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Opinión

  • | 1999/03/15 00:00

    MUCHAS PALETAS

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Sería mentira afirmar que los nuevos y esperanzadores aires de renovación que está
adquiriendo la posición de Colombia ante el resto del mundo son mérito exclusivamente del presidente Andrés
Pastrana. La verdad es que el mérito principal le cabe al presidente Ernesto Samper con su ida, pero este
gobierno estaba indudablemente capacitado para aprovechar el escenario. Y lo hizo con inusitada rapidez: la
nueva política internacional de Colombia arrancó desde cuando todavía no se había posesionado el presidente
Pastrana, con su exitosa visita a Washington y a Venezuela como Presidente electo. Y ha seguido su curso,
como si se estuviera cumpliendo al pie de la letra un libreto en el que se tiene muy claro hacia donde se
quiere que giren las manecillas de las expectativas del mundo sobre nuestro país. A diferencia de la política
de paz, en la que el gobierno siempre parece estar un paso atrás de los acontecimientos, en materia
internacional siempre parece estar un paso adelante. Es indudable, entonces, que la política internacional de
este gobierno es uno de sus puntos más sólidos y exitosos, y detrás de todo eso está un ministro con cara de
seminarista que proyecta tener con poco tiempo para procurar que le combine el color de las corbatas con el
de las camisas: el señor Canciller. Guillermo Fernández de Soto ha resultado ser el palo del gabinete. Nadie
podía sorprenderse de que hombres con gran experiencia en las lides políticas como Lloreda o como Casas
se convirtieran en manos derechas de Pastrana en el diseño general de las fórmulas del gobierno. Pero en
cambio, que un hombre como Fernández de Soto, con una buena pero discreta experiencia en la Cámara
de Comercio de Bogotá, y con una preparación seria, pero poco vistosa, en las lides de la diplomacia (fue
vicecanciller de Misael Pastrana); que un hombre de un excesivo bajo perfil, casi ignorado por los apetitos
noticiosos de la opinión, diera una sorpresa semejante, hace que uno tenga que revisar el concepto de
carisma político, al que hasta ahora le habían servido de patrón figuras mucho más atractivas y extrovertidas
que la del Canciller.Con Estados Unidos logramos abrir una puerta que no ha dependido únicamente de las
relaciones públicas del nuevo gobierno. Entre el Presidente y su Canciller lograron venderle al mandatario
norteamericano una política internacional de amplio contenido, que no ha dependido de lo que Colombia haya
estado dispuesta a entregarles a los gringos, sino de un interesante planteamiento de política antinarcóticos
dentro del cual se incluyen los esfuerzos de diálogo con los alzados en armas que viene adelantando el
actual gobierno.Esta especie de 'cancillería por la paz' que se ha inventado Fernández de Soto no solo se la
hemos vendido a Estados Unidos; también hemos logrado interesar a Europa y a países clave de América
Latina como Venezuela, México y Cuba, pero es obvio que el reto de mantener este interés dependerá de la
rapidez con la que agarren finalmente rumbo los primeros entendimientos políticos con la guerrilla.Pero
Fernández también tiene olfato político en lo macro: fácil, facilito, logró darle el empujón final al intento de sacar
de la Constitución la dañina figura de la expropiación sin indemnización previa, que espantaba a la inversión
extranjera en Colombia. No necesitó sino un sencillo desayuno con la comisión primera de la Cámara, en el
cual, que se sepa, no fue ofrecida ninguna gabela en la diplomacia, sino 'pura queridura' y una explicación
inteligente y sensata sobre el tema, y todo resultó como lo había diseñado el Canciller. Al estilo Fernández de
Soto, entonces, el nuevo concepto de carisma no depende de cuanto logre comunicarse el personaje con la
opinión, que en este caso es prácticamente nada, sino de la seriedad, la convicción y la estructura de su
forma de trabajo. En pocas palabras, el Canciller de Colombia es un hombre desconcertantemente auténtico.
Con un peso específico en el gobierno debido a su antigua cercanía con Andrés Pastrana, lo ha acompañado
desde hace muchos años con su prudencia y con su calma, lo que lo convierten en el consejero perfecto, que
no pierde el tiempo, como otros ministros del despacho que menciono pero que no nombro, que tienen
permanentemente que andar demostrando que saben mucho sobre todos los temas. Nunca sube la voz ni se
desencaja fácilmente. Escribe muy bien, habla corto, y es una de las pocas personas que resuelven un
enigma: el de quiénes son los que le hablan al oído al Presidente, porque hasta ahora los demás, si es que los
hay, y con excepción de Nohra, su señora, andan muy bien disimulados.Y se me olvidaba un detalle.
Fernández de Soto canta y toca guitarra como los dioses, algo que jamás se adivinaría con mirarlo. Eso, que
no nos dice nada de él como Canciller, sí nos dice mucho de él como persona: parece ser que además de
todas sus cualidades, la más importante que tiene es la de ser 'muy buena gente'.Carisma entonces, a lo
Fernández de Soto, es una cosa muy distinta de lo que veníamos acostumbrados a entender por ese
concepto. O sea, poco tilín, tilín, y muchas paletas...
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