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Opinión

  • | 2012/10/13 00:00

    Morir por decisión propia

    En la mayoría de los casos los hombres y las mujeres simplemente quieren escapar a la servidumbre artera del dolor, quieren hacer uso del último resquicio de libertad.

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Hay un desborde de sentimientos en las discusiones de estos días en el Congreso de la República y en los medios de comunicación sobre la eutanasia o el suicidio asistido. No es para menos. Morir por mano propia o autorizar a otro para que ponga fin a nuestros días es la decisión mayor, la más difícil, la más dolorosa.

No hay nada que se le iguale. Tengo la pretensión de conocer este abismo porque durante años recogí cartas de suicidas y visité familias y trasegué libros con historias que se grabaron en mi memoria.

Vuelven mis recuerdos cada cierto tiempo bajo el influjo de hechos y lecturas. Volvieron con las palabras de Chavela Vargas prohibiendo que los médicos intervinieran para prolongar su vida y a través del encuentro con La Acabadora, novela de Michela Murgia, que cuenta la vida de Bonaria Urrai, una mujer dedicada a asistir en su muerte a sus vecinos en Soreni, un poblado de Cerdeña.

Se cansó Chavela de cantar para nosotros ese oscuro instante en el que un amor se despide, de caminar el continente descifrando nuestras tristezas, de alegrar las mil noches de sus amigos en la patria que la acogió y la hizo grande. Un día del pasado agosto se negó a robarle días a la eternidad, no quiso prolongar una vida, ya suficientemente larga e intensa, con la ayuda de los artificios de la medicina.

No es el caso de Nicola, uno de los personajes adoloridos de la novela de Murgia. Apenas había saltado de la adolescencia y se aprestaba a buscar su amor primero y a saborear las sucesivas vendimias en las generosos tierras de sus padres. No pudo. Un disparo se atravesó y lo dejó sin una pierna. No soportó la mutilación. Dedicó uno y otro día, una y otra noche, a convencer a Bonaria Urria para que hiciera una excepción. Ella, que tenía por oficio limitar el sufrimiento de los ancianos que imploraban su ayuda para dar el paso hacia el incierto mundo de la muerte, entró por fin al cuarto de Nicola y lo despidió para siempre.

Tienen algún halo de orgullo y de poesía estas dos historias. No es lo común. En la mayoría de los casos los hombres y las mujeres simplemente quieren escapar a la artera servidumbre del dolor, quieren que sus seres queridos no se hagan cargo de sus miserias, quieren hacer uso del último resquicio de libertad. Sienten adentro, en sus entrañas, quizás por primera vez, que es más poderoso el sufrimiento que la sorprendente trama de la vida.

De eso trata la ley que ahora avanza en el Congreso. Los legisladores quieren conferir reglas abiertas y públicas a costumbres que muchos pueblos han cultivado silenciosamente. Se demoraron 15 años para cumplir una sentencia de la Corte Constitucional. El principal propósito es proteger a los médicos que juegan ahora el papel de la Acabadora. No permitir que se castigue a quienes en un acto de compasión atienden el clamor de sus pacientes.

La iglesia católica tiene un ritual hermoso y triste para ayudar a morir. Con la unción de los enfermos, en la que amorosamente el sacerdote aplica los santos óleos, se intenta hacer más llevadero el dolor de las últimas horas y despedir al creyente del mundo. En los días de infancia sentía una enorme curiosidad por este momento y le pedí a varias familias de mi pequeño pueblo en Antioquia que me permitieran acompañar por un instante al enfermo después de la visita del sacerdote. Me conmovía saber que la fuerza de la religión podía apaciguar los dolores y los temores de un ser humano que avizora el final de su existencia.

La iglesia debería también abrir las puertas para que quienes prefieran confiarle a los médicos esta ayuda lo puedan hacer. Es una última libertad para creyentes y no creyentes en un país profundamente religioso. La situación de los legisladores es otra. La Corte Constitucional ha ordenado que se levante la restricción para que los médicos puedan atender la petición de personas que están sufriendo intensamente y que ya no tienen esperanzas de superar la enfermedad, el Congreso no puede darle más largas a esta decisión.
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