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Opinión

  • | 2015/12/15 12:10

    La magia de las palabras

    Entre nombres y significados se define la relación de los movimientos sociales con los Estados.

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“Nosotras somos afrodescendientes, no morenitas” me comentó una lideresa del Chocó. Otro día, una amiga me dijo “yo soy lesbiana, no arepera, ni machorra, sólo lesbiana”. Un hecho similar ocurrió en una conversación familiar cuando un primo corrigió a mi tío diciéndole “se dice indígenas, no indios” ¿Qué hay detrás de los comentarios de la lideresa, mi amiga y mi primo? La disputa por las palabras y los significados.

Gran parte de la lucha de los movimientos sociales ha sido por la construcción de una gramática, de unas categorías para nombrar la realidad. De la posibilidad de hacer cosas con las palabras. Por eso es que un segmento se ha concentrado en crear nuevas categorías para incluirlas en el repertorio o resignificar las que ya existen. Con el acto de nombrar, como cuando uno limpia las gafas empañadas, se ven realidades que antes se ignoraban.

Por ejemplo, la comunidad LGBTI ha mostrado cómo se usa este repertorio de movilización. Con la creación de la sigla se mostró lo evidente: hay personas que tienen vivencias de la sexualidad diferentes. A su vez, se rompió la división entre las personas con opciones sexuales distintas y se creó un frente unido por la diversidad.

Hoy en día parte del movimiento feminista y de mujeres pugna para que se deje de utilizar la palabra aborto y se diga interrupción voluntaria del embarazo. Con esta modificación en el lenguaje se hace énfasis en la capacidad de las mujeres de decidir si quieren o no ser madres y se desecha una palabra que ha estigmatizado sus derechos.

Algo similar sucede con la palabra negro, la cual se ha usado históricamente para discriminar a las personas que son descendientes de esclavos y tienen la piel oscura. En la actualidad, muchas personas se autoidentifican como negras y con ese acto político proponen una nueva interpretación en la que reclaman su relación con África. Otra facción se nombra afrodescendiente y con esto quieren hacer visibles sus prácticas culturales diferentes.

Pero, ¿qué pasa cuando el poder del Estado adopta estas categorías y las incluye dentro de su discurso? En esta hipótesis hay dos vías. El primer camino termina cuando las palabras creadas por los movimientos cambian la realidad y trasforman las prácticas de los Estados. En el contexto del conflicto armado colombiano víctima es una prueba de la fuerza de las palabras. Por la movilización de muchas personas se logró incluir esta palabra en el discurso del Estado y se modificaron sus acciones desatando políticas públicas que van desde la compensación económica hasta la restitución de tierras.

El otro camino es más destapado y tiene el riesgo que la adopción sea vacía y las palabras pierdan su potencial emancipador. En Ecuador, la Constitución de Montecristi adoptó la categoría del sumak kawsay. Con esta idea los pueblos indígenas se refieren al buen vivir y la relación armónica entre las personas y la naturaleza. El gobierno de Correa, en una cruzada por la justicia gramatical, adoptó el sumak kawsay y le torció el cuello. Por eso es común ver al ejecutivo ecuatoriano expandiendo la frontera petrolera en zonas protegidas o reprimiendo las movilizaciones indígenas invocando la expresión kichwa.

Un fenómeno parecido vemos en Colombia con la fórmula del enfoque diferencial. Lo que era en un comienzo una construcción para evidenciar el impacto diferente de una acción sobre un grupo de personas, hoy en día es una muletilla que sacraliza las decisiones del Estado. Por eso es frecuente escuchar a funcionarios terminar sus intervenciones diciendo que la política viene con enfoque diferencial y goce efectivo de derechos. Cuando se analiza con algo de cuidado, no es necesario utilizar la lupa, se encuentra que la norma mitificada con la expresión no incluye acciones para las personas con discapacidad o los adultos mayores.

Entre la adopción, el robo y la cooptación de las categorías, continua la relación de los movimientos sociales con los Estados. Esta relación –tensa– hace que en algunos casos los movimientos sociales logren modificar las prácticas estatales y así cumplir sus objetivos. En otros casos, en los que quedan en el espectro gris, los movimientos sociales están constantemente refinando los significados e incluso creando nuevas palabras que ayuden a nombrar lo que realmente quieren denunciar.

Así, la esfera política se llena de palabras –y silencios– que retan los discursos oficiales y las gramáticas del poder estatal. En ese proceso se logra más visibilización y más control pues, cuando se nombra, al mismo tiempo se libera y se domestica.

*Investigador del Centro de Estudios de Derecho, Justicia y Sociedad – Dejusticia.
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