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Opinión

  • | 2009/01/23 00:00

    Nacionalismo angustioso

    El país se ha lanzado de manera frenética a construir símbolos que eleven su maltrecha autoestima. Ha permitido que se construya un liderazgo dispuesto a tergiversar y borrar la misma historia y ha aceptado impasible los excesos y las mentiras.

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En el siglo XX, las élites colombianas se encontraron con un país muy lejos del deseado y blanco sueño europeo que hubieran deseado y promovieron una ley de inmigración que pretendía el “mejoramiento de las condiciones étnicas”. Este país mestizo estaba condenado al atraso, la sangre negra para Laureano Gómez constituía “una tara” y la identidad de la nación colombiana era, para muchos de ellos, una vergüenza, el resultado de una desafortunada combinación de razas, proclive al alcohol y a la violencia.

Prueba de la “degenerada raza colombiana” fue esa violencia sin sentido de los años cincuenta, que una agencia del gobierno norteamericano llegó a explicar por el nivel de mestizaje. A la molesta identidad mestiza, se le sumó su nefasta consecuencia: la identidad de la violencia. Los eventos parecían dar razón al perjuicio que parecía convertirse, con los años, en una verdad constatable.

Para cambiar ese aparente sino trágico, el país ha buscado redefinir su identidad como nación y se ha lanzado de manera frenética a construir referentes y símbolos que eleven su maltrecha autoestima. Ha permitido que se construya un liderazgo dispuesto a tergiversar y borrar la misma historia y ha aceptado impasible, tal vez considerando necesarios, los excesos, las mentiras y el socavamiento de la poca democracia; el país ha echado mano de los triunfos y veleidades del jet set y considera parte de su patrimonio las estatuas que políticos oportunistas le han erigido a Shakira, el Pibe y Juanes.

Se reconocen la exuberancia y belleza natural y se imprimen guías turísticas que exhiben la grandeza de Cartagena, esclavista hasta nuestros días, sin querer ver que, literalmente, la mierda bulle en las calles de sus barriadas. Esas guías que describen en detalle a los Tayronas y su Ciudad Perdida, mientras se permite que se confine, emplace y aniquile a sus descendientes, Kankuamos, Koguis, Ikas y Arhuacos.
 
Se redefinen los símbolos, el video-clip del himno nacional se llena de helicópteros y héroes camuflados, la mano se lleva al corazón, se levantan monumentos a los soldados y policías muertos en combate, la bandera flamea, “la patria así se forma”.

La nación es “recuerdo y es olvido”, pero esa nueva iconografía deja de lado una cara real, molesta y presente: las víctimas y con ellas, la realidad. El país debería llenarse también de monumentos a los desaparecidos, esas víctimas olvidadas y desaparecidas nuevamente por el discurso público y mediático; el gobierno debería tener un compromiso ético y no un simple acatamiento judicial con los desplazados y asumir, de una vez por todas, sus necesidades y requerimientos.
 
El país debería reescribir su historia, poner en su sitio real a los victimarios y sus cómplices, debería contarse, de manera adulta, lo realmente sucedido y develar a los beneficiarios de la expoliación continuada de tierras, a los herederos políticos que disfrutan los réditos de la violencia, algunos desde los años cincuenta. El país necesita conocer las caras de los rentistas de la motosierra, agroindustriales, mineros, empresarios, esa “gente de bien” que ha pasado de agache en el inexplicable silencio y evasión de las mal llamadas versiones libres.

Por ello llevar la pulsera tricolor, lucir orgulloso el sombrero vueltiao, tener una mola cuna como cartera, cantar duro el himno nacional, levantar monumentos, no sirve. No bastan para construir una nación verdadera, solo sirven para exhibir el profundo deseo de olvidar, la angustia de construir una nueva identidad. Decía Ernest Renan, uno de los más grandes intelectuales franceses del siglo XIX, una nación es una comunidad de intereses, “un alma, un principio espiritual”.

Pero en el país la identidad se está forjando a partir del odio, de la rabia, de la intolerancia y del irrespeto. Se han envalentonado quienes creen que una nación se construye sin la diferencia y se verbaliza y hace público el estigma. Se descalifica la protesta, se judicializa al opositor, se vapulea al juez, se acusa con torva intención al disidente periodista. Se disputa con los países vecinos porque ello da réditos políticos y “enardece los espíritus”, sin darse cuenta de que, al mismo tiempo, los empobrece.
 
El indio, cuando reivindica tierras es latifundista y cuando protesta es terrorista; el negro cortero, débil eslabón y ahora levantisco, debe esperar y soportar por su atrevimiento, en un ejercicio de solapado racismo. Las falsas categorías morales han inundado el mundo social, descalificar se ha convertido en un pérfido hábito aplaudido, decir mentiras es un recurso que parece válido y sin consecuencias y la corrupción pasa de soslayo. Se habla de manera rimbombante de la nación, de la patria y la imagen internacional, mientras el cuerpo diplomático, es una repartija, una caja de favores en manos de expertos clientelistas y avezados manzanillos, cuando no el refugio de oscuros personajes acusados de crímenes contra los derechos humanos.

Una nación en su espíritu debe ser, retomo por última vez a Renan, “una gran solidaridad”. Esa nación, la que se está construyendo a partir del odio, la emotividad y la exclusión, esa nación, no es la mía.

 
*Gustavo Adolfo Salazar es profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Pontificia Universidad Javeriana.
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