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Opinión

  • | 2013/11/28 00:00

    El secuestro de Papá Noel (no cualquier cuento navideño)

    No quiero saber nada del gordiflón ese ni de su bendita Navidad, celebración que en la capital colombiana tienen de todo menos “paz”, “amor” y “prosperidad”.

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Con el corazón hecho trizas quedé desde la Navidad pasada al constatar que Papá Noel no se dignó a pasar por mi lugar de residencia. No sé si el terrible desaire se debió al pánico de circular con su lujoso trineo por Bogotá –capital mundial del paseo millonario– o, sabiendo que al Distrito le importa un pito el respeto por los animales, temió que le robaran un reno y lo encontrara más tarde jalando una zorra. Realmente no comprendo la razón, pero como decía el gran filósofo Chespirito: “al cabo que ni quería”. De lo que sí estoy seguro es que desde esa nochebuena no quiero saber nada del gordiflón ese ni de su bendita Navidad, celebración que en la capital colombiana tienen de todo menos “paz”, “amor” y “prosperidad”. 

Para empezar, aquí la “paz” –tan frágil y efímera como la conciencia de nuestros dirigentes– se esfuma ¡de una! tan pronto vemos invadir el espacio público con cuanta carajada navideña existe, haciendo de Bogotá una colorida marranera y obligando a los peatones a caminar por las calles a la espera de que alguno de los incontables conductores borrachos –amparados por la ley– nos lleve por delante y nos mande derechito al cielo a conocer al Niño Dios en persona. 

A este riesgo se le suma la espantosa contaminación auditiva –origen del estrés agudo–, producto de los cientos de miles de vendedores ambulantes que gritan por doquier y de los millones de cultísimos conductores que pitan cada vez que pestañean. Este caos –capaz de trasformar al propio Papa Francisco I en un extremista musulmán suicida– se agrava con la anarquía vehicular, originada principalmente por el montón de chatarras rodantes –llamadas piadosamente buses– que ningún alcalde tuvo los cojones de mandar a chatarrizar. 

Respecto a la “prosperidad”, tengo sólo una preguntica: ¡¿CUÁL?! Al finalizar el año uno ya no tiene ni en qué caerse muerto, pues se ha gastado hasta el último centavo tratando de rellenar los huecos financieros que nos dejaron la corrupción, el carrusel de la contratación –y otros carruseles afines–, el elevado costo de vida y los ridículos impuestos que, como el de valorización, cobran por lo que se desvaloriza cada día o por lo que no se hace. 

Al divisar el umbral del nuevo año –que es lo único “nuevo” que podemos darnos el lujo de tener–, nos damos cuenta de que no sólo estamos completamente “ilíquidos” –léase: “en la inmunda”– sino sintiéndonos peor que una “lombriz” –es decir: como un “minero” para el Ministerio de Minas y Energía– al no haber podido conseguir ¡en doce meses! a algún funcionario de la empresa pública que nos “colaborara” con la adjudicación de cualquier contratico por cualquier diez mil milloncitos –que es realmente como se sale de pobre en este país–.

En cuanto al “amor”, no existe una época más idónea que la Navidad para darse uno cuenta que ese “sublime sentimiento” es tan falso como las promesas que presidentes y alcaldes le hacen a nuestros ilustres deportistas. Luego de salir del trabajo tarde –tarde, ¡bien tarde! porque no existe empresario en este país que no quiera negrearlo a uno–, y de andar embutido en un bus por dos horas –porque ningún alcalducho, perdón, alcalde, ha sido capaz de construir un metro–, por fin llegamos a la casita más tristes y aburridos que un miembro de la Junta Directiva de Saludcoop sin poder viajar. 

Y es entonces cuando quedamos con la moral por el piso, pues vemos como esos “pequeños errores de cálculo” –léase: “hijos”–, que durante todo el año ni lo voltearon a mirar a uno, salen ahora sí corriendo a saludarnos con inmensurable cariño. En sus pequeños deditos –tullidos de tanto chatear, o de hacerle pistola a uno– traen una lista de regalos más larga que el pliego de cargos imputados por la fiscalía a los hermanitos Moreno. 

Ante semejante demostración de falsedad –aprendida muy seguramente en alguna visita guiada al Congreso de la República– no le queda a uno más opción que buscar en esas caritas angelicales alguna pista que indique que esas criaturitas no son realmente el fruto del amor de uno con la fiera de su mamita, sino el producto de una infidelidad de ella, para así poderlos llevar corriendito al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar y, de volver a verlos, que sea en la pantalla del televisor cantando: “Todos los niños, queremos cariño, abrazos y besos, ternura y amor…”.

Sin más alicientes para seguir con vida en estas “festividades”, se refugia uno en el último eslabón de esperanza que le permita no pensar en el suicidio: la creativísima televisión colombiana. Por esta época “todos” los canales privados –“dos”–, se dedican a mostrar películas bíblicas, tan malas y falaces como la misma Autoridad Nacional de Televisión que permite que esos dos únicos canalcitos repitan las mismas cintas todos los años y que les mamen gallo a los colombianos con sus programaciones. 

