Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2008/12/17 00:00

México, Colombia, la locura y la cura

La violencia en México, tan sangrienta y parecida a la nuestra, puede acabar poniéndole un poco de sentido al sinsentido de la guerra contra las drogas.

México, Colombia, la locura y la cura

Cualquier colombiano que esté al tanto de lo que pasa en México no puede sino sentir un aire de familiaridad. Las noticias de sangre en este país son, desafortunadamente, familiares; y ver lo que está pasando en México, los secuestros, las extorsiones, los asesinatos, los cuerpos decapitados, la corrupción de oficiales de policía, políticos y empresarios es como ver algo ya visto mil veces. Como un dejá vu.

Pero no es normal.

O bueno, de cierta manera sí lo es, porque pasa todos los días, aquí y en México. Aquí solo estamos más y mejor acostumbrados. México está como nosotros a finales de los años ochenta, cuando el gobierno empezó a perseguir en serio a los narcos y éstos, no muy contentos, trataron de enseñarnos quien era el que mandaba a punta de bala. Y bombas también. Al final pasó lo que pasó. Se murió uno que otro narco pero no el negocio, que se aprestó a tomarlo la guerrilla, los paras y otros narcos, esta vez más conscientes de que montar zoológicos personales en medio de la selva podía levantar sospechas (lo que se les olvidó en México). Siguieron las balas y las bombas. Y nosotros nos acostumbramos.

Es tan común para nosotros que se nos olvidó que esto de normal en realidad no tiene nada. La costumbre en algún momento se convirtió en fatalidad. Asumimos nuestro destino violento porque así son las cosas, qué le hacemos, esta es la locura que nos tocó vivir.

Pero la locura nos la juega doble. Creemos (sabemos) que la legalización es el remedio. Pero en vez de ensayarla seguimos con el Plan Colombia y los mexicanos le apuestan al Plan Mérida. En esencia los dos planes están concebidos para luchar contra el narcotráfico; en esencia los dos están fallando y van a fracasar.

Todo lo cual nos lleva a preguntarnos: ¿por qué la legalización no es discutida más allá de los círculos intelectuales? ¿Por qué leemos columnas y editoriales cada tanto clamando: ¡Ya basta! Es hora de parar con este sinsentido? Después de todo tiene mucha lógica: en el momento en que se legalice y regule la producción, distribución y venta de la droga, se acaban las ganancias extraordinarias, el mercado negro y la violencia. Como pasó con la regulación del alcohol en Estados Unidos en los años treinta.

La realidad, obvio, es más compleja. Vicente Fox, el ex presidente de México, lo demostró a final de su mandato cuando anunció que se alistaba a firmar una ley que des-criminalizaba el consumo de drogas en su país (recalco: trató de des-criminalizar el consumo, no la producción ni la distribución. Y no estaba tratando de legalizar nada). A los dos días de flotar la idea, una llamada de atención del gobierno estadounidense fue suficiente para echar para atrás el proyecto. Nadie volvió a oír mucho del tema.

Estados Unidos es, para todo fin práctico, el auto proclamado director en la guerra contra las drogas del mundo.

Y tiene varias de formas de presionar a otros países (incluyendo a países europeos) para que se mantenga el statu quo, bien sea a través de sanciones, suspensión de ayuda, presión diplomática o pagando las cuentas de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito. De nada serviría legalizar las drogas en Colombia si no pasa lo mismo en buena parte del resto del mundo. De nada serviría una batalla solitaria entre Colombia y los Estados Unidos pues no nos llevaría a ninguna parte.

La situación puede cambiar. Triste decirlo, pero la coyuntura mexicana nos favorece, así como también las noticias de que en Argentina y en Ecuador, y en Perú y Brasil, y en Centroamérica y Rusia y Afganistán e Italia, y en algunas partes del África y en tantos otros países, los niveles de violencia y corrupción atribuibles al narcotráfico aumentan cada día. Un ejemplo más de que la globalización no es solo para las empresas.

Si los gobiernos de los países latinoamericanos se sentaran a discutir y coordinar políticas regionales más sensatas en torno a las drogas podrían impulsarse cambios a nivel internacional. Es (será, sería) un imperativo moral para acabar con este desangre. Tal vez habría que empezar con medidas menos extremas a la legalización. La des-criminalización o la legalización del mercado de la hoja de coca para elaborar productos naturales (té, soda, galletas, harina, etc) sería un primer paso. Está claro que los esfuerzos individuales, como el del Presidente Fox en el 2006, no conducen a nada.

No soy optimista. Pero me niego a ser fatalista y pensar que la situación actual es una situación normal.


*  *  *

(Hago un último paréntesis: la idea de penalizar el consumo que tiene el Presidente Uribe y que intenta por séptima vez en el Congreso no es una locura. Es delirante. Un reciente editorial del Espectador “La moral y la droga” hace una excelente crítica de por qué esto no es una estrategia seria para luchar contra el narcotráfico. Yo agregaría dos cosas: El mejor ejemplo que esta estrategia es un fracaso es Estados Unidos, que tiene a medio millón de consumidores en cárceles por porte ilegal de drogas. Medio millón de personas equivale a toda la población carcelaria de Europa Occidental. En segundo lugar, habría que preguntarle al Presidente si piensa construir nuevas cárceles para sus nuevos presos estando claro que en las cárceles ya no cabe un alma más, y por qué le gustaría matricular a consumidores de droga en escuelas del crimen ¿O es que acaso nuestras cárceles son otra cosa?).
 


 
*Mateo Samper es experto en relaciones internacionales.

 

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