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Opinión

  • | 2017/05/08 12:23

    Hacer la tarea para dar ejemplo

    El poder es el poder y el que no lo tiene va perdiendo. Así que ojalá también más mujeres, no solo más académicos, se animen a volver visible su capacidad y sus intenciones.

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El mes pasado estuve involucrada en el emocionante proceso de elección de magistrados de la Corte Constitucional. El presidente de la república, por primera vez en la historia, conformó una terna de solo mujeres en la que incluyó a quien durante seis años fuera la secretaria jurídica de Presidencia, Cristina Pardo; a la profesora de la Universidad de los Andes y fundadora de PAIIS, Natalia Ángel; y a mí, directora del doctorado en Derecho en esta misma universidad y coordinadora del grupo de investigación en Derecho y Género. La profesora Ángel y yo sabíamos que la hoy magistrada Cristina Pardo no solo tenía el guiño presidencial, sino que llevaba más de tres meses haciendo campaña en los corredores del Congreso. ¿Por qué aceptar entrar a una competencia tan evidentemente sesgada en lugar de renunciar, como diez años antes lo había hecho la entonces doctora Pardo? ¿Qué puede una académica como yo ganar luego de más de 300 horas de trabajo en una tarea que no tiene mucho que ver con el trabajo científico que constituye mi principal labor?

La verdad es que, a diferencia de otras veces, entré a esta competencia para ganarla. Me interesaba ganarla porque pensaba que desde esa posición podría hacer más en estos momentos por el pensamiento jurídico en Colombia que desde mi cargo en la universidad. También pensaba que podría ayudar a aterrizar adecuadamente el enfoque de género que tanto había dado de qué hablar en el proceso de aprobación de los acuerdos de paz de La Habana, pues si algo me han enseñado tanto años de estudiarlo es que no es tema para principiantes. Me lancé de lleno a la campaña pensando que el diseño institucional permitía sorpresas porque obligaba al voto secreto y esto daba la oportunidad de hacer un voto de conciencia que podía favorecer a alguien altamente capacitado y con un proyecto sintonizado con los intereses del Congreso de la República. Sacar un voto era un riesgo en esta situación, pero rápidamente entendí que perder es perder, ya sea con uno o con 30 votos.

Por estas razones, cuando me enteré del resultado me costó trabajo simpatizar con quienes me explicaron que “había ganado mucho”, “había abonado el terreno” y “había aprendido mucho”. Lo que más me sorprendió fue que tantas personas me dijeran que lo importante era que les había dado un gran ejemplo. Si lo primero era obvio, después de 300 horas de trabajo claro que uno aprende mucho, abona terreno y gana cosas, lo segundo me parecía enigmático. ¿De qué puede haber dado ejemplo alguien que pierde: de cómo las mujeres seguimos sin tener las oportunidades que nos merecemos; de la banalidad de “hacer la tarea” cuando los dados están echados; de la irracionalidad de los juegos políticos en los que nos involucramos y la corrupción como única alternativa para avanzar? Yo nunca he querido ser ejemplo de nada de esto. Ni creo que la política es solo corrupción, ni pienso que los dados están echados de manera que no puede uno cambiar el juego si tiene suficiente inteligencia y tesón, ni creo que las mujeres podamos seguir esperando a que “se nos den las cosas” sin “hacer la tarea”. Me tomó regresar a mi cotidianidad y oír a mis colegas y amigas, y hasta a desconocidas en la calle, decirme “Gracias por intentarlo”, para entender el significado que para otros tenía lo que había hecho.

Para empezar, permití a muchas personas involucrarse personalmente en una campaña que usualmente resulta alejada de las posibilidades de intervención de las personas que no están en los más altos círculos de poder. Siguiendo la enseñanza de una amiga que también estuvo una vez en una campaña muy difícil, decidí que permitiría a todos y todas los que me conocían y querían colaborar, contribuir con lo que tuvieran para contribuir. En la mayoría de los casos no era más que un cariñoso saludo y un mensaje sobre mis capacidades y generosidad. Para esto las redes sociales resultaron útiles e importantes: sin ningún costo, quienes querían acompañarme en este tortuoso camino y estar enterados, podrían hacerlo. En pocos días logré tener más de 800 seguidores en Twitter y más de 1.000 amigos en Facebook. Las personas más cercanas a mí, varios de mis estudiantes, mi esposo y mi familia, invirtieron mucho de su tiempo y conocimientos en la campaña: investigaron la doctrina constitucional, consiguieron diseñadores, mandaron a imprimir volantes y los repartieron, llamaron senadores, me acompañaron por largas horas en el salón de apoyo de la plenaria del Senado, escucharon varias versiones del discurso, me compraron comida, estuvieron conmigo cuando me enteré del resultado. Entender lo que está en juego en este proceso y sentir que existe la posibilidad de influir en él fue importante para muchas personas que vieron en mi campaña una nueva forma de hacer las cosas con la que podían simpatizar. No en vano saqué el mayor puntaje en la encuesta que hizo el Senado para la terna de mujeres: obtuve un 50 % de los 332 votos depositados por ciudadanos en la urna virtual del Senado, doblando a cada una de mis competidoras.

Creo que mi candidatura también le mostró al país que en los momentos de coyuntura todos tenemos que ser capaces de ‘quemarnos’ si esto demuestra que estamos comprometidos con contribuir a que salgamos fortalecidos de la crisis que representó el plebiscito de octubre pasado. Como señalé en mi discurso, en este país los académicos hemos sido claves para garantizar la institucionalidad frente a las rupturas. Esta no podía ser la excepción y había que intentarlo. La Corte Constitucional tendrá en sus manos la titánica tarea de darle legitimidad a la transición que implican los acuerdos de paz con las Farc. Nadie como un académico de altura, sin tacha en sus credenciales y con gran capacidad de persuasión, habría sido mejor para esto. Ojalá mis colegas académicos se animen a intentarlo porque entre más seamos los que estemos en el ruedo más difícil será rechazarnos.

Finalmente siento que a las mujeres jóvenes les pudo haber resultado inspirador que una mujer confiara lo suficiente en las instituciones como para nadar contra la corriente de ser un ‘relleno’. La verdad es que no me molesta ser un relleno en el juego político: no es a eso a lo que le he dedicado la vida, no vengo de una familia política, ni tampoco de una familia acaudalada. Si en el mundo del mérito tengo todo el reconocimiento, entiendo lo suficiente como para saber que el mérito no es lo que más importa en el mundo de la política. Pero por otro lado, la historia está llena de ejemplos en los que las mujeres somos instrumentos útiles para legitimar decisiones. Como he mostrado en mis trabajos, muchas veces piensan que no solo vamos a hacer quedar bien a otros sino que vamos a ‘hacerle el mandado’ a alguien más. Lo cierto, sin embargo, es que es mejor para las mujeres tener poder que no tenerlo y cualquier oportunidad hay que abrazarla. Las mujeres no hacen más mandados que los hombres pero si esa es la excusa con la que van a lograr salir y tener plata, entonces podemos posar de mensajeras. Las mujeres no somos por naturaleza más buenas o más pulcras, pero si eso le sirve al que nos va a entregar el poder para hacerlo, así también tenemos que recibirlo. El poder es el poder y el que no lo tiene va perdiendo. Así que ojalá también más mujeres, no solo más académicos, se animen a volver visible su capacidad y sus intenciones. Yo estaré disponible para apoyarlas con todo lo que aprendí y todo el terreno que tengo abonado. No necesitan hacer esto solas y si somos más las que hacemos la tarea, vamos a hacer que sea más difícil dejarnos por fuera porque MUJERES SÍ HAY.

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