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Opinión

  • | 2008/07/05 00:00

    Mensajes positivos

    Detrás de cada aparente imbecilidad que ordenan las autoridades colombianas -en este caso las bogotanas- se esconde un interés muy preciso.

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No voy a hablar de lo de Íngrid, ni de lo de Yidis, ni de lo de Uribe. Ya habrá tiempo de sobra.

Andando por las calles de Bogotá vi un gran cartel colgado de un poste, sólidamente sujeto con pernos de hierro. Tenía aspecto oficial y en él campeaba la cifra 2.014 en grandes caracteres. Como ese es el año en que comienza el cuarto período presidencial de Álvaro Uribe
me detuve a leer la información: podía ser importante. La tarea no era fácil, porque el cartel estaba por lo menos a cuatro metros de altura: un automovilista que quisiera leer lo que decía tendría que, después de estrellarse contra el poste por mirar el cartel, encaramarse a la capota del carro. Yo, que iba a pie, me subí al bómper de un camión parado en la mitad de la calle, sin chofer pero con el motor prendido y vomitando negros gases mefíticos que me hacían toser. Era un riesgo, lo sé, pero decidí correrlo: podía ser importante.

En efecto. “BOGOTÁ POSITIVA”, proclamaba el cartel, y estaba firmado por la Alcaldía Mayor. La imagen era extraña: parecía un niño jugando a la pelota fotografiado en escorzo desde arriba. Quise descifrar el mensaje con ayuda del texto, y así supe que no se refería para nada a lo de la reelección de Uribe, sino que informaba que 2.014 niños y niñas (supe lo de los niños y las niñas porque, aunque no habían usado el símbolo de arroba (@) que sirve para sustituir a la vez la a y la o y así sumarlas y decir “niñas y niños” en una sola palabra, en cambio en el interior de la o habían dibujado en miniatura la flechita medio parada que representa el pipicito de los niños y la crucecita colgante que representa la chochita de las niñas); que 2.014 niños y niñas, pues, “sufrieron caídas de altura en el hogar durante el último año”. Y añadía una advertencia de índole social: “Prevenir los accidentes caseros es responsabilidad de todos”. En una esquina había además un dibujito de una niñita o de un niñito (por su pequeño tamaño no se podía distinguir si tenía flechita o crucecita) con un letrerito: “¡Mi hogar es un lugar seguro!”.

¿No me creen? Yo tampoco podía creer en un primer momento que semejante imbecilidad pudiera ser cierta. Que en esta inmensa ciudad plagada de miserias y de carencias, de barrios sin luz ni agua ni transporte, de cañerías rotas, de alcantarillas sin tapa, de buses que van dejando una espesa estela negra del diesel venenoso que vende Ecopetrol, la Alcaldía Mayor no encontrara mejor manera de gastar los recursos de los impuestos que colgar en las calles cartelones inútiles.
 
Docenas, cientos de ellos. No los conté: deben de ser millares. Pero no me puse en la imbecilidad de seguir por las calles de Bogotá a los equipos de trabajadores con casco y overol del Distrito que van en una grúa fijando carteles inanes en todos los postes, como si estuvieran locos.

Pero no, no están locos. Detrás de cada aparente imbecilidad que ordenan las autoridades colombianas –en este caso las bogotanas– se esconde un interés muy preciso, que muchas veces además se traduce en un delito: peculado, cohecho, concusión, prevaricato, tráfico de influencias, enriquecimiento ilícito, abuso de autoridad, celebración indebida de contrato. Alguien saca provecho de esos despilfarros en apariencia absurdos que se disfrazan de campañas cívicas. Para evitar las caídas de los niños (y las niñas), háganme ustedes el favor, como si los unos (y las otras) no tuvieran tendencia, desde que el ser humano empezó a andar en dos patas, a tropezarse y caerse. Y más si van con una pelota.

Y es posible llegar todavía más lejos en la imbecilidad costosa y perversa. Algún retorcido cerebro de las autoridades del tránsito (o algún contratista de carteles) se inventó una campaña cívica institucional para proteger a los automovilistas. Y en todas las curvas de las carreteras del país plantó letreros recordándoles a los conductores que no deben distraerse. Los barrancos del país están llenos de los cadáveres de los ciudadanos responsables que se distrajeron por mirar el letrero de advertencia en vez de echarle ojo a la curva, y se desbarrancaron.

Es por cosas así, en apariencia solamente idiotas, que aquí pasa lo de Yidis, y lo de Íngrid; y, claro, lo de Uribe.
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