Domingo, 22 de enero de 2017

| 2001/08/06 00:00

Misión: Imposible

Eso de hacer una Constitución para la paz sin que en ella participen los alzados en armas sólo se les ocurre a gentes muy buenas o muy malas

Misión: Imposible

No fue la tutela, ni la Corte Constitucional, ni la ampliación de los derechos, ni la Fiscalía, ni la descentralización, ni la Defensoría del Pueblo, ni el reconocimiento de los indígenas, ni la independencia de la autoridad monetaria, ni la vicepresidencia, ni el aumento del gasto público, ni la Comisión

Nacional de Televisión, ni la bien o mal llamada dictadura de los jueces.

Esas son las cosas por las cuales hoy se alaba o se critica la Constitución de 1991. Pero esas no eran la cosas que se buscaban con la Constituyente de 1991. Y es porque nuestros dirigentes tienen la capacidad pasmosa de resolver cada vez el problema que no toca.

Lo cual no implica que la Constitución haya sido inútil o que no haya cambiado muchas cosas —unas para bien, otras para no tan bien—. Pero sí implica que estamos ante un producto de laboratorio, que el grueso de las reformas salió del magín de los constituyentes antes que de una discusión pública sentida y decantada.

Ese aire casi académico de la Asamblea explica los rasgos esenciales de la Carta. Su idealismo. Su enciclopedismo y reglamentarismo. Su intento de acomodar principios contrapuestos (presidencialismo-parlamentarismo, o neoliberalismo-intervencionismo). Su falta de hilo conductor. Su riqueza axiológica. Su retórica. Su vanguardismo en materia de técnica constitucional. Su exceso de instituciones. El éxito de unas innovaciones y el fracaso de otras —como en cualquier “experimento” académico que se respete—. Y hasta la poca pasión que despierta entre sus autores y sus detractores.

Pero volvamos al 91. La Constituyente surgió porque el Congreso se había negado otra vez a la reforma, y con el único objetivo de “limpiar la política”. A este tema obsesivo se añadió la esperanza de que los cambios condujeran a la paz. Y nadie que se sepa votó por la tutela, la eutanasia o la resurrección del vicepresidente.

En efecto, la Asamblea se ocupó de limpiar la política. Primero, limpiando a los políticos: incompatibilidades, inhabilidades, pérdida de investidura, inmunidad, supresión de suplencias, fin de los auxilios, régimen de diputados y concejales. Segundo, cambiando a los políticos: cierre y re-elección del Congreso. Tercero, quitándoles el poder a los políticos: por eso en Colombia mandan la Corte Constitucional, el Fiscal y la Junta del Banco, que no son elegidos por voto popular (porque serían políticos). Y cuarto, dejando sin oficio a los políticos: consulta popular, referendo y demás “inguandas” de la democracia “directa” o participativa.

Pero vea usted: eso de hacer una Constitución Política en contra de la política es una insensatez que sólo se les ocurre a los políticos antipolíticos que inspiraron la Constituyente. Ese fue el pecado original del movimiento ciudadano, el despiste y el velo que aún hoy le impide ver lo obvio: para enderezar este país no hay que acabar el. Congreso; hay que tomarse el Congreso.

La Asamblea también trató de avanzar hacia la paz. Además de cupos para el EPL y facultades para que el gobierno pueda negociar, la Carta fue a las presuntas “causas objetivas” del conflicto: desmonte del bipartidismo (mediante la doble vuelta, la circunscripción nacional o las elecciones locales), recortes al antiguo “Estado de sitio”, nuevos derechos sociales y más gasto público, atención a las minorías, pluralismo, incorporación de los tratados internacionales, búsqueda en fin, de una ”Constitución donde quepamos todos”.

Pero vea usted: eso de hacer una Constitución para la paz sin que en ella participen los alzados en armas es una insensatez que sólo se les ocurre a las gentes muy buenas o muy malas.

No digo estas cosas para animar o aguar el cumpleaños de una Constitución que por supuesto tiene sus encantos y sus vainas. Lo digo porque otra vez el Congreso se ha negado a reformarse, otra vez se habla de limpiar la política y otra vez se piensa en convenciones nacionales o constituyentes para la paz. Lo digo porque quien no estudia la historia se condena a repetirla.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.