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Opinión

  • | 2000/06/26 00:00

    ¿“Negociados”?

    Una carta al Ministro del Interior para que la entienda el presidente Pastrana

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La muy dulce Noemí Sanín ha entrado a combatir al gobierno de modo oportunista y eficaz. Dice que está con él (por si se sale con la suya), pero también contra él, especialmente para que explique “a la luz de la verdad, cómo se gestan dentro del gobierno los negociados”.

De manera, pues, que el gobierno gesta negociados, de los cuales no teníamos noticia. Eso parece decir Noemí, aunque me temo que la bella mujer enajenada no supo lo que decía en la carta que dirigió al Ministro del Interior, con elogios personales, para que la entendiera el presidente de todos sus resquemores, don Andrés Pastrana.

No se puede decir una frase tan dura sin un fundamento serio y bien conocido. ¿Cuál será? Porque lo que hasta ahora se ha venido sabiendo no hace mérito para tan espeluznante término. Lo de Juan Hernández era más asunto personal suyo de incompatibilidades entre el poder y los negocios que preexistían. Y no tanto que su suegro o su esposa debieran abandonarlos cuanto que Hernández no podía aceptar la posición oficial, en un país de escrupulosos, inescrupulosos.

Lo de el ex ministro Cárdenas y jefe de Planeación en el asunto Dragacol, cuyo monto es francamente escandaloso, está por establecerse, pero la intención de derivar provecho para sí no aparece ni ha dado para dictarle medida de aseguramiento, aunque podría no negársele de un momento a otro. Lo que quiero decir es que la expresión “negociados del gobierno“ lleva en sí la idea de una confabulación comercial escandalosa entre funcionarios, casi sin excluir al propio Presidente ante quien se manifiesta.

Chambacú, y me repito, no era asunto de esta administración, sino que un ministro traía ese lastre, si así puede llamarse, de afuera y de antes. Personalmente no encuentro ni tengo noticia de negociados en lo que va de mandato de Andrés Pastrana y si Noemí dijo lo que dijo, a sabiendas de su significado rotundo, no tiene para qué apoyarlo sino denunciarlo y hacerle oposición.

La bella enajenada debía estar verdaderamente loca cuando escribió esa carta, que no es de su estilo conciliador, tirando a indeciso. No se parece tampoco a su aceptación de embajada en Londres (entre otras cosas, para aprender buen inglés), nombramiento que le hizo el presidente Gaviria en plena transición con la administración Samper, cuando ya sonaban los narcocasetes y ya la inteligencia militar había determinado su autenticidad. La financiación del 50 por ciento de los costos de campaña por parte de un cartel de narcotraficantes no le decía mayor cosa, y no encontró o tuvo a mano la palabra negociado, sino más bien la de sí acepto, señores presidentes.



***

Al doctor Lemos Simmonds ya no voy a replicarle mucho más. Me honró con una respuesta apaciguada y casi cordial a la glosa que hice de sus crudas descripciones, en el caso de ‘El Runcho’. Ni él retira sus palabras, ni yo las mías, pero en general puede decirse que, ante varios reclamos, resolvió dignificar su escrito, a posteriori, citando fabuladores clásicos y latinismos, que, sin embargo, no describen ciertos actos, en la forma escatológica que él usó.

En otro aspecto, pienso que me ha confundido con algún enemigo personal del Fiscal, cuando dice que yo le he formulado a este funcionario “descalificaciones clasistas inaceptables”. Jamás he sido clasista, pero ¿es que podrían formulársele? Es el ex presidente quien lo hace notar. Por mi parte, veo al señor Fiscal igual a todo el mundo (y a todo el samperismo) y me tiene sin cuidado, en su caso como en el de cualquier persona, si su sangre es azul o roja o de tono pastel.

Madrigal de las Altas Torres es un orgulloso lugar, pero no este columnista, que sólo sabe de sí mismo que nació bien, y que tuvo como bisabuelo, en el siglo antepasado, a un modesto notario de Yarumal —cuyo daguerrotipo conserva—, en la historiada tierra del padre Marianito. Algún pariente ilusionado afirma que el anciano don Servando, el notario, era casado con la anciana doña Anselma Calle Berrío (uno siempre cree que los abuelos nunca fueron jóvenes) y que ésta descendía del general Pedro Justo, como hija de la anciana doña Narcisa Berrío, pero ese es otro cuento. Y me temo que hoy por hoy, en Antioquia, más vale descender de la gorda de Botero que del general, cuyo parque ha sido usurpado.

Es precisamente la oligarquía liberal de siempre, tan fustigada por Gaitán, a quien aquella despreció por su condición, la que marca ese tipo de distinciones sociales, como que la integran caballeros y damas, todos muy finos y manchados de piel, como el queso azul, que consumen y digieren, y hasta ahí llego.
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