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Opinión

  • | 2014/08/23 00:00

    Militares en La Habana

    Uribe, el presidente en cuyas narices ocurrieron los falsos positivos, considera un deshonor que un grupo de militares activos vaya a La Habana a reunirse con las FARC. Uribe dando lecciones de honor. Bueno, así es este país.

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El caso es que los militares, en cabeza del general Javier Flórez, van a encontrarse cara a cara con los guerrilleros para acordar los términos del cese de hostilidades y la dejación de armas. Con ese gesto sin precedentes entramos en la fase final de las conversaciones de paz. Una derrota para quienes siguen soñando con la guerra.

Hay que ser ciego para desconocer el profundo significado de este encuentro. Los enemigos en el campo de batalla, frente a frente, tendrán que confiar el uno en el otro, darse la palabra y sincerarse sobre sus realidades militares. Mapa en mano, descifrar ese país por el cual se han enfrentado a bala y sin piedad. No será fácil. Lloverán rayos y centellas y tomará tiempo romper el miedo, la bronca; y ese machismo inherente al combate. Este es, sin embargo, el único camino posible para el silenciamiento de los fusiles.

Y no será fácil. Prueba de ello es que en el pasado no nos ha ido bien en las treguas. Fue por las violaciones al cese del fuego por parte de militares y guerrilleros que el proceso de paz de Belisario Betancur se fue al traste en los años 80. Y fue por las burlas a la zona de distensión que fracasaron los diálogos de El Caguán, en el gobierno de Pastrana. Mención aparte merece la promesa de tregua que hicieron los paramilitares concentrados en Ralito, en la era Uribe, que no pasó de ser una farsa.

Por eso el cese que se pacte en La Habana no se puede parecer a ninguno de los anteriores. Porque quiérase o no, será considerado la vara para medir la voluntad de paz de las partes. Su hora de la verdad.

Las FARC tendrán que demostrar que tienen unidad de mando y nítida voluntad de desarme. Su transparencia estará a prueba. Una cosa es mantener los frentes guerrilleros en tregua por un tiempo limitado, como en Navidad, y otra, un cese de mayor alcance. Definitivo. Habrá que ver que tanta lealtad mantienen sus mandos medios. Aquellos que viven bajo ciertos privilegios como jefecillos de frente o que actúan como gamonales tradicionales en regiones apartadas.

Dado que se trata de aclimatar la paz, es de suponer que durante el cese se frenarán todas las actividades delictivas y no sólo las hostilidades. No es ningún misterio que los frentes guerrilleros viven del narcotráfico y la extorsión. Luego ¿Cómo se financiarán sus tropas inmóviles? ¿Las pagará el Gobierno? ¿La comunidad internacional? Este no es un tema menor.

Sin embargo, el mayor reto del cese de hostilidades lo tendrán las Fuerzas Armadas. Por un lado, deberán demostrar, sin vacilaciones, que son leales al poder civil. Que no habrá más Andrómedas ni hackers haciendo de las suyas bajo las sombras de los gastos reservados y las operaciones de inteligencia. Y tendrán que ejercer, por fin, el control territorial que les ha sido tan esquivo. No será fácil mantener la presión militar sobre el ELN y la presión de la Policía (si es que existe) sobre las bacrim mientras se evita la confrontación con las FARC. Me perdonan el escepticismo, pero mucho tendrá que cambiar en la doctrina para que esto realmente pase. Será necesario apretar muchas tuercas, entre otras, las de la corrupción.

Mientras el cese transcurre, los militares tendrán que aprender a ejercer lo que Francisco Gutiérrez llama la ocupación democrática del territorio, y las FARC, a su vez, tendrán que aprender a tener una relación horizontal con las comunidades.

En buena medida el éxito del cese estará en la verificación que seguramente harán organismos internacionales como la ONU y la OEA, y que dada la extensión del conflicto será en buena parte del país rural. Hacerle seguimiento, pero, sobre todo, resolver los conflictos que emerjan de su eventual violación, será una tarea titánica pues no faltarán los saboteadores de oficio. Ojalá esa verificación sea menos burocrática que en el pasado.

El cese que aclimatará la dejación de armas y la reintegración no debería ser largo. Pero tal como están las cosas, puede durar años, no meses. Las FARC no parecen dispuestas a dejarse contar, ni se tomará la foto con una dejación de armas masiva y exprés. Según han dicho, el desarme será discreto, por fases. Lento o, incluso, lentísimo.

Quienes van a La Habana por parte de los militares y quienes los reciben en nombre de la guerrilla saben que este cese puede ser el principio de la paz o un boquete por donde se escape la confianza que a fuerza de lidias se ha construido en estos dos años. De ese tamaño es el reto que tienen.
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