Miércoles, 1 de octubre de 2014

| 2013/09/11 00:00

¿Misiles de Obama en Siria?

Esto es lo que le espera al gobierno de Estados Unidos y los cálculos de su presidente para ataca al país del Medio Oriente.

Ricardo García Duarte Foto: SEMANA

Las intervenciones militares suelen comenzar ahora por motivos humanitarios: la protección de la población civil o la exportación de la democracia. Solo que muy pronto se prolongan por razones políticas; vale decir, por la tentación de derrocar a un régimen o por las ineludibles respuestas en medio de una escalada bélica. Después de los muertos, el desastre inútil y los abusos, al final concluyen, si es que lo hacen, por los naufragios que se presagian en las elecciones domésticas.

Es lo que espera a los Estados Unidos de América por la decisión de su presidente, en el sentido de bombardear con misiles tomahawk algunas instalaciones militares de Siria, el país desgarrado por una guerra civil, que ya deja 100.000 muertos, sometido por cierto al régimen autoritario de Bashar, vástago de los Al- Asad, el clan familiar dominante, salido de la minoría alawita.

Claro que es también el escenario que Obama ha querido evitar como un barco que zigzaguea los escollos, sin afán por llegar al puerto en el que le esperan todas las incertidumbres. 

Los cálculos de Obama

En dos años y medio, el presidente ha evitado, como guardia remolón, el compromiso de involucrarse directamente en el apoyo a la oposición contra un régimen dictatorial. Primero, porque Rusia y China no aceptan una autorización del Consejo de Seguridad que vaya en esa dirección, ni nada que pueda entrañar la desestabilización de Al-Asad, su aliado en la región; temerosos como están no solo de que este caiga sino de que suban al poder los fundamentalistas. 

Segundo, porque el Irán de los ayatolas apoya directamente a Bashar Al-Asad, también chiita, lo cual siempre será un factor de combustión para que el conflicto se riegue por los alrededores. 

Y tercero, porque el poder mismo con el que cuenta el gobernante sirio, sin estar aislado en la zona, como sí lo estuvo en su momento Gadafi, envuelve el riesgo de un conflicto largo; otra guerra costosa sin término a la vista. 

Por tales razones, quiso siempre trazarse como condición para intervenir, una línea roja corrida al extremo; no traspasable en apariencia por el régimen sirio: la utilización de armas químicas contra la población o contra los combatientes enemigos. 

Ahora que la línea roja fue cruzada, según todos los indicios y que entonces existiría la razón moral para intervenir, aunque no desde luego cubierta por la razón legal, Obama se impone una nueva condición, la de que el Congreso de su nación, sin que ello sea un requisito legal, le apruebe la intervención. 

Además, con la condición de que esta última tenga un alcance limitado y sea dirigida a distancia contra blancos puntuales. Una suerte de castigo del que no debiera seguirse una presencia militar masiva ni tampoco prolongada. Una operación limpia de la que la potencia intervencionista conseguiría retraerse sin tropiezos y sin víctimas propias.

¿Resultados ineficaces e improcedentes?

El problema de estos golpes tácticos es que pueden resultar ineficaces e improcedentes. A menudo, no llegan a causar un daño esencial. Incluso, incurren en errores fatales como cuando la administración Clinton bombardeó unos depósitos farmacéuticos en Sudan. Con todo, su efecto más deplorable es el de provocar, si previamente no anula la capacidad de respuesta del otro lado, reacciones del régimen atacado, en este caso, el del Al-Assad. 

En tales condiciones podría causar más daños al opositor Ejército Libre de Siria y obligar a Estados Unidos a una intervención de mayor envergadura, sobre todo con la aviación; lo que de cualquier modo situaría a Obama no como el estadista capaz de cancelar las guerras sino como el sujeto que las multiplicó. Algo quizá devastador para las aspiraciones presidenciales de Hillary Clinton y de su partido demócrata dentro de tres años. 

Un escenario menos enrevesado para la administración Obama y para la solución del conflicto sería el de que el eventual ataque consiguiera un umbral de eficiencia que al tiempo que lo legitimara por su eficacia, debilitara el potencial militar del gobierno sirio.

Este cambio en la correlación de fuerzas al interior de Siria rendiría sus frutos solo si al mismo tiempo una modificación audaz en las relaciones diplomáticas de EEUU con Irán, ahora bajo el gobierno del moderado Rohani, situara a este último como un “jugador” por la paz, de modo que pudiese inducir al “hombre fuerte” de Siria a un alto al fuego y a unas negociaciones con la oposición, en la perspectiva de preparar un esquema de transición hacia la paz.   

Esta última es desde luego una posibilidad no descartable, aunque rodeada de sombras: Rohani no da muestras aún de consolidarse en Irán y se contiene para dar mensajes conciliadores. Al mismo tiempo, al interior de Siria, los fundamentalistas de Al- Nusra experimentan un ascenso dentro de los frentes de la oposición, con la consiguiente polarización, sin alternativas razonables, entre Al Qaeda y Bashar Al-Asad, una perspectiva nada favorable al arreglo. 

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