Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

Opinión

  • | 2010/05/21 00:00

    Mockus, Petro: ¡La democracia está primero!

    Porque mientras ustedes discuten sólo gana el continuismo, sólo pierde la democracia y, en consecuencia, también pierde nuestro país.

COMPARTIR

Muchos creen todavía que la única esencia de un procedimiento democrático está en la decisión de las mayorías. Entre ellos cuento a quienes, en Colombia, no terminan de entender y de aceptar cómo fue posible que se diera marcha atrás a la segunda iniciativa reeleccionista, siendo que estaba apoyada por ‘tantos’ ciudadanos. Algunos no compartimos esta nostalgia, porque si bien sabemos que las decisiones mayoritarias resultan esenciales a la democracia, también concebimos otros aspectos no menos esenciales a ella: la limitación del poder (su no concentración), la división de poderes, la alternación de los gobiernos, la transparencia y el respeto a las minorías, entre otros.

Es por eso que, en lugar de nostalgia, a algunos nos embarga más el anhelo de una democracia liberal moderna. Una democracia que, como bien lo expresa el filósofo colombiano Luis Eduardo Hoyos: “(…) no consiste en pasar el poder absoluto del soberano al pueblo, sino en abolir el carácter absoluto del poder”. Y pienso que es en la construcción de este tipo de democracia, inexistente en Colombia, en la que deberían estar encaminados los esfuerzos de nuestros representantes. En esto, en contra del absolutismo y a favor de unas estructuras sociales realmente pluralistas, todos ellos dicen estar comprometidos. Pero en la marcha, por desgracia, este compromiso no se ve por ningún lado.

Lo que sí hemos podido ver hasta el presente es el teatro de la democracia colombiana, un teatro mal montado, mal actuado; un teatro cuyo propósito principal es el de engañar para obtener votos, para llegar al poder y quedarse en él. Vemos así a un presidente que no termina de aceptar que se le haya negado la perpetuidad; triste luce él, como quien se siente defraudado por un país que no supo entender y agradecer su acto –como si no fuera él quien no entendió el funcionamiento del procedimiento democrático–. Vemos también a su más ferviente seguidor buscando materializar esa misma perpetuidad en cuerpo ajeno, sin que le importe cómo. Por esta vía, pienso yo, la democracia moderna, sencillamente, nunca llegará.

De aquí mi insistencia en que estas elecciones representan la oportunidad de un cambio realmente histórico para nuestro país. De aquí mi extrañeza ante el proceder de quienes uno esperaría que sí supieran aprovechar esta oportunidad y que no se hicieran partícipes del tradicional teatro democrático. Porque el gobierno de turno y sus seguidores, si bien de una manera reprochable y a la vieja usanza antidemocrática, tan solo hacen su papel; pero candidatos como Mockus y Petro, de quienes se espera que sí estén interesados en esta empresa democrática, no pueden incurrir también en estas prácticas. No pueden, pienso yo, porque sencillamente tienen el deber moral, y saben que tienen ese deber, de no hacerlo. Me refiero, en particular, a la reprochable discusión que han entablado estos dos candidatos. Discusión propia de la más baja estrategia política, con el fin de obtener votos quitándole al otro.

Con todo, en este momento y para efectos prácticos, ya no importa quién comenzó, qué dijeron, quién habló más fuerte o quién dio el portazo final: lo único realmente importante es volver a abrir las puertas; si bien algo imposible para esta primera vuelta, una tarea completamente viable y necesaria para la segunda. Porque no es el orgullo de Petro o la palabra de Mockus lo que aquí está en juego, es nuestra democracia.

Seamos realistas, es el Partido Verde la mejor opción para comenzar a construir una democracia liberal moderna en nuestro país –el Partido Verde, digo, no Mockus, pues creo que la personificación de los partidos es uno de los más grandes problemas de la democracia tradicional; eso que lleva al mesianismo y, por esa misma vía, a un rápido desencanto–. Porque si bien es cierto que el contenido programático de este partido no es superior al del Polo Democrático Alternativo, Colombia no está preparada aún para un gobierno de izquierda –y prueba de ello es que muchos que admiten la superioridad de las propuestas del Polo no están dispuestos, aun así, a votar por ellas–. Mi punto es que si el Partido Verde llega al poder, el Polo también gana: a corto plazo, obtiene muy buenas garantías, a largo plazo, bien puede encontrar una población votante mejor ilustrada y dispuesta a apoyarlos para llegar al poder. Por ahora, qué le vamos a hacer señor Petro, ‘el palo no está pa’ cuchara’.

Creo, entonces, que con lo difíciles que se han puesto las cosas para el Partido Verde –y más con la ruindad del ‘humor’ con la que Santos está aumentado su favorabilidad–, mucho de lo que diga o haga Mockus ahora puede ser lamentable para quienes apoyan su movimiento de una manera no mesiánica. Porque, lastimosamente, si Mockus quiere ganar, en la segunda vuelta tendrá que hacer de una manera cada vez más explícita eso mismo que no ha querido hacer y por lo cual muchos lo han apoyado: política, y a la vieja usanza. Para quienes lo vamos a apoyar, se tratará de un voto, más que 'doloso', realmente 'estratégico’ –con todo y el cálculo desvergonzado que esta palabra puede sugerir–, pues, permítaseme insistir en ello, los verdes representan hoy la mejor oportunidad que la democracia colombiana ha tenido en mucho tiempo: una oportunidad que, simplemente, sería un despropósito desperdiciar.

Así pues, en lo que queda para llegar a los primeros comicios, señores Mockus y Petro, no está de más imprimirle un poco de pragmatismo a su debate, con el objeto de apuntar al verdadero blanco: el partido de gobierno. Ya en la segunda vuelta este pragmatismo debe ser mayor: la alianza entre el Partido Verde y el Polo tendrá que ser un hecho, so pena del repudio general ante lo que podría ser el desperdicio de una inmejorable oportunidad para construir una democracia liberal moderna en Colombia.

Primero hay que abonar el terreno: porque mientras ustedes discuten sólo gana el continuismo, solo pierde la democracia y, en consecuencia, también pierde nuestro país.

* Julián Cubillos es Magíster en Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia y profesor Catedrático de Humanidades de las universidades del Rosario y Jorge Tadeo Lozano

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1830

PORTADA

En la cuerda floja

La economía avanza a paso muy lento. Se necesita con urgencia un estartazo, pero el desánimo y el pesimismo limitan las posibilidades de una recuperación.