Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2007/11/17 00:00

Mis cariñitos tristes

Entiendo que según la ley islámica las niñas de 12 años se pueden casar con adultos que tengan menos de cuatro esposas

Mis cariñitos tristes

Hace pocos días estaba yo releyendo los maravillosos Rubayatas escritos hace nueve siglos por el matemático y poeta persa Omar Jayyam, y al ver la carga libertaria de sus versos, me preguntaba si este gran poeta estaría permitido en su propio país, Irán. Había una manera fácil de averiguarlo. Catalina Gómez, una periodista de SEMANA que ha estado toda la vida obsesionada con Persia, acababa de cumplir su sueño de irse a vivir allá (les recomiendo su blog viajero en esta revista). Le pregunté si la poesía de Jayyam se publicaba y se leía en ese país donde se estaba instalando. Esta fue su respuesta:

"Lo conocen, pero no es el poeta que más leen. No se le hacen homenajes ni se organizan seminarios en su honor. Esto se debe, al parecer, a que los que mandan aquí lo consideran demasiado libre como para dejar que la gente lo lea con entusiasmo. Los iraníes no lo ven en la universidad, ni siquiera cuando hacen estudios avanzados en literatura persa. Los profesores de la Universidad de Teherán, que por años fue la meca del pensamiento libre, ahora acceden a sus puestos gracias a su ortodoxia política. Lo que explica muchas cosas. En las librerías se encuentra, pero no lo destacan. Jayyám es definitivamente más reconocido en Occidente que en Irán, el 'país de los poetas'".

Pocos días después de recibir esta respuesta, llegó por las agencias otra noticia literaria de Irán. La última novela de García Márquez había sido retirada de las librerías, prohibida su reimpresión, despedido el censor que había autorizado su publicación y sancionados el traductor y la editorial. Hacía apenas un mes que la novela había salido, pero los adalides de la moral islámica hicieron su trabajo con rapidez, montando una campaña de indignación por todos los medios. Como dato curioso, la traducción en farsi, para atenuar el riesgo de la censura, había convertido la Memoria de mis putas tristes en Memoria de mis tristes cariñitos. La precaución no bastó y ahora el libro ha sido recogido y prohibido. Lo único que falta es que lo quemen.

Como el régimen de Ahmadinejad es aliado de Chávez, y como está alineado contra Estados Unidos, los mamertos de este lado de la tierra cierran los ojos y no dicen nada ante este tipo de arbitrariedades de la dictadura democrática iraní. Incluso un libro como Las mil y una noches ha sido reescrito varias veces, de manera que no ofenda a los píos oídos islámicos, y en ocasiones ha sido recogido y prohibido, sin importar que su alusiones más ensoñadoras transcurran por las calles de El Cairo o de Teherán. En ese vaivén medieval de oscurantismo religioso se va pudriendo la literatura.

Los motivos para prohibir Memoria de mis putas tristes son los mismos por los que algunos fundamentalistas locales protestaron cuando el libro salió aquí: el sexo entre un anciano y una adolescente. Esto horroriza en la literatura, pero al parecer no tanto en la realidad iraní. Tengo entendido que según la ley islámica, las niñas de 12 años (menores que la putica triste) se pueden casar con adultos que tengan menos de cuatro esposas. No se podrá aducir, entonces, que lo de ellos es una protesta contra la pedofilia.

Al mismo tiempo que termino este artículo, sin embargo, la realidad me da también a mí una lección sobre la libertad occidental. Como tengo un sobrino ateo, matemático y poeta (los mismos atributos que tuvo en vida Omar Jayyám) se me ocurre regalarle el libro de los Rubayatas y compro un ejemplar. Estoy a punto de mandarlo sin quitarle siquiera el celofán. Siento, sin embargo, alguna curiosidad por comparar la traducción de esta edición con las mías (de Fitzgerald, al inglés, y de Cristovam de Camargo al español).

Abro el libro y no lo puedo creer. Un tal Paramahansa Yogananda ha convertido a Jayyám, no sólo en un poeta devoto, en un místico para quien el vino y las mujeres son metáforas de la divinidad, no sólo en un rezandero alejado de la vida, sino que ha llegado incluso a volverlo budista. Jayyám, según Yogananda, alude a la ley kármica, a los siete chakras y hasta alcanza el Nirvana. Esta porquería de edición (Longseller, Buenos Aires), es una de las más burdas falsificaciones que he visto en mi vida. En esta supuesta "versión completa" de los Rubaiyat, todo es falso o contrahecho.

Pienso que si algún joven latinoamericano lee el poema de Borges donde elogia a Jayyám, y luego busca sus versos en las librerías, podría comprar este oprobio, sin darse cuenta, y leer el libro, y pensar que Borges era un idiota por recomendar a semejante poetastro. Casi me parece mejor el método iraní de tratar de ocultar al gran poeta nacional; el método de la editorial argentina de falsificarlo y volverlo religioso, es mucho más perverso, mucho más mentiroso, mucho más inmoral. Es como si en Irán, en lugar de censurar a García Márquez, hubieran traducido al farsi todo al revés. No solo putas por "cariñitos", sino que incluso la niña pudieron haberla convertido en una monja devota, y al viejo periodista en un casto cardenal.

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