Estos filmes cuentan siempre la historia de “cándidos pastorcitos” –que hace 2.000 años no tenían nada de cándidos y sí mucho de delincuentes–, “de tres reyes magos” –que no fueron tres, ni tampoco reyes y sí que menos magos–, “de una estrella” –que si existió no fue una estrella sino un cometa–, y “de ovejitas pastando” –que no pudieron estar pastando pues esa época del año es invierno y por ende no hay pasto, el único “pasto” existente fue el que se fumaron los realizadores de dichas peliculitas–. 

Ya uno sin espíritu navideño, sin familia, sin carro para volarse de la ciudad –pues permanece en el taller full-time gracias a los millones de huecos que ningún alcanducho, perdón, alcalde, ha podido tapar–, sin con que tomarse uno un pinche tinto –que hoy en día está más caro que la gasolina–, y sin ánimo de salir a la calle –porque no falta la bestia que le da por disparar al aire y le pega un tiro a uno–, estresado y con mucha, mucha, ¡pero mucha! sed de venganza, no se le ocurre otra salida que acudir a uno de los deportes preferidos por los colombianos: el secuestro. 

Elaboro entonces el perfil de la víctima: primero, que tenga con qué responder económicamente –lo cual deja por fuera, de una, al 90 % de los colombianos–, segundo que sea extranjero –o muy menso, pues a quien se le ocurre venir a Bogotá pudiendo ir a cualquier otro lado–, tercero, que tenga transporte aéreo –sino ¿cómo carajos se va a movilizar por las fastuosas calles capitalinas?–, cuarto, que no sea mujer –pues con esta falta de afecto termino muy seguramente enamorado de ella–, y quinto, que esté bien alimentadito, para que aguante unos diitas de ayuno –pues si no hay para uno sí que menos para un “invitado”–. 

Realizo entonces “el análisis inicial”, hago el “subsecuente estudio de probabilidades” y efectúo “la correspondiente comprobación de datos” –esto es algo que jamás le escucharán decir a ningún funcionario del IDU–; finalizado el estudio y concluyo que la víctima perfecta es “Santa Claus” –“Papá Noel” para los tercermundistas–.        

Preparo entonces el arma que me facilitará la ejecución de lo acometido: una cauchera –las armas de fuego en Colombia son sólo del uso privativo de las autoridades y de los delincuentes–. Estudio minuciosamente el sitio donde se efectuará el golpe –literalmente hablando–: la ventana de la sala, la chimenea está descartada pues mi casa, al igual que la vivienda del 99 % de los colombianos, no cuenta con ese ítem –en Colombia el frío se mitiga arrejuntándose con el que sea, razón por la que hay tanto niño pidiendo “una monedita” en las zonas rosas de la ciudad–. 

Soy consciente de que no me he portado tan bien todo el año como para que Santa Claus me visite, pero considero que si el gordifletas ese le trae regalos al procurador, a Petro y hasta a Carlos Palacino, ¿por qué no a mí?

Alisto mis tres piedras –dos de reserva–, importadas especialmente de uno de los miles de escombros abandonados por los eco-contratistas capitalinos. Luego procedo a frotar cada una de ellas con una estampita de la virgen mientras repito con devoción y bondad: “por favor virgencita, que todas lleguen a donde tienen que llegar”.

Con todo “perfectamente planificado” y “con un margen de error casi nulo” –algo que “jamás” le escucharán decir a ningún funcionario del INVIA–, me siento a esperar al afamado personaje. Nada puede salir mal. Todo conspira a mi favor. 

De surgir algún contratiempo y resulte detenido, cuento con dos alternativas: o acudo al “cartel de jueces” para quedar libre por “vencimiento de términos”, o le pido al INPEC que porfis me ponga uno de esos aparaticos que le ponen a los delincuentes en el tobillo para permitirles seguir delinquiendo tranquilamente desde la casita y sin estrés. Ya está anocheciendo. 

Pongo la cauchera en mi bolsillo y me preparo a desenfundarla “a la mayor celeridad” –que es inversamente proporcional a la velocidad que emplean las EPS en atender pacientes agonizantes–. Respiro profundo y me pongo a cantar: “Nooooche de paz, nooooche de amor, toooodo duerme en derredor…” y de inmediato me callo pues caigo en cuenta que si tarareo otra palabra más me cae Sayco a cobrarme cien millones de pesos por las regalías del falaz villancico. 

*Autor del libro “El Imperio Fálico”, es un escritor colombiano que estudió Cine y Administración de Empresas. Ha escrito y dirigido obras de teatro Off Broadway y participó en producciones fílmicas y televisivas. Fue columnista durante dos años de la Revista Aló.
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