Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2001/04/16 00:00

Muchos sastres y un desastre

Nuestros partidos piensan con el estómago y por eso no pueden abanderar causas políticas, unificarse alrededor de un programa

Muchos sastres y un desastre

Igual que a los copleros, la replica de Juan Martín Caicedo a mi columna de hace 15 días me da pie para ahondar en la reforma política. Y para explicar por qué si bien se miran las cosas, el Proyecto no es tan bueno como dice su ponente, ni tan malo como sostuve yo: es todavía peor.

Vamos derecho a la cuestión central: ¿Para qué una reforma electoral? El texto que entra a segunda vuelta en el Congreso es bastante preciso en este punto: se trata de acabar la “operación avispa”, la exagerada dispersión de listas que desdibuja los partidos y no deja que funcionen los cuerpos colegiados. Por eso, la idea básica del Proyecto es cambiar el sistema de cociente-residuo, en el que la mayoría de los ganadores son elegidos con muy pocos votos.

En esa idea coinciden casi todas las propuestas de “reforma política” de los últimos años: el Proyecto Samper de 1995, el de Pastrana en 1999, el del referendo de hace un año, el de la Misión Alessina y el que cursa en el Congreso. Pero el estar de moda no necesariamente implica que un diagnóstico haya dado en el blanco.

Y me explico: el reguero de listas y el exceso de elegidos por residuo son por supuesto malos y dañinos. Pero la dispersión es más bien un síntoma que una causa del problema que se quiere remediar: partidos gaseosos y corporaciones poco funcionales.

Nuestros partidos son difusos porque son agregados de clientelas. Piensan con el estómago y por eso no pueden abanderar causas públicas, unificarse alrededor de una idea o un programa. Y las corporaciones no hacen sus tareas porque al parlamentario, diputado o concejal se le va todo el tiempo en pedir y repartir favores clientelistas.

De suerte que no estaría mal acabar con la maldinga “operación avispa”. Pero es ingenuo creer —y un engaño hacer creer— que así se esté atacando el mal en su raíz. El clientelismo no nace del sistema electoral, sino más bien lo contrario: un Congreso de clientelistas tiende a adoptar el sistema electoral que haga más fácil su reelección o sea, en nuestro caso, el sistema de residuos.

Y aquí me pongo de acuerdo con Juan Martín, al lamentar que “la reforma política es casi una utopía, cuando cada político la quiere a la medida de sus propios intereses, cual vestido de sastrería”. Sólo que exactamente eso ya le sucedió al Proyecto: le alargaron las mangas y le cortaron el cuello para ajustarlo al cuerpo de sus colegas más gorditos.

El retoque se llama “voto preferente” y suena tan democrático como dice Caicedo: el voto popular decide cuál es el orden de la lista dentro de cada partido. O sea que ya no tendremos las 200 ó 300 cabezas de lista en el tarjetón; tendremos 100 fotos por cada lista a Senado que inscriban los partidos (y hoy hay 63 registrados como tales).

Esa enciclopedia ilustrada de manzanillos no arreglará por supuesto la política. Pero puede empeorarla. El voto independiente se concentra en unas pocas figuras que los medios hayan puesto de moda en el momento. Cada clientelista tiene en cambio sus propios votos. O sea que en la lista clientelista suman todos y en la independiente suman unos pocos. La reforma carga más los dados a favor de las maquinarias. Lo escrito con la mano de la lista única y la supresión del residuo, se borra con el codo del “voto preferente”.

El Proyecto confunde la enfermedad con uno de sus síntomas y acaba, además, cebando la enfermedad. Como los partidos carecen de identidad ideológica, de democracia interna y de organización, no hay una razón, ni un quién, ni un cómo determinar el orden en la lista única. Entonces se le endosa la responsabilidad al votante, lo cual en efecto debilita en vez de fortalecer los partidos. Así ocurrió con la famosa “consulta popular” que, a partir de las elecciones del 90, fue acabando con lo poco que quedaba de partido en el Partido Liberal.

Una reforma cosmética no es sino eso. Fortalecer de veras los partidos significaría obligarlos a ser masivos, no apenas sumas de clientelas: exigirles, digamos, 500.000 afiliados de carne y hueso, que en votación interna escojan la lista única de candidatos del partido. Lo demás es aguachirles, como dicen los cachacos.

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