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Opinión

  • | 1985/10/07 00:00

    MINISTROS QUE LLEGAN, MINISTROS QUE SE VAN

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Que uno sostenga que "debilitar el sindicalismo debilita el sistema democrático", es valiente e incontrovertible.
Que uno celebre su nombramiento con "gallina y pola", es delicioso y refrescante.
Que uno reparta sus horas libres entre la socialdemocracia, el pin-pon y el tejo, es moderno, deportivo y hace "pun".
Que uno afirme que todo colombiano tiene derecho a un trabajo digno y no a la condena de sobrevivir "vendiendo cigarrillos extranjeros en la carrera séptima", es justo, equitativo y verdadero.
Pero nada de lo anterior es suficiente para hacer un Ministro.
Por eso los colombianos se han quedado un tanto desconcertados con el nombramiento del señor Jorge Carrillo en la cartera de Trabajo. No porque el nuevo Ministro sea un sindicalista. No. Sino porque no hubiera dejado de serlo cuando aceptó el ministerio.
En sus primeras declaraciones concedidas a la prensa con la impulsiva frescura de un trabajador cualquiera, Carrillo hizo una afirmación que cambió el rumbo de su carrera ministerial cuando ésta ni siquiera habia comenzado: "A mí no me pueden pedir que yo vaya a ser supremamente imparcial. Yo entiendo el Ministerio del Trabajo como el ministerio de los trabajadores, de la defensa de sus derechos".
Esta frase, arrancada quizás por obra de ese canto de sirenas que constituyen a veces los medios de comunicación para el que desconoce sus traicioneros encantos, determinó que tan conveniente experimento del "Ministro sindicalista" arrancara poderosas dudas entre un número no despreciable de colombianos.
La duda principal consistía en si lo que se había entendido que quería decir el Ministro coincidía con lo que había querido lograr el Presidente con su nombramiento: inaugurar, de verdad-verdad, el "año social". Porque si uno necesita bautizar como tal el último año de su gobierno, es porque, en lo social, tienen rabo de paja los tres años anteriores.
Un sindicalista puede darse el lujo de trabajar únicamente por el bienestar de sus afiliados, y hasta resulta lógico que lo declare públicamente. Pero cuando acepta ser Ministro lo hace en nombre del país y no de un sindicato. Declarar de entrada falta de imparcialidad, como lo ha hecho el Ministro sindicalista, permite preguntarse si no habría sido mejor dejarlo ejerciendo su fuero sindical, en virtud del cual una declaración de parcialidad semejante es apenas un requisito fundamental para conservar el empleo.
Exagerando, que exagerar es a veces tan ilustrativo, me pregunto qué habría sucedido si el actual ministro de Gobierno declarara que entiende su cargo como el ministerio de los liberales, y que por lo tanto se siente incapaz de ofrecerle al país su colaboración frente a ese equilibrio de fuerzas que determinan en un momento dado la armonía política y económica.
De manera enérgica, los editoriales de algunos periódicos, así como ciertas directivas de gremios, le recordaron entonces al ministro del Trabajo que trabajadores no sólo hay entre la clase obrera. Que trabajador es todo el que trabaja, desde el obrero hasta el gerente, pasando por el empresario y por el profesional. Fue quizás ello lo que determinó que en su discurso de posesión, el Ministro se preocupara por "desembarrarla", afirmando que "represento a todos los que quieran construir la nación, a todos los colombianos de buena voluntad, tanto a los que tienen trabajo digno como también a los subempleados y a los desempleados".
El problema es que Carrillo había dejado dichas otras cositas. Cosas que, en general, sugieren que el Ministro tiene sus propias ideas sobre la política económica que cree que debe aplicarse, no tanto porque le convenga al país, sino porque le conviene a su conciencia sindicalista.
Entre esas ideas figuran la de bajar las tasas de interes por decreto, la de modificar el tope del 10% que la situación económica impuso este año sobre el aumento salarial de los trabajadores oficiales, y la de extender la congelación de precios a otros productos de la canasta familiar, y prolongarla durante todo el año 85.
Algunas de estas ideas, aunque desde luego muy respetables, tienen el problema de que chocan con la política económica que tan difícilmente viene aplicando el gobierno para enfrentar la recesión y solucionar el déficit fiscal.
Han sido meses de ajuste que han implicado sacrificios grandes del país, y que no pueden echarse por la borda sencillamente porque el presidente Betancur resolvió hacer un experimento burocrático, en cabeza de alguien que se nego a renunciar a su cargo sindical para asumir el de Ministro.
Nunca había sido más importante que el Ministerio de Hacienda y el de Trabajo funcionaran en armonía. El famoso "año social" no debe significar el desbordamiento del sector del trabajo en relación con los demás factores económicos. El verdadero bienestar de los trabajadores colombianos solo se logra a través del mejoramiento de la situación general del país, y no a punto de prebendas justas pero artificialmente concedidas, que tarde o temprano se le devolverían al pueblo trabajador como un auténtico bumerán.
Aún está a tiempo el señor Carrillo para que el experimento del Ministro sindicalista no resulte un estruendoso fracaso populista. Pero ello requiere el cumplimiento de tres requisitos.
Que el señor Carrillo se converse con su colega de Hacienda, para que descubra cuáles son aquellas cosas que debe ofrecerles a los trabajadores como sindicalista que no puede ofrecerles como Ministro.
Que recuerde que sólo el 13% de la fuerza laboral del país está sindicalizada, y que el otro 87% también necesita Ministro de Trabajo. Y que a las traicioneras sirenas que desde los medios de comunicación lo invitan con sus cantos, a soltar la lengua, les cancele la personería jurídica del sindicato.
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