña, lúgubre, anónimo, acongojado por la rutina de Praga y empobrecido por la falta de un ascenso en su empleo. Don Miguel de Cervantes, acorralado por las deudas y la miseria, salía de la cárcel a escribir "El Quijote". Sartre sufría de migrañas insoportables y permanentes y las mujeres se mofaban de su cabeza deforme y de sus oios estrábicos.
Tal vez un ejemplo más popular y contemporáneo de este síndrome artistico del dolor sea el de Henri Charriere, el prófugo francés que escribió "Papillón". Mientras estuvo preso en las selvas implacables de Cayena fue anotando, en cuadernos de tareas escolares, los apuntes para esa historia formidable de simpleza y acción. Después, consagrado ya por la fama, besado por la gloria y la fortuna, residente en un suntuoso palacio de Caracas, intentó repetir el milagro y publicó algunos desperdicios sin grandeza a los que se le notaba a leguas la buena vida.
Ni para qué hablar del caso impresionante de Marcel Proust, arrojado en un camastro por su epidemia de gripe, temblando de calenturas, delirando de fiebre, repudiado por su familia y llorando la ingratitud de los muchachos que fueron sus amantes de juventud, en los tiempos desquiciados de sus locuras sexuales. Y mientras tanto, garrapateaba los originales de "En busca del tiempo perdido" .
Los seres humanos que comen bien, que tienen esposas fieles, que marcan su tarjeta de empleo a las ocho de la mañana, que llegan a la casa a las seis y cinco de la tarde con el aguacate de la cena comprado en un semáforo, que pagan puntuales las cuotas del televisor y la pensión de los niños, que se afeitan frente al espejo con espuma enlatada, posiblemente son muy felices pero no saben lo que es el barro de la vida. No hay que ol vidar que Faulkner vivia en un prostibulo, en el que se emborrachaba con la salida del sol, y que José Alfredo Jiménez murió de cirrosis.
Los hombres que sufren son los que necesitan expresarse.
Porque tienen que compartir con alguien su dolor. Los mejores poemas de amor no han sido escritos por señoras dichosas sino por gente acongojada. Homero era ciego. Beethoven era sordo. El conde León Tolstoi, el más portentoso novelista de la historia de la literatura, tuvo que refugiarse en el campo, entristecido por la incomprensión de sus amigos a raíz de sus ideas políticas. Neruda fue capaz de componer su mejor sinfonia de palabras, el "Foema Número 20", porque estaba destrozado por una mujer, a la que le dedicó estos versos finales: "Aunque este sea el último dolor que ella me cause y estos sean los últimos versos que yo le escribo... ".
Los amores buenos, radiantes, alegres, no son materia prima para el arte. Lo llenan a uno de placeres, pero no pasan a la inmortalidad. Si Montescos y Capuletos no se hubieran opuesto hasta la muerte, la historia de Romeo y Julieta sería una pendejada. Es por esta misma razón que los boleros magistrales no son los que elogian a la bienamada lánguida sino los que recriminan a las amantes discolas, a las traidoras, a las que se van con otro.
Volviendo al tema que originó estas melancólicas divagaciones de mediodía, repito que las alondras cantan mejor cuando no comen. El hambre sirve para muchas cosas. Sirve, como en este caso, para sacar de apuros a un periodista que no tenía tema para llenar su columna... -
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