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Opinión

  • | 2015/02/26 15:00

    Mis memorias con Rodrigo Castaño

    En un emotivo texto, John Sudarsky relata los mejores recuerdos que tuvo junto a su entrañable amigo Rodrigo Castaño, quien falleció la semana pasada.

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Se murió Rodrigo. El que nunca pensamos que se muriera, se murió. Él era la vida misma, la alegría, la risa, la carcajada, la alegría, la diversión. Todos lo queríamos con intensidad y nos gustaba estar con él porque sabíamos que estábamos disfrutando una libertad con la que podíamos volar. Lo conocí cuando estudiábamos en Kansas y fuimos roommates en un apartamento donde las más deliciosas fiestas se llevaron a cabo. Él llevaba viviendo en la ciudad de Lawrence ya hacía cuatro años y conocía como nadie toda la comunidad hippie del lugar.

Conciertos con Janis Japlin, Eric Clapton, música de Jefferson Airplane, la temprana introducción a Rod Steward por un compañero inglés becado para estudiar ciencia política y que sólo iba a la facultad para cobrar el cheque de su beca. Todo muy edificante. Rodrigo era “a ladies man”: yo por lo menos envidiaba su capacidad seductora. La heredó seguramente de Álvaro, su padre, y sería bueno oír a sus muchos amores decir qué era lo que les producía, cómo las encantaba, cómo gravitaban a su compañía, lo gozaban intensamente y lo amaban.

Después vino el regreso a Colombia, su casa en Suba, su tienda de objetos inútiles que todos querían tener, Brick a Brac, paseos inusitados, viajes inusitados. Y su carrera con Gloria y Álvaro, produciendo con una factura que era claramente identificable por la limpieza de las imágenes, la composición de sus producciones y una estética refrescante e iluminada que lo acompañaba siempre. En París conoció a Ana María Rueda, artista maravillosa, se la trajo y tuvieron a Manuela y a Juan Ruy, sus bellos hijos.

Luego se fue para México buscando nuevos horizontes y su propia identidad, su propia luz, y conoció a Rosalba Garza, su compañera hasta hoy. Le tocó luchar duro pero el éxito comercial de El Niño y el Papa, película que dirigió, mostró otro aspecto de su talento. Cuando venía a Colombia nos invitaba al Totumo, la finca ancestral en Melgar, donde Gloria y Álvaro transformaban el calor del trópico con artesanías, platos y aromas típicos, vegetación y su única hospitalidad.

Rodrigo era como un volcán del cual manaba toda esa imaginería, la anécdota histórica, la conexión inusitada y sorprendente de la que tantos nos nutrimos oyendo la HJCK: la poesía, los poetas, los artistas, la conversación inteligente que tanta falta hace para escampar de nuestro agreste discurso nacional.

Cómo pensar que no vamos a tener más a Rodrigo, cómo pensar que no volveremos a oír su risa estruendosa y a ver su facha de fauno descarriado. Es imposible imaginarlo. No lo puedo creer. Ninguno de sus amigos lo podemos creer.
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