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Opinión

  • | 2006/07/25 00:00

    Migrantes incansables (Por Marlon R. Madrid-Cárdenas)

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Hace unos cien mil años pequeños grupos de humanos atraviesan el Mar Rojo para adentrarse a la Península Arábica. Salían de África. Sus pies infatigables, el desafío de la supervivencia y la osadía los llevan al Asía índica y al Asía profunda. Y hace unos cuarenta mil años dejan las primeras huellas fosilizadas de sus pies en algún pedazo de tierra húmeda de Europa.

El camino así como el futuro son interminables. La vida es dura y está llena de incertidumbres y peligros. Niños, mujeres y hombres ponen sus callos y cicatrices en América quince mil años atrás. El ser humano en su andar supera los límites que él mismo se inventa para amarrar su propia libertad.

Cien mil años y el hombre sigue saliendo en hordas de la majestuosa África. Aspira a dejar su desesperanza y hambruna en el camino aunque esto le implique incluso dejar su propio cuerpo ahogado en las aguas saladas del mar -para que los peces continúen perpetuando el ciclo de la vida. Alrededor de unos dos mil seres humanos mueren cada año tratando de atravesar el Mediterráneo para llegar a sociedades más tranquilas y prosperas de Europa.

Del otro lado del Atlántico el movimiento continúa. Miles de latinoamericanos abandonan su exuberante subcontinente porque la pobreza y el desempleo les ahogan la vida. Muchos también perecen en las trochas que llevan al Norte. Aquellos que no han podido o no podrán nunca ahorrar en su propia tierra para pagar un visado o comprar un pasaje de avión, se lanzan al inhóspito Desierto de Arizona con el sueño de alcanzar un futuro más digno.

Horas de sol implacable y fuertes temperaturas terminan succionándole al cuerpo sus reservas de agua hasta hacerlo caer y convertirlo en parte de la brisa polvorienta y fétida. Sólo entre los muertos mexicanos se calculan unos cuatrocientos cada año. Intentaban llegar al sueño de las oportunidades y prosperidad estadounidenses.

El Informe de la Comisión Mundial sobre las Migraciones Internacionales (2005), estimó que el número de migrantes internacionales ronda los doscientos millones. Lo que significa que 1 de cada 35 personas en el mundo es migrante internacional. La Mitad son mujeres. En el fondo la mayor parte de la gente se sigue desplazando por la misma razón que hace miles de años: mejorar su vida y la de sus familias.

Pero en los tiempos actuales las sociedades humanas han dividido toda la tierra conocida igual que un ponqué. Cada parte reivindicando su historia, metas locales o su sueño de identidad cultural bajo el andamiaje del Estado-Nación. Esto, entre otras cosas, ha incrementado la estigmatización y rechazo del inmigrante, además de aumentar las trabas jurídicas, el reforzamiento de las alambradas y patrullajes militares o la construcción de muros en las fronteras. “Buenos muros hacen buenos vecinos”, eso piensa el senador estadounidense Jeff Sessions.

La historia de las migraciones del hombre nos muestra que “toda la especie humana o somos inmigrantes o somos descendientes de inmigrantes”, anota el investigador Bob Sutcliffe en su libro Nacido en otra parte. No obstante esta evidencia, en los países que durante la época de los Imperios de ultramar fueron exportadores indiscriminados de inmigrantes -pero que ahora hacen de receptores-, los temores, prejuicios e ignorancia afloran abiertamente o se reproducen en la mudez agresiva de sus ciudadanos.

“[…] Y mientras tanto, vemos como nuestros derechos ‘básicos’ se van degradando, ya que hay que repartir con todo el que llega la sanidad, prestaciones, pisos de protección oficial, enseñanza, y que como siempre, son los españoles mas desfavorecidos los que pagan las consecuencias. Llegará un día en que la solución sea de tipo hitleriano: Hitler no llegó gratuitamente al poder, sino votado por una clase trabajadora empobrecida, extenuada y sin salidas dignas”, dice un ciudadano español que prefiere reservar su identidad.

Cada año se celebran encuentros internacionales para abordar el asunto de las migraciones internacionales, y el temario es casi siempre el mismo: regularización parcial de ilegales, visados, controles fronterizos, crimen organizado, recepción de deportados, &. Pero estas temáticas se quedan cortas. El incremento en las últimas décadas de las migraciones entre y al interior de los continentes, en un mundo cada vez más globalizado, indican que el movimiento humano exige un planeta de fronteras abiertas y más justo.

El reto es grande porque conllevaría la desaparición del Estado-Nación o por lo menos el final del modelo de Estado que existe hoy: monolítico, conservador. Su reemplazo comportaría una organización de gobierno y marcos jurídicos mundiales por encima del él. E implicaría también el renuevo de las identidades nacionales fuertes por identidades multiculturales y transcontinentales. Y, muy importante, la extinción de la idea de que en el mundo pueden convivir armoniosamente islas boyantes de bienestar y estabilidad relativos con continentes empobrecidos y en tensión permanente. Pero aún falta mucha brega para llegar a la materialización de todo esto.

Si el hombre tuviera las generosas alas del cisne de tundra volaría cada otoño desde la Siberia rusa hasta el sur de Europa, tratando de asegurarse alimento todo el año. O migraría por millones como las delicadas mariposas monarca desde el sur de Canadá hasta los bosques de pino que se hallan en el centro de México, para hibernar entre noviembre y marzo. Pero el hombre no tiene esas alas; sólo tiene unos pies. Suficientes para que toda su historia sea la de un migrante. Incansable.


Politólogo. Docente ocasional Universidad Nacional de Colombia, Universidad del Rosario.
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