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Opinión

  • | 2011/01/11 00:00

    Movimiento ½ machista y ½ feminista colombiano

    El problema del machista es doble: de mal gusto y de falta de imaginación.

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Aun cuando no tengamos mascotas todos tenemos preferencias por algunas de ellas y aversiones frente a otras. En lo personal, me gustan los perros; los de razas grandes como San Bernardo o Gran Danés. Con los gatos no puedo, porque me dan asco y miedo. Como tampoco soporto a los perros chiquitos, por histéricos y porque han llegado, incluso, a parecerme plagas en lugar de mascotas.

Hace un par de meses cometí la imprudencia de decirle esto a una vecina que adora a su pequinés. Como era de esperarse, ella se disgustó, y entre chanza e ira me respondió que los hombres con perros grandes son unos pobres machistas que tan sólo buscan compensar su propia pequeñez. Eso me ofendió. “Pues cuando quiera le demuestro mi hombría”, pensé en decirle –recordando a un gran estadista colombiano–. Pero la imprudencia había sido mía y, además, ella tenía algo de razón. Opté mejor por presentarle excusas y por explicarle las razones de mi preferencia. Que son muy sencillas.

Algunos amamos a los perros grandes y de mirada triste, le confesé, porque los vemos como a un igual. Tal vez concebimos un ‘abrazo’ como vital en una relación de amistad (toda vez que transmite reciprocidad). No sabríamos cómo abrazar, por ejemplo, a un gato (no sabríamos cómo quererlo). Bien podría ser que tuviésemos un problema de pequeñez; pero una pequeñez de delicadeza, mas no de tamaño. Lo que parecería, entonces, un problema de carencia sería más bien una diferencia natural en las formas de transmitir nuestros afectos. Y así, confesando la verdad, logré dirimir el conflicto de género (la ofensa a mi ‘macho’) que yo mismo había propiciado. Con mi vecina volvimos a hablar de igual a igual.

Por desgracia, frente a una ‘hembra’, los ‘machos’ no siempre sabemos agachar la cabeza cuando debemos hacerlo. Creemos que eso va en detrimento de nuestra hombría. Unas veces, debido a creencias insanas (“Primero fue Adán” o “La mujer es el sexo débil”, por ejemplo) y, otras, debido a presiones de grupo en ciertos contextos machistas. Pero en el fondo, y en esto sí estoy completamente de acuerdo con mi vecina: toda actitud machista obedece a una carencia por parte de los hombres. Así, como lo que hacemos con todo tipo de carencia, es apenas natural que busquemos compensarla, el problema radica en la manera errónea en que buscamos esa compensación.

En Colombia y en cualquier parte del mundo existen muchos hombres que padecen de la carencia de, por un lado, no poder cortejar a una mujer de una manera adecuada o, por otro lado, no lograr satisfacerla o ganar su respeto. Por eso optan por compensar esa insuficiencia acudiendo a la violencia u objetualizando a las mujeres con la ayuda del dinero o el poder. De meros machos así está plagado el mundo.

Podría pensarse que la solución está en el conocimiento, que el problema es de ignorancia, pero poco o nada se podría hacer mediante esta vía en contra de las malas costumbres. Esas que, deberíamos aceptarlo, hay que combatir con legislaciones adecuadas y penas ejemplarizantes. Aunque, aun así, el problema de fondo persistiría (cosa que también deberíamos aceptar).

Porque el problema del machista es doble, es un problema de mal gusto y de falta de imaginación. Lo primero porque hasta un macho sabe bien que en una relación de pareja se disfruta el doble cuando los dos disfrutan, y no cuando lo hace uno sólo. Y, lo segundo, porque no deja de obedecer a una gran carencia de imaginación no poder sortear cualquier tipo de insuficiencia (que nunca faltará) frente a una mujer.

Así, al ‘gran macho’ casanareño, que tanto suena por estos días con su “Movimiento Machista Colombiano”, le diría que es sano creer que cuando se usan las maneras adecuadas para conquistar a una mujer y no funcionan: o éstas no son las maneras adecuadas (culpa de uno), o ella, realmente, no vale la pena.

Recuerdo que después del altercado con mi vecina tuve con ella una muy interesante relación, de igual a igual, y (debo confesarlo) le tomé un gran aprecio a la chandocita, a la pequinés. Esta semana una muy querida amiga, que es lesbiana, es decir, medio hembra y medio macho (pero con quien también tengo una relación de igual a igual), prometió enseñarme a querer los gatos. Tal vez fundemos el Movimiento ½ Machista y ½ Feminista Colombiano, cuyo lema sería: “De igual a igual”.

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