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Opinión

  • | 2012/01/28 00:00

    Negociación o liquidación de la guerrilla

    Es el mejor momento del Estado para negociar. La guerrilla afronta una derrota estratégica y la disminución considerable de sus filas no le da para exigir demasiado.

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Está creciendo el número de formadores de opinión y de políticos que dicen que el tiempo de la negociación ya pasó y lo que se impone ahora es darle el puntillazo final a la guerrilla. Su principal argumento es que la subversión armada está derrotada y sentarse a una mesa de negociación con ella es darle aire para que prolongue la confrontación. Fernando Londoño Hoyos fue más lejos y dijo que esta guerra se acabó y acudir al diálogo es inventarse de nuevo las Farc.
 
Lo paradójico es que estas voces le están aconsejando a Santos que cometa el mismo grave error que cometió la guerrilla a finales de los años noventa. Las Farc habían derrotado a la Fuerza Pública en el sur del país. Entre 1996 y 1998 le habían propinado 17 grandes golpes consecutivos. Emboscadas, ataques a bases fijas del Ejército, toma de ciudades capitales, habían dejado miles de muertos, heridos y prisioneros de guerra en manos de la insurgencia. Las Fuerzas Militares estaban maltrechas y desmoralizadas.
 
Las Farc se sentaron a la mesa de conversaciones con el presidente Andrés Pastrana con la ilusión de darle bombo a su victoria militar y, después de un tiempo de acción política en la generosa zona de distensión del Caguán, proseguir su marcha triunfante hacia el norte del país. Enorme equivocación. Perdieron el mejor momento para salir de la guerra y venir a la vida civil a luchar en la democracia por sus banderas políticas y sociales.
 
Ya sabemos lo que ocurrió después. El plan B de Pastrana, continuado por Uribe, funcionó. Las Fuerzas Armadas duplicaron sus efectivos, dieron un salto en la inteligencia y consiguieron una decisiva ventaja por aire y tierra sobre las guerrillas. En algunos años de ofensiva intensa desbarataron la estrategia de las Farc de llegar a Bogotá por la cordillera Oriental; desalojaron a la guerrilla de los grandes centros de población y producción; golpearon su mando central, y generaron un ambiente de victoria en el Estado y la sociedad.
 
La guerrilla disminuida y acosada se ha refugiado en las fronteras y en algunos sitios claves de la cordillera Central. Pero no ha cesado en sus acciones y está lejos de desmoronarse por completo. Mediante una letal actividad menuda y constante, echando mano del minado de los territorios y de los francotiradores, acudiendo al terror y a los métodos más elusivos e irregulares, ha logrado en los últimos tres años dar de baja a cerca de 6.000 efectivos de la Fuerza Pública.
 
El informe que Arco Iris presentará el 8 de Febrero sobre el conflicto armado en 2011 hace una radiografía bastante preocupante de las acciones de las Farc y de los muertos y heridos de las Fuerzas Armadas. Ambos registros están muy por encima de 2.000. Es un desangre triste y silencioso de los soldados de la patria que no parece interesarles a quienes opinan desde cómodos escritorios de Bogotá.
 
Es el mejor momento del Estado para negociar. La guerrilla afronta una derrota estratégica, pero aún tiene fuerzas para hacer un daño fatal en el país y para concitar la atención de la comunidad internacional. Tiene poder de negociación, pero la disminución considerable de sus filas no le da para exigir demasiado.
 
El gobierno de Santos, por su parte, tiene en su haber una muy favorable correlación militar y ha dado de baja a dos jefes emblemáticos de las guerrillas; cuenta con una gran imagen en la opinión pública y un gran apoyo en los gobiernos de la región y en los organismos internacionales; y ha emprendido reformas que de aplicarse tendrán un indiscutible impacto social en las zonas campesinas donde mora la insurgencia.
 
Puede ofrecer una salida digna para la subversión y poner fin a una guerra tan inútil como dolorosa. Puede y debe rechazar los consejos de quienes desde las tribunas de prensa lo presionan para que dilapide la victoria empeñándose en una incierta liquidación completa de las guerrillas a un costo altísimo en vidas de soldados, guerrilleros y población civil.
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