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Opinión

  • | 2016/11/26 18:35

    Fidel desde Caracas

    Conocí a Fidel cuando aún medía 1.90. Eso fue un enero, en La Habana.

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Lo que entonces me impactó no fue verlo, sino observar por primera vez el ritual que siempre se desplegaba en su presencia: yo estaba en la puerta de entrada de la casa del Cónsul de Colombia en Cuba, avisada de que el Comandante, en un gesto especial que rompía el protocolo diplomático, estaba por llegar. Afuera, unos niños de no más de 10 años jugaban microfútbol en una cancha improvisada y atravesada en la calle, inocentes ante lo que estaba por sucederles.

De repente todos vemos que ahí vienen los Mercedes negros. Los niños también ven esa caravana de carros que si acaso han visto de lejos y de paso, pero que saben es la de él. Miro a los niños, veo los carros que se detienen frente a la puerta y quedo de espectadora de una improvisada y aterradora obra de teatro:

Fidel se empieza a bajar del auto, los niños corren hacia él. Toda su guardia está ahí, atenta. Los niños no se detienen. Ya afuera, con toda esa estatura se queda quieto mientras los niños, que en esos pocos metros de carrera han dejado de ser los que pateaban una bola para convertirse en Pioneritos, se cuadran frente a él, hacen un estricto saludo militar y gritan "Comandante, ordene usted".

Les respondió el saludo y a cada uno le dio la mano. Estaba atónita, en mi vida había visto algo así tan fuerte, tan inoculado.

Fueron dos años y medio de una vida en Cuba marcada por Fidel, por una cercana relación con su equipo de confianza, que años después caería de la gracia y para quedar atado a un purgatorio gris, como parte de una eterna escena de "Memorias del subdesarrollo".

Me entero de la muerte de "El caballo" en Caracas, qué coincidencia, precisamente donde hoy hay un remedo de Revolución. Esta es una ciudad decaída, oxidada, con colas de gente para sacar algo de efectivo del banco o del cajero, que "no te escupe" dinero los fines de semana y toca esperar hasta el lunes; colas para comprar algo de azúcar refinada, café, arroz o harina de maíz, la misma que en 15 días se agotará totalmente, como fue advertido públicamente la víspera de la muerte de Fidel. Aquí nada de bloqueo, nada de periodo especial en tiempos de paz y demás eufemismos. Y nada de arepas o hallacas justo para Navidad.

Escribo esto con sensación de dejavú, esperando el tic-tac de Radio Reloj de La Habana. Temprano en la mañana veo las noticias y oigo al Jefe de Gobierno del Distrito Capital decir, a propósito de un tema local, que hay que cuidar que no se den "desviaciones ideológicas".

La televisión oficial repite cada cierto tiempo el anuncio de Raúl Castro e intercala reacciones de presidentes del espectro TeleSur con fotos históricas de "Alejandro" y el mensaje de condolencias del presidente Nicolás Maduro, incluido su comentario de que estaba preparando viaje con Cilia precisamente para hacerle visita a Fidel este fin de año. Maduro habla del Fidel orientador, faro, luz y guía; habla de la revolución de Chávez, del gran interés de Fidel -como el de él- por la seguridad alimentaria, ese mismo desastre cubano que ahora ronda la mesa de los venezolanos.

Salgo al Parque del Este, ahora Parque Generalísimo Francisco de Miranda. Si hay algo que ha hecho esta revolución es renombrar lo ya existente. Refundación verbal, se podría decir. El parque es un clásico de la ciudad, hoy muy popular pero antes con tono exclusivo.

Echo a correr y me patea de nuevo el dejavú habanero: un puesto de helados Copelia en pleno parque caraqueño; clases de salsa casino, otro clásico cubano. Gente con camisetas verdes que hablan de eco-socialismo y la cruzada ambiental; unos muchachos con planillas en mano, llenándolas con información para algún archivo oficial descolorido; niños vestidos de blanco, con sombrero o gorra blanca y otros hombres todos cubiertos de blanco también porque están en periodo de Yaworaje, el primer año de iniciación en la santería; más camisetas con toque patriótico, bandera en pecho y socialismo en la espalda. Códigos del cambio aquí y allá.

Sigo desandando mentalmente mis tiempos en Cuba y veo, ya de regreso, edificios clásicos de esta ciudad, como el Atlantic, descuidados, medio abandonados, sucios. Ese estado de las cosas se repite en todas partes, aunque hay construcciones nuevas que se alzan por la zona, varios edificios desocupados, que dicen en la calle es la forma como los boliburgueses le dan una sana estructura a su capital.

Hoy entendí que hay una forma de habitar esta ciudad, tal vez similar a como en su momento los habaneros vivieron la suya durante los primeros 20 años de la Revolución, en la que se navega el presente a punta de pasado. Vamos caminando por ahí, pregunto algo y me dicen "hubo una época en que..." en esa esquina había un restaurante, en que los pasaportes los entregaban en menos de dos semanas o dos meses, en que se podían conseguir anticonceptivos y medicinas especializadas; "hubo una época en que..." había zapatos de todo tipo, buenísimos y hechos en Venezuela; "hubo una época en que..." había agua en todas las urbanizaciones y no cortaban la luz. A veces recordar es sufrir.

En Venezuela declaran tres días de duelo nacional. En la tarde el gobierno, el embajador de Cuba en Caracas y otros más se dan cita en el Cuartel de la Montaña, donde está el cuerpo embalsamado de Chávez y ahora se le rinde un homenaje a Fidel. Maduro habla y habla de mambises, del acoso de Estados Unidos, de las garras del imperialismo, de Martí, de independencia, en parrafadas largas y monótonas, remedo de un modelo más que desgastado en la misma Cuba. Otro dejavú.

La muerte a Fidel Castro le llegó en silencio, sin estruendos o heroísmos. Murió de viejo, muy reducido físicamente, como tal vez ni él mismo lo hubiera podido imaginar. Su fin marca el cierre de una época, de un perfil de líder y dictador, guerrillero, seductor y obsesivo de los datos y el poder. Es hora de cerrar esa etapa de la historia que, al pie del Ávila, resulta aún más absurdo y forzado prolongar. Además, hay alturas que no se repiten.

@Polymarti

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