Promover la micromovilidad (desplazamientos cortos en vehículos ligeros y de baja velocidad) sin garantizar la seguridad de los usuarios es una irresponsabilidad. Una ciudad como Bogotá requiere alternativas, pero existen prerrequisitos de infraestructura y reglamentación adecuadas. La vida e integridad de quien utiliza una patineta son mucho más importantes que la promesa de versatilidad y menores tiempos de viaje.
Hace unos días viajaba por un puente de la Calle 116, hacia las ocho de la noche. Había llovido y el pavimento aún estaba mojado. Una mujer de edad universitaria descendía por el carril izquierdo en una patineta eléctrica, mientras la iluminación del sector era inadecuada para advertir su presencia en medio de los otros vehículos.
No llevaba casco ni chaleco reflectivo. Apenas se distinguía un pequeño y tenue punto luminoso en la parte inferior de su patineta. Iba rápido, con ayuda de la gravedad, y quizás al máximo rendimiento de su motor. Sus movimientos algo erráticos sugerían un insuficiente control del vehículo. Un escenario preocupante para ella y para todos los que circulábamos cerca. Su obligación de cuidarse es indiscutible. También lo es el deber de los demás conductores de proteger a quienes resultan más vulnerables.
La expansión de la micromovilidad puede tener altos costos humanos. En China, los siniestros relacionados con bicicletas dejaron más de 4.500 muertes y más de 40.000 heridos en 2023. Un aumento del 40 % en las muertes y del 50 % en las lesiones frente a 2018. En Estados Unidos se estimaron cerca de 80.000 lesiones atendidas en urgencias por patinetas eléctricas en 2024.
Helsinki (Finlandia), por su parte, ofrece una experiencia interesante. Un estudio reciente mostró que tras limitar la velocidad diurna de las patinetas a 20 kilómetros por hora mientras se restringe su uso nocturno, las lesiones que requirieron atención hospitalaria bajaron un 50 %.
Lo que hoy vemos con la micromovilidad en nuestras ciudades puede ser el comienzo de otra tragedia anunciada. La experiencia con la motocicleta es la mejor advertencia: Colombia se convirtió en uno de los países con mayor tasa de siniestralidad vial del mundo (rumbo a 20 muertes por 100.000 habitantes), en gran parte debido a la masificación de las motos.
Si las patinetas y las bicicletas eléctricas se multiplican de igual forma: entre infraestructura insuficiente, velocidades incontroladas, falta de entrenamiento de usuarios y su desprecio por las normas viales; corremos el riesgo de repetir la historia. La misma promesa de desplazarnos con mayor facilidad y economía terminará gestando la nueva catástrofe urbana: miles de muertos y lesionados, familias afectadas para siempre y una sociedad que acaba por aceptar como inevitable lo que permitió crecer ante sus ojos.
Este desenlace no es inevitable. Evitarlo exige voluntad política y responsabilidad ciudadana: planear con rigor, formar a los usuarios y establecer reglas claras que se hagan cumplir. La autoridad debe ejercerse a tiempo, antes de que la tragedia se vuelva parte del paisaje. Sigo pensando en la joven de la patineta en el puente: habremos progresado como sociedad cuando ella pueda transitar con seguridad y sin depender de la suerte para estar a salvo.
