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Opinión

  • | 2017/04/03 12:00

    Sin pasado

    La memoria, nuestra historia personal, importa cada vez menos. Solo cuenta la del teléfono o la del computador. Si se pierde, se pierden los recuerdos.

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Me gusta leer sobre los cambios sociales y como a los 50 uno está más cerca de los 80 que de los 20 (a pesar de que para ambos lados corren 30 años), me gusta saber también cómo piensa y actúa la nueva generación, quizás siguiendo el ejemplo de la reconocida artista Louise Bourgeois quien, hasta que murió (a los 99), solía organizar brunches dominicales en su casa neoyorkina a los que invitaba solo a menores de 25. Era así como conservaba las ideas jóvenes. Así, pues, que hace un tiempo leí que el sitio más ‘instagrameable’ de España es un viejo edificio llamado La muralla roja. Las fotos mostraban un edificio efectivamente muy fotogénico, en un pueblito perdido en la costa alicantina. “¿Por qué va todo este mar de gente hasta allá solo para subir una foto en Instagram?”.

Una reciente investigación de The Independent preguntó esta semana a un millar de británicos qué los mueve al escoger un destino vacacional. El 40,1 % de los encuestados entre 18 y 33 años dijo: “Lo ‘instagrameables’ que sean las vacaciones”. La respuesta de aquella pregunta era esta: a los millenials les preocupa (y mucho) qué imagen o estatus se desprende de sus redes sociales: el gregarismo hoy se valoriza en imágenes y el voz a voz más afectivo es Instagram. Fotografiar lo que otros fotografiaron, especialmente si fue alguien famoso, “cotiza al alza y es mercancía valiosa”.

Solemos analizar lo que sucede en Facebook o Twitter, y esto me llama la atención de Instagram (y no es una crítica a los millenials, sino un tratar de entender los cambios): en enero visité el Museo Dalí en Figueras. Es un lugar muy pequeño abarrotado de visitantes. La mujer que caminaba delante de mí, una veinteañera de rasgos orientales que no dejaba de sonreír, fotografiaba cada pieza como si fuera un investigador criminal. Varias veces intenté sobrepasarla, pero la estrechez de los pasillos lo impedía. La fila caminaba, por tanto, al ritmo de su cámara. No solo la de ella: descubrí que la mayoría de quienes visitaban el museo lo hacían no para apreciar las obras sino para fotografiarlas. No las miraban con el ojo sino con la lente de un teléfono. Esto me impresionó. Escribí en mi libreta: “El turista de hoy es un coleccionista de imágenes”. Va por la vida fotografiando todo lo que ve para luego archivarlo. Así, la ciudad que conocen queda reducida no a un recuerdo, sino a un mar de fotografías: la prueba de que estuvo en ese lugar.

Porque en últimas se trata de esto, de coleccionar pruebas; una prueba que se subirá luego a Instagram o se archivará en una carpeta del computador y, si acaso, se visitará alguna vez. Cuando ese turista evoque la ciudad evocará esa imagen fotografiada, no lo que sintió cuando la captó: ni la sensación de ver la nieve al caer, ni el viento crudo golpear sobre la piel ni el olor de los naranjos en flor, sino apenas una imagen limpia, desodorizada, pasterizada; una imagen sin el amarillento color de los recuerdos.
Parece que la memoria, nuestra historia personal, importa cada vez menos. Solo cuenta la del teléfono o la del computador. Si se pierde, se pierden los recuerdos. Queda solo el presente. ¿Dónde habitará, entonces, la nostalgia?

@sanchezbaute

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