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Opinión

  • | 2017/08/12 09:50

    Mermelada de frente

    En vez de prometer acabar con los cupos indicativos y las cuotas burocráticas, ¿por qué no mejor los 'transparentamos' y exigimos responsabilidades a los partidos?

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La pregunta de los periodistas es recurrente y la respuesta de los políticos también: 

- ¿Es usted una cuota de tal o cual partido, de tal o cual congresista? ¿Entra al Gobierno en representación de los liberales, conservadores o de La U?

- Yo no soy ficha de nadie. Me nombraron por mis méritos y no por mis afinidades políticas y aquí estoy para prestarle un servicio a mi país....

Al día siguiente, por supuesto, ya sabemos lo que pasa: el nuevo flamante funcionario -pónganle el nombre que quieran- comienza a llenar la entidad a su cargo de personas afectas a una determinada colectividad o a un político específico y emprende un trabajo en función de esos intereses para obtener el mayor provecho de cara a los siguientes comicios.

Todos lo saben pero todos lo esconden porque aunque la representatividad política en un gabinete no es ni un delito ni un pecado sino una práctica recurrente, prefieren el pajazo mental de estar conformando dream teams en vez de reconocer públicamente que a lo que se dedican es a repartir la torta para agradecer por los favores recibidos en campaña o para garantizar gobernabilidad estando en el poder. 

Ya lo había sugerido alguna vez en esta columna y quiero insistir en ello. Nos iría mejor sincerando la dichosa mermelada en lugar de volver a prometer lo imposible de cumplir: acabar con un sistema de nombramientos burocráticos partidista para imponer procesos meritocráticos asépticos, ideales en el papel, pero irreales en un entorno de voracidad política como el que vivimos.

Nos iría mejor, insisto, si en vez de proponer acabar con los polémicos cupos indicativos, los hacemos visibles a la gente y establecemos un método de escrutinio con veedurías ciudadanas robustas para saber en dónde termina la plata que le ‘adjudican‘ a cada congresista para promover proyectos en su región. 

Sería preferible mil veces que el presidente de turno dijera de frente: "Le entrego el ICBF al Partido Liberal para que uno de los suyos lo administre", en vez de echarnos el cuento chimbo de que buscó a su frustrado director con ayuda de un cazatalentos. Y digo que sería más provechoso sincerar esa mermelada no solo porque por fin cogeríamos a los políticos en una verdad sino porque nos permitiría como sociedad forzarlos a que nos rindan cuentas y pedir responsabilidad de los partidos si las cosas salen mal o premiarlos con nuestros votos si su gestión al frente de determinados cargos resulta exitosa. 

En definitiva, se trata de poner las cartas sobre la mesa; de admitir una situación que viene ocurriendo y que seguirá pasando con la diferencia de que, al ser pública, se puede controlar. Si todos sabemos que el director del Sena, del Fonade o de la Unidad de Víctimas es de un partido determinado y que entra en su representación asumiendo los costos políticos y legales que tendrá su desempeño, a lo mejor estas organizaciones se piensen dos veces si se dedican a robar o si se lucen con una gestión que redunde en votos bien ganados para la próxima elección.

Hoy nadie responde porque nadie formalmente admite ser de un partido o ficha de un representante o senador. La responsabilidad por tanto queda diluida y reducida, en el mejor de los casos, a un funcionario que se va para la cárcel sin que a sus jefes políticos o al movimiento por el que obtuvieron esa chanfa, les pase absolutamente nada. 

Tal vez nos llegó la hora de ser menos idealistas y más pragmáticos: transparentar la mermelada puede ser una buena estrategia para disminuir la corrupción y mejorar el accountability en una sociedad que se quedó echando discursos de transparencia mientras el clientelismo sigue haciendo de las suyas. 

@JoseMAcevedo

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