Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1993/03/01 00:00

MONJAS Y POLITOLOGOS

Alguien está desfasado con la realidad: o las monjas y los politologos, o la prensa y los políticos

MONJAS Y POLITOLOGOS

MONJAS Y POLITOLOGOS
PARECE SER QUE LAS MONJAS BETHLEmitas de las misiones del Caquetá están muy preocupadas con la proliferación sin freno de la violencia. Puede ser una metáfora, pero suena a cosa cierta: me lo dijeron en una tertulia de gente preocupada por la proliferación de la violencia en la que no había monjas, pero casi: había politólogos, violentólogos, exguerrilleros, feministas, periodistas. De todo. Y me aseguraron que es igual en otras tertulias semejantes en todo el país, en Barranca y en Pasto, en Sincelejo y en Bucaramanga: que en todas partes todo el mundo, como las monjas bethlemitas está seriamente preocupado por la proliferación de la violencia, y no habla de otra cosa.
Sucede, sin embargo, que los protagonistas de la violencia están despreocupados y felices. El Gobierno, muy contento con la suya, sostiene que esta vez sí va ganando La Coordinadora Guerrillera, aunque responde muy comedidamente a las cartas abiertas de los intelectuales, acrecienta en los campos el nivel de su propia violencia y todavía cree que puede ganar. Y Pablo Escobar tercia en el desorden para anunciar con bombas que sólo más violencia le dará la victoria.
Por su parte, los grandes medios de comunicación y los políticos profesionales no se ocupan del tema. Lo registran, sí, y les molesta un poco: a los unos por la imágen del país, a los otros por las dificultades que puede provocar para sus campañas electorales. Pero no los desvela. Mucho más emocionantes y dignas de atención les parecen las idas y venidas del Procurador, del Veedor, del Fiscal, de los muchos candidatos presidenciales: cuál va a ganar, cuál va a caer preso. Esas cosas. Sus cosas.
Es evidente que alguien está desfasado con la realidad: o las monjas y los politólogos, o la prensa y los políticos, tanto los del sistema como los de la subversión. Aunque más que de un desfase, se trata de dos realidades que corren divergentes: la una pasiva y añorante, y la otra imperiosa y activa. Monjas y politólogos charlan sobre la violencia: prensa y políticos de ambos lados, al amparo de la violencia o con ese pretexto, actúan sobre la realidad para forjar la que nos espera a todos: o bien la continuación del desorden vigente, o bien su sustitución por un orden autoritario y militarizado, hecho de permanentes estados de excepción. Ese activismo de los antagonistas violentos confisca las voluntades y las voces de todos los demás, pues se hace en su nombre y por encima de sus cabezas el Gobierno (y el Estado, y el sistema) justifica su escalada violenta en nombre de "las gentes de bien"; y desde el lado de en frente la guerrilla justifica la suya en nombre de "las mayorías".
Tanto "las mayorías" como "las gentes de bien" somos los demás: nosotros. Nadie nos ha consultado nada, ni hemos sido capaces de hacernos oír, y los del uno o los del otro lado nos arrastran alternativamente, pendularmente, de la guerra integral al diálogo, al azar incierto de la desesperación o del cansancio.
Los demás, es decir, nosotros, somos esa "sociedad civil" de que tanto se habla en las tertulias de politólogos y supongo que también en las de monjas-, pero que por lo visto sólo existe en ellas. Y ahí está el mal. Porque debiera existir también en sus ámbitos naturales de expresión, que son las universidades, los sindicatos, las conferencias episcopales, las organizaciones cívicas que no han sido todavía descabezadas por los activistas de la violencia, los clubes de rotarios, de leones, las sociedades de mejoras y ornato, las cooperativas, incluso los conventos. Diría también que en las academias, si no hubieran sido cerradas con el pretexto de que sus insignificantes costos de funcionamiento están mejor empleados en financiar la guerra. Y diría también que en las corporaciones públicas concejos, asambleas, parlamento si no fuera porque sus integrantes, que en teoría nos representan a todos, en la práctica sólo se representan a sí mismos y no tienen más ocupación que la electoral, que les garantiza el monopolio de esa representación en nombre de todos.
Para los miembros de las corporaciones públicas, decía más arriba, la violencia que destruye la sociedad sólo es un problema cuando amenaza con interferir con las elecciones.
Si las tertulias de monjas y de politólogos no se expanden hacia el conjunto de la sociedad civil, seguiremos para siempre a merced de los violentos. Y ya nunca podremos tertuliar en paz. -

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