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Opinión

  • | 1999/07/05 00:00

    MONSEÑOR STEHLE

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Es un santo", escribí recientemente en una columna para esta revista, después de que lo
conocí en Alemania con motivo de las conversaciones iniciales con el ELN. Pero ahora el gobierno nacional lo
ha catalogado de demonio, hasta el punto de prohibirle la entrada al país, por haber actuado como
intermediario en la liberación de secuestrados, algunos de ellos a cambio de dinero. Lo de santo lo dije sin
saber cómo son los santos, pero es que a monseñor Stehle la santidad le brota por todos lados. Está
perfectamente reflejada en sus ojos azules, cuya mirada le deja a uno la seguridad de que este hombre
habita en una dimensión espiritual que lo hace mejor que todos los demás seres humanos. Está reflejada en
su frágil cuerpo de 73 años, que en realidad esconde a un hombre vigoroso y ágil que sube y baja monte con
una vitalidad asombrosa. Está reflejada en su rapidísimo sentido del humor, que lo convierte en un conversador
delicioso. Está reflejada en la pobreza franciscana de su indumentaria, caracterizada por unas viejas
sandalias de cuero y un pantalón gris que muy posiblemente todos los días sea el mismo pantalón gris. Y
está reflejada en sus largas meditaciones diarias que hace siempre caminando, en medio de una levedad que
solo puede tener una explicación: la de que monseñor Stehle está hablando con Dios.Por eso me parece que
con respecto a este sacerdote alemán el gobierno, que pudo haber mal interpretado o descontextualizado
algunos episodios de su labor de intermediación, se equivocó de manera grave. Porque prohibirle a
monseñor Stehle la entrada a Colombia es como prohibirle lo mismo a un colombiano. La vida de este
sacerdote alemán ha estado íntimamente vinculada a la historia del país desde que llegó a Bogotá cuando
tenía 31 años, y aunque actualmente es vicario episcopal en Santo Domingo de los Colorados, Ecuador,
donde ha aceptado vivir a pesar de la inhospitalidad del lugar, la verdad es que jamás se ha ido
definitivamente de Colombia. Va y viene, siempre con motivo de lo que se convirtió en su razón vital,
que es prestar sus servicios pastorales de intermediación frente a los grupos subversivos, y es por eso que
Monseñor estuvo presente en los diálogos con el ELN en Alemania: porque prácticamente fue el gestor de
este acercamiento, a pesar de que siempre ha sido un duro crítico de acudir a las armas con el pretexto de
combatir la injusticia. Con Camilo Torres, de quien era amigo, tuvo mucha oportunidad de discutir por este
motivo. Intentó hasta el último minuto convencerlo de que no se fuera para el monte. Siempre ha criticado el
hecho de que las ideologías contaminen el sacerdocio, y por eso monseñor Stehle ni siquiera se dejó
tentar por la teología de la liberación, cuando ésta estuvo tan de moda en América Latina.Quienes lo
conocieron en la época todavía lo recuerdan manejando a mil sobre una motocicleta que lo hizo famoso en
Bogotá. Aquí fue profesor del Colegio Andino y fundó la parroquia de San Miguel, que desde entonces ha sido
su hogar en sus frecuentes visitas al país. En Colombia hemos condecorado varias veces a Monseñor,
entre otras cosas en agradecimiento por haber sido el organizador del monumental Congreso Eucarístico
Internacional en esta ciudad.La experiencia de monseñor Stehle en el manejo de los conflictos con la
guerrilla la obtuvo principalmente de su papel protagónico en el proceso de paz salvadoreño, por el que fue
candidato al Premio Nobel de la Paz. Aquí en Colombia hasta llegó a intervenir a favor de la liberación de
Alvaro Gómez. ¿En un momento en el que buscamos afanosamente reabrir los canales de comunicación con
el ELN, tiene lógica alguna cerrarle las puertas del país a monseñor Stehle, uno de los pocos hombres a los
que este grupo guerrillero oye y del que con frecuencia hasta su cúpula se ha dejado regañar?El hecho de
conseguir la liberación de secuestrados, muchas veces sin pagar suma alguna pero otras a cambio de un
ignominioso rescate no hace a monseñor Stehle un secuestrador, ni un cómplice, ni implica que cobre suma
de dinero alguna, ni que lo financien los familiares de las víctimas, ni que esté actuando al margen de la ley.
De prácticamente todas sus gestiones humanitarias se preocupaba por mantener informado al gobierno, el
que, en lugar de expulsarlo del país, si consideraba que Monseñor estaba actuando incorrectamente, había
debido pedirle que se abstuviera de seguir adelantando su labor humanitaria, o indicarle la dirección en la
que debería reorientarla, pero sin renunciar a su valiosísima posición de intermediación con el ELN. Por
cuenta de ella le ha tocado trabajar en varias oportunidades con los tenebrosos señores Mauss, cerebros
financieros del ELN, pero me voy a atrever a hacer una infidencia: a monseñor Stehle no le gustan para nada,
lo mismo que a mí.Grave equivocación, esta del gobierno, haber graduado de demonio a este Monseñor.
Por eso yo le pediría que reflexione en su decisión de impedirle la entrada a Colombia, por cuenta de un
argumento que me parece contundente: santos no mandan todos los días a la Tierra.
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