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Opinión

  • | 2011/08/02 00:00

    "Mi mayor problema es tener un problema"

    Su mayor problema no era el problema en sí: era el hecho de tener un problema.

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“Creo que descubrí mi mayor problema Ximena: tener un problema”. Después de cuatro sesiones de estar trabajando, este paciente continuaba sumergido en su problema. Aunque lograba algunos cambios entre sesión y sesión, mantenía una sensación de inconformidad, de “desasosiego”. Por eso en la cuarta sesión decidí confrontarlo con algo que, aunque tanto para él como para mí era cada vez más evidente, el miedo no le permitía aceptarlo. Su mayor problema no era el problema en sí: era el hecho de tener un problema.

“Yo he sido siempre el chistoso del grupo. Todo el mundo se ríe de lo que yo digo, y más de uno dice que cuando está triste el antídoto para eso soy yo. Es una imagen que he construido y que hasta ahora me parecía lo máximo. Pero estoy empezando a pensar que esa imagen es en gran parte la que me está impidiendo aceptar que yo, el ‘chistoso del parche’, el que siempre está bien, tenga un problema. Y sí, no es tanto el problema, sino el hecho de tenerlo”.

A raíz de ese descubrimiento, empezó a cambiar la manera de relacionarse con sus amigos y familiares: hizo el experimento de acercarse a los demás sin juzgarlos. Dos semanas después, en la quinta cita, me dijo: “Haciendo este ejercicio me di cuenta de que la sociedad lo lleva a uno a juzgar todo y a ponerle un nombre a todo. Si alguien está triste, está deprimido; si está muy feliz, es maníaco; si pelea con la mamá, es conflictivo, y así sucesivamente. ¿Cómo habla uno de sus problemas si inmediatamente le van a poner un rótulo? Creo que por eso es que no me gustan los psicólogos (se reía)”.

Este descubrimiento no sólo fue maravilloso para él: ¡también lo ha sido para mí! Confirmé lo que vengo sintiendo desde que empecé a ejercer mi profesión: que todos sufrimos por lo mismo. A todos nos angustia fracasar, equivocarnos, quedarnos solos, no encontrar ‘el amor de la vida’, no ‘ser felices’, no ser buenas personas, no ser buenos padres, buenos amigos, defraudarnos a nosotros mismos, entre muchas otras cosas. Pero más allá de esas preocupaciones, el mayor sufrimiento se genera por creer que somos los únicos que estamos sufriendo por estas cosas.

Muchos pacientes me preguntan: “Doctora, ¿usted sí ha tenido más casos como el mío?” “¡Claro que sí, muchos más de los que crees!” -les respondo. Pero como para creer es necesario sentir más que saber, en ese momento no me creen. Esto fue lo que me llevó a buscar un espacio en el que pudiera compartir y poner al servicio de los demás esta cantidad de vivencias y sufrimientos humanos que muchas veces se generan más por el hecho mismo de tener un problema que por el problema en sí. La paradoja es que justamente por la condena social que conlleva para una persona ‘tener un problema’, es difícil lograr que las personas hablen entre sí para compartir su sufrimiento. Si lo hicieran, descubrirían rápidamente no sólo que son muchas las personas las que sufren por lo mismo, sino también sentirían un gran alivio por el sólo hecho de compartir sus propias vivencias.

“Para mí es muy difícil venir aquí porque yo todo el día lucho para no tener problemas, y así lo he hecho toda la vida. Ahora tengo que venir aquí a hablar justamente de eso contra lo cual llevo luchando mucho tiempo: mis problemas”. Esto me lo dijo un adolescente al final de la segunda cita en la que finalmente pudo reconocer ante sí mismo lo contradictorio que era para él tener que ir a un psicólogo, ya que socialmente eso significaba que estaba loco.

Cuando encontramos una persona que a nuestros ojos tiene un problema -físico, mental, emocional, relacional, etc.-, tenemos dos opciones. Una -la más fácil- es juzgarla y ‘diagnosticarla’ con un rótulo, sacrificando así la posibilidad de relacionarnos con ella. La segunda es buscar comprenderla desde la posición en la cual está para así ser capaces de desarrollar una relación aceptándola como es.

El cambio viene de adentro, desde el interior de cada uno, y esto fue justamente el ejercicio que el primero de los consultantes empezó a hacer: acercarse a los demás buscando comprenderlos en lugar de juzgarlos y descalificarlos. “Las cosas han cambiado. Ahora me es más fácil acercarme a los demás y sobre todo, estoy dejando que los demás se acerquen a mí. Pero ya no para mostrarme como el más chistoso y al que nada le pasa. No he perdido mi alegría ni tampoco mi capacidad de echar chistes; sólo que ahora lo hago aceptando y mostrándoles a mis amigos que hay momentos en los que también sufro”. De esta manera, logró convertir la fragilidad en fortaleza teniendo en cuenta que “basta un solo rayo de luz para disipar las tinieblas”

*Psicóloga – Psicoterapeuta
xsantamaria@gmail.com
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