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Opinión

  • | 2014/02/18 00:00

    El MIRA en la mira

    El caso del MIRA nos lleva a analizar necesariamente la delgada línea existente entre la moral religiosa y el derecho.

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El famoso ‘caza sectas’ argentino Héctor Navarro denunció la semana pasada ante la Fiscalía General de la Nación a la líder del MIRA, María Luisa Piraquive, por 13 delitos que van desde homicidio, pasando por lavado de activos, hasta estafa. Dicha denuncia nos lleva necesariamente a analizar la relación entre la moral religiosa y el derecho. 

Para nadie es un secreto que las leyes en todas partes del mundo han tenido una simbiosis con la religión, que el pecado se ha castigado con el ordenamiento jurídico, equiparando la conducta moral a una conducta criminal. El código penal de 1936 de Colombia sancionaba con cárcel el adulterio, la bigamia, el homosexualismo y el estupro, que es una forma de estafa sexual. En el mundo islámico estas y otras conductas están castigadas además con castigos corporales.

La denuncia presentada por el fundador de la Fundación de Víctimas de Sectas en Argentina, señalaba que se había cometido una estafa en contra de los creyentes de la Iglesia de Dios Ministerial Jesucristo Internacional (IDMJI), conocida popularmente como MIRA, por ser más visible el partido político.

Lo anterior nos lleva a la muy delgada línea entre fe y delito. Las diversas religiones por lo general le ofrecen a sus creyentes algo bueno o positivo, como la vida eterna, el cielo, la reencarnación, salud, prosperidad, bienestar, entre otras, a cambio, el practicante de dicha religión, le deja algo terrenal a su iglesia. Se pagan novenarios para que el alma descanse en paz; bautizos, para que el niño al fallecer no se vaya al limbo; misas de sanación, para curar toda clase de enfermedades. 

En la iglesia de los Piraquive, los pastores se comunican con el fervoroso a través de profecías le dicen lo que quiere escuchar, palabras halagüeñas o simplemente palabras de optimismo. El practicante las cree, al igual que en las demás religiones, considera que su Dios está con él y que su credo y su congregación son el soporte. A partir de ahí, en cualquier iglesia católica o cristiana se obligan a dar el diezmo, la limosna o pagar por los servicios religiosos. 

Entonces surgen la preguntas. ¿Ofrecer beneficios espirituales a cambio de dinero será una estafa? ¿Será un engaño la promesa de la vida eterna, porque a nadie le consta que esta exista? ¿O es un ardid saber que la enfermedad será curada a través de la teoterapia? La gente tiene derecho a creer en lo que quiera, las religiones a existir y prometer toda clase de bendiciones, no por eso debe señalarse como delictual una conducta mística que ofrezca bienaventuranzas, porque con ese criterio al final todo sería una estafa, hasta ir donde el indio amazónico para la lectura de la mano o el tarot.

Incautos hay muchos, alguno de estos movidos por sus creencias dejan millonarias sumas de dinero a sus centros religiosos, desde tierras cuantiosas, para asegurar un lugar en el cielo, como pasaba con mayor frecuencia en siglos anteriores, hasta dejar el diezmo o la limosna en la celebración religiosa, con la esperanza de una vida mejor, todo eso enriquece a las iglesias, pero de ahí a pensar que es un engaño con relevancia penal hay una gran diferencia.

Lo que sí es claro es que las iglesias, en términos generales, dejan mucho dinero por la necesidad de ayuda espiritual, ahora el deber de la Fiscalía General en este caso, es establecer la ocurrencia o no de los trece delitos denunciados, o si por el contrario hacen parte de la sumisión en la fe de las personas.

*Magister en política criminal y derecho penal internacional, del London School of Economics. Profesor universidades del Rosario y Libre.
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