12 abril 2013

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Memorias de abril

Por Diego Arias

OPINIÓNPor diversas razones, la historia del M19 está entretejida con la historia reciente y el presente y futuro del país.

Memorias de abril. .

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Por muchas y diversas razones la historia del M19 está entretejida con la historia reciente, el presente y el futuro del país. Y mucha de esa  historia se refiere a abril. Los más extremos en una opinión pública muchas veces sectaria, polarizada e intolerante dirán que no hay nada bueno ni dest
acable en esa historia mientras otros podrán decir que es un relato que aporta elementos  tanto para “bien como para mal”.

Hoy ya pocos dudan de que el 19 de abril de 1970 se configuró un monumental  asalto a la voluntad popular que se expresó en la urnas y que arrebató el triunfo a la Alianza Nacional Popular (Anapo) y que dio origen histórico al surgimiento del M19, en medio también de la crisis interna de las guerrillas existentes del ELN y las FARC como proyectos revolucionarios y como “alternativas de poder”. Podrá discutirse, claro está, si el camino eran o no las armas, pero que bien le viene a este país y en especial a las presentes y futuras generaciones, volver sus ojos a una historia que no está muy lejos pero que está llena de desinformación, manipulaciones y, por supuesto, justificaciones de todo tipo.

Pero además en un abril fallecieron, en un accidente aéreo hace 30 años (1983)  Jaime Bateman y casi una década después Carlos Pizarro, asesinado luego de la firma del acuerdo de paz de 1990, siendo ya candidato presidencial. El primero imprimió al M19 su naturaleza nacionalista y su vocación de lucha por la “democracia”. El segundo rompió paradigmas tradicionales de la guerra irregular; pero con tanta o más pasión de la que puso a la conducción de la guerra fue capaz de llevar a toda una organización hacia un pacto de paz, con la decisión inequívoca de honrarla. 

En perspectiva, el saldo histórico de un proyecto político como el del M19 deja aportes significativos en relación con la construcción y ampliación de la democracia (“ancha y profunda, de abajo hacia arriba y de adentro hacia afuera”) así como en relación  a la validez de “soluciones políticas” como el mejor camino para resolver el conflicto armado, dado que fue la primera guerrilla, no solo en Colombia, sino en Latinoamérica, en avanzar en negociaciones de paz. También, vale la pena insistir en ello, fue la primera y una de las pocas guerrillas de izquierda que en vez de postular la idea de una sociedad socialista como forma de organización social y de estado, se atrevió a hablar de la lucha por la “democracia”  y no el poder en si mismo como aspiración u objetivo político. Con sus más y sus menos, y sin ser de su autoría exclusiva, la Constitución de 1991 dice bien de lo uno (democracia profunda) y de lo otro (poder constituyente).

Pero por supuesto no es posible asumir esta perspectiva histórica sin reconocer los costos humanos y de otro tipo que el alzamiento armado  trajo consigo. Que el M19 haya pactado la paz fue un reconocimiento de la inutilidad de las armas como camino de conquistas políticas y sociales. Para muchos esta consideración política no es suficiente frente a la tragedia de las víctimas, algo con lo que yo presto mi acuerdo, pero no es argumento ni para ilegitimar ni restar mérito al proceso de paz con el M19. 

De conjunto, yo creo que la forma más correcta de abordar el tránsito de la guerra a la paz es asumir que en los conflictos hay equivocaciones trágicas, colectivas e individuales de suerte que el concepto “rectificación colectiva” resulta crucial. Importan sí, y mucho la verdad, la justicia y en la medida de lo posible la reparación de los daños causados pero lo decisivo para pasar de la guerra la paz es establecer las condiciones, acuerdos y reglas del juego para poder construir un futuro compartido y un destino común. 

Y esta es una tarea no de las armas sino de la política. También, desde mi perspectiva personal, es una tarea de humanidad común, es decir, de amor.
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