Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2010/06/10 00:00

Mockus y los idiotas útiles

Vista exclusivamente desde el terreno de la honestidad intelectual, la idea de Antanas Mockus de no hacer alianzas con otros partidos es correcta en lo ético.

Jorge Gómez Pinilla

Dicen que en Colombia “el sentido común es el menos común de los sentidos”. Los resultados electorales del pasado 30 de mayo le conceden la razón al retruécano, pues ese día fue derrotada en las urnas una propuesta tan obvia –y para nada compleja- como la de regresar al país por los senderos de la legalidad. Al respecto, una columna de Horacio Serpa para El Nuevo Siglo ayuda a entender en pocas palabras lo ocurrido: “El triunfalismo inicial que le dieron los sondeos, la falta de experiencia en cuestiones electorales y errores de comunicación, frenaron la ola verde que muchos llamaron un tsunami”. Sobre todo errores de comunicación, que en su mayoría salieron de la boca del candidato.

Vista exclusivamente desde el terreno de la honestidad intelectual, la idea de Antanas Mockus de no hacer alianzas con otros partidos es correcta en lo ético, si bien desacertada en lo práctico, pensando en la urgencia de este 20 de junio. Es la coherencia por encima de la conveniencia, en una puesta en práctica cuyos resultados se esperarían a mediano o largo plazo, nunca al corto.

En tales condiciones, diríase que la segunda vuelta electoral será ‘pelea de tigre con burro amarrado’. Pero es algo que a Mockus parece no preocuparle, y una explicación posible sería que mantiene una fe casi religiosa en que los abstencionistas –más de 15 millones de invisibles- acudirán en su auxilio. Fe concebida si se quiere en su acepción católica, que invita a “creer en lo que no vemos”.

Ya despojados de la fe religiosa hallaríamos otra explicación, cual es la de que el resultado electoral de la segunda vuelta le importa un rábano, pues quizá tiene su mente puesta en hazañas superiores, como por ejemplo la de emular algún día al Mahatma Gandhi, quien sin disparar un tiro y casi sin moverse de su casa derrotó al Imperio Británico. En el terreno que nos ocupa, Mockus esperaría derrotar la corrupción e imponer el imperio de la legalidad sin atender a una sola alianza, mediante la difusión serena de su mensaje, quizá con la convicción de que el tiempo (no El Tiempo, obvio) terminará por concederle la razón.

¿Antanas Mockus, el Gandhi colombiano? Es un punto sobre el cual no hace falta detenerse, pero se relaciona con que en la noche del 30 de mayo comprobamos aturdidos que Antanas Mockus podría ser un buen presidente… de Finlandia. Ya llegados a este punto, la pregunta consecuente es: ¿puede un político que exhibe de todo menos condiciones de ‘político’, y que para colmo de males (¿o de bienes?) no porta en su código genético el más mínimo asomo de malicia indígena, gobernar a un país como Colombia? La respuesta es evidente: NO. Por lo menos de aquí al 20 de junio, pues en caso contrario, a sus cualidades de filósofo y pedagogo habría que sumarle la de hacedor de milagros.

Dejando pues atrás el delirio de ganar en la segunda vuelta, en el curso de los próximos cuatro años Mockus tendrá que dedicarse a pulir su discurso y su estrategia, pero sobre todo a confeccionar un Partido Verde a su imagen y semejanza. Porque más que partido, lo que hasta ahora hubo fue un movimiento anticorrupción con fuerte raigambre juvenil, que terminó por fallar –tanto el movimiento como los jóvenes-, a la hora de las definiciones.

Antanas Mockus es un personaje que desconcierta y a ratos incomoda, pero cuyos actuar y pensar revelan un sello inconfundible de autenticidad. Hoy muchos de sus contendores –y algunos de sus seguidores- podrían considerarlo incluso un auténtico ‘suicida’ de la política, no tanto por sus declaraciones a veces contradictorias como por su terquedad en querer preservarse “sin mácula” (para usar una expresión de Noemí, la verdadera gran derrotada), al punto de despreciar a todo el que se le acerca a proponerle algún trato.

En la ecuación matemática de este 20 de junio se aprecia entonces una variable A, donde todo está perdido para Mockus, por cuenta de un Juan Manuel Santos bien apadrinado y además con fama –y resultados- de tahúr. Y una variable B, compuesta por esa inmensa masa de ciudadanos indolentes para quienes no votar constituye una auténtica virtud, porque sencillamente no les interesa la política. (Lo cual en realidad es una auténtica idiotez, si juzgamos a los abstencionistas como los verdaderos idiotas útiles de la corrupción reinante).
 
Si se unieran A + B, el resultado sería la aplicación de una pedagogía orientada a inculcar en los ‘alumnos’ la importancia de votar, por el bien de todos. Es un hecho incuestionable que ese salto –ya no al vacío, sino hacia la madurez política- no se dará este 20 de junio, cuando se suma en agravante la transmisión de tres partidos del Mundial de Fútbol. Pero el día que el país por fin vote en mayoría para imponer el reino de la legalidad, habremos convenido en que el profesor Antanas Mockus –más tarde que temprano- estaba en lo cierto.
 
Por ahora no tiene afán, como ya lo ha demostrado, hasta el límite de la impaciencia. “Despacio que tengo prisa”, decía Napoleón Bonaparte a su barbero antes de entrar a la batalla.

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