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Opinión

  • | 2016/09/01 17:59

    Déjame vivir...

    Colombia despertó por primera vez con el silencio de las armas, pero parecía más interesado en celebrar a Juan Gabriel y recordar las canciones del artista mexicano.

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El lunes 29 de agosto Colombia despertó por primera vez con el silencio de las armas. Pero el país parecía más interesado en celebrar a Juan Gabriel y recordar las canciones que catapultaron a la fama al querido artista mexicano.

Cualquier extranjero que hubiera aterrizado en nuestro país ese día y hubiera prendido la radio se hubiera sorprendido por cómo las frases de ‘una vida sin dolor’ que se anunciaban a través de las ondas radiales no se referían al Cese al Fuego y de Hostilidades Bilateral y Definitivo y la promesa de que en Colombia no hubiera más víctimas como producto de la guerra entre el Estado Colombiano y las FARC sino, más bien, a la estrofa de la famosa canción ‘Hasta que te conocí‘ del artista mexicano que murió, por cierto, por causas naturales de manera repentina.

La cobertura mediática de la muerte del artista contrastó con la ausencia de historias que narraran, por ejemplo, que aun con el solo cese al fuego unilateral de las FARC, la violencia por causa del conflicto se redujo a sus niveles mínimos históricos en los últimos trece meses en Colombia.

En 52 años el número de víctimas, de combatientes muertos, de combatientes heridos y de acciones violentas nunca fue tan bajo. En esos 13 meses (hasta julio de 2016) se registraron 10 acciones violentas de las FARC que dejaron cuatro muertos (1 civil y tres militares) y tres heridos, según el riguroso registro que hace el Centro de Recursos para el Análisis de Conflicto (CERAC).

Indagando sobre por qué el cese no era motivo de euforia nacional algunos indicaban la imposibilidad de celebrar en un país donde los niños aun mueren de desnutrición en La Guajira, donde la minería ilegal arrasa y acaba con el medio ambiente, donde la tasa de homicidios es de 25,9 personas por cada 100 mil habitantes (a pesar de ser la más baja desde 1990) y donde aún persisten guerrillas que se empeñan en prácticas abominables como el secuestro.

Y es que tanta violencia acumulada y tanta polarización parecen haber anestesiado nuestra capacidad colectiva para reconocer avances y permitirnos celebrar una noticia que contiene en sí misma, la promesa de preservar el más sagrado de los derechos como es el derecho a la vida.

Sin duda alguna, las más de cinco décadas de conflicto armado interno nos han dejado esa huella profunda de incredulidad e indiferencia y así, para muchos, la llegada del Cese al Fuego que para miles de colombianos en territorios significa la diferencia entre vivir y morir, se vio relegada a un segundo plano, evidenciando una vez más la fractura de un país que no ha podido lograr un consenso nacional sobre la importancia de resolver los conflictos a través del diálogo y no con el fusil.

En últimas, ¿es tan difícil pensar que en Colombia nuestra gente muera únicamente de la misma manera que murió Juan Gabriel? O por lo menos querer, como él mismo cantó en una de sus famosas canciones, Déjame vivir.

* Asesora para el Alto Comisionado de Paz - Analista política y ex directora Fundación Ford para Región Andina y Cono Sur.

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