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Opinión

  • | 1984/04/02 00:00

    MORIR EN CARNAVAL

    Tanto en la literatura como en la vida, la muerte y el carnaval siempre van de la mano

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En la madrugada, un bus descontrolado se abalanza a toda velocidad sobre un grupo que baila y hace bulla en la calle. Son los integrantes de una escuela de samba que hasta ese momento celebraban el carnaval en Natal, Brasil, y que mueren después del sorpresivo instante de terror.
Curiosamente, en otra parte pero casi en el mismo momento, una muchacha con el premonitorio nombre de Miozzoti Feria, capitana de la delegación de Nueva York, se ahoga en el mar de Barranquilla después de una alocada noche de fiesta.
Los magistrados de esa ciudad manifiestan que no abriran su despacho los días de carnaval, y la opinión increpa su actitud negligente. La razón que los mueve, sin embargo, es contundente: temen que los maten, porque hay antecedentes de anónimos disfrazados que han asesinado magistrados en años anteriores por estos mismos días.
No es sólo invención arbitraria de la literatura, sino además capricho literario de la propia realidad. La muerte y el carnaval van de la mano, como hermanos siameses que sienten repulsión mutua pero que no sobreviven el uno sin el otro. No es gratuito que los carnavales culminen el miércoles de ceniza, cuando la gente se quita de la cara la máscara de fiesta y de vida para hacerse marcar con la cruz de tierra y muerte. "¡Ay Jose! ¡Ay Jose!" es el grito que despierta a los adultos embotados de guayabo cuando, el último día, los niños de Barranquilla sacan un muerto, Joselito Carnaval, y lo llevan a enterrar. En la Danza del Garabato uno de los bailarines, vestido de muerte, se va llevando con su guadaña uno a uno a todos los demás, que le cantan frenéticos, quizás a ella o quizás a una mujer, o a las dos al tiempo: "Yo te amé con gran delirio..."
En el fondo, todo carnaval es un festejo eufórico y pagano de la muerte, así como la Semana Santa es una celebración solemne y sagrada de lo mismo. La tradición se remonta muy atrás: el propio Dionisio, señor del vino y dios de las bacanales, muere en medio del apogeo de su propia fiesta, destrozado por una multitud ebria de música.
Según el recuerdo borroso de una bella y vieja película, Orfeo Negro, Euridice huye por entre los toldos abandonados del carnaval --versión brasileña del mitológico infierno-- de un hombre con antifaz que la persigue. Es la muerte, que finalmente la alcanza. En el Cuarteto de Lawrence Durrell, durante los carnavales de Alejandría uno de los protagonistas se enamora locamente de una mujer que oculta bajo la máscara la desfiguración de su rostro mientras otro es asesinado por una comparsa fantasmagórica. El viejo músico enfermo de Muerte en Venecia descubre --misteriosamente envuelto y simbolizado en el baile de máscaras que se celebra en el hotel-- un fascinante y ambiguo territorio fronterizo entre un sexo y el otro, y entre la vida y la muerte.
En La Muerte Escarlata, Edgar Allan Poe encierra al príncipe y a toda la nobleza en un castillo herméticamente preservado de la peste, que hace estragos entre la multitud que se apiña afuera. Para que se olviden del horror les monta una gran fiesta de disfraz, pero detrás de un antifaz la muerte se cuela y se camufla, y arrasa también con ellos. Hasta Verdi, en una de sus óperas, hizo actuar a la muerte en medio de un baile de máscaras. Y volviendo a este continente, ¿Cómo habría podido Vadinho, uno de los dos maridos de Doña Flor, permanecer vivo post-mortem, si no era muriendo precisamente una mañana de carnaval?
Pero quizá el libro por excelencia sobre el tema sea El Sueño de los Héroes, del argentino Adolfo Bioy Casares, que empieza diciendo: "A lo largo de tres días y tres noches del carnaval de 1927 la vida de Emilio Gauna logró su primera y misteriosa culminación". El joven Gauna gana un dinero en las carreras de caballos y para gastarlo con altura arrastra a su barra de amigos malevos y lunfardos a la larga jornada de bacanal. Cuando ésta termina, Gauna no recuerda exactamente qué hizo, pero sabe que los acontecimientos de esos días son decisivos en su existencia. Durante los tres años siguientes, se enamora y encuentra la felicidad, pero no deja de rondarlo el fantasma de la incertidumbre: ¿qué pasó en ese entonces? En los carnavales de 1930, Gauna reune a los mismos amigos y se dedica a reconstruir sus pasos. Hay recuerdos que llegan nítidos y escenas aterradoras que se repiten milimétricamente, hasta que sucede un episodio final, que por mero juego del destino no había ocurrido la primera vez, pero que es el que Gauna ha estado realmente persiguiendo: el encuentro con su propia muerte.
Una y otra vez se cumplen, en la vida y en la literatura, las palabras con que Nietzsche en uno de sus libros --y también, valga la verdad, Serrat en una de sus canciones-- describieran desde una fiesta dionisíaca hasta una feria de barrio: detrás del vino y del disfraz, el carnaval iguala los desniveles entre los humanos y borra todas las diferencias. Hasta la que hay entre la vida y la muerte.--
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