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Opinión

  • | 2014/11/24 00:00

    Ni “bandidas” ni “serrucho”: las razones de Raimundo Angulo

    Rai fue un chico bien que aprendió desde muy temprano a diferenciar la cultura de elite de la vulgaridad. Aprendió que eso de las “bandidas” que dan “serrucho” detrás del picó no va con su clase.

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A nadie debería extrañar ese talante discriminatorio empleado por Raimundo Angulo Pizarro, presidente de la Corporación Concurso Nacional de Belleza, para referirse despectivamente no solo a un género musical que ha empezado a tener aceptación  más allá de los extramuros de la ciudad, sino a toda una comunidad de afrodescendientes. Y no debería extrañar porque su visión de Cartagena de Indias no va más allá de las murallas, de los hoteles donde se hospedan las aspirantes al título de señorita Colombia, de los sitios recreacionales con los que las agencias de viaje y turismo promocionan al Corralito de Piedra.

Rai, como le llaman sus cercanos, hace parte de ese 30 % de privilegiados cartageneros que nunca ha visitado el maloliente Mercado de Bazurto, ni sabe a ciencia cierta dónde queda el barrio Nelson Mandela, ni conoce la zona suroriental de la ciudad, aunque, con mucho esfuerzo y contra su voluntad, ha tenido que visitar seguramente el barrio Las Reinas, creado por la Fundación Minuto de Dios en asocio con la corporación que preside.

Por eso creo que hay que entender a Rai. Hay que entender que él creció viendo el mar desde la ventana de su casa, que sus pasatiempos favoritos consistían en recorrer las playas de Bocagrande, El Laguito, Castillo y acompañar a su madre, doña Teresa Pizarro de Angulo, a su oficina del centro de la ciudad para observar cómo esta organizaba con sus asesores cada año una nueva versión de ese espectáculo ridículo y decadente que es el Reinado Nacional de la Belleza.

Hay que entenderlo porque uno de los parques de diversión que conoció cuando niño fue el Club Cartagena, donde cada semana se reunía la elite de la ciudad a tomar whisky escocés --traído de contrabando desde Curazao y las Antillas a través de Panamá--, a hablar de política, a jugar billar, cartas y otros juegos de azar. Allí, quiero imaginar, empezó Rai a entender para qué servía el poder. Empezó a entender  que Cartagena de Indias era una ciudad algarete, poblada en su mayoría de negros y negras que para lo único que servían era para trabajar en el Mercado de Getsemaní y emplearse en las casas de “las niñas” como domésticas.

Quiero imaginar que allí, en medio de las risas de sus contertulios, en medio del humo de los puros y el glamur de las damas, mezclado con el aroma de los perfumes y colonias traídos de Londres y París, Rai empezó a diferenciar el sonido de los pianos de Ludwig van Beethoven y Wolfgang Amadeus Mozart de esa cháchara de ruido discordante que emitían los tambores de los negros borrachos durante las fiestas novembrinas.

Allí, quiero imaginar, empezó también a diferenciar las características de una dama de verdad de las otras. Que “las bandidas”, como dijo recientemente en unas declaraciones que replicaron los medios de comunicación y los miles de usuarios de las redes sociales, no tenían el glamur, ni la frescura, ni la belleza de estas señoras que desconocían el precio de un aguacate en las bodegas del Mercado de Getsemaní pero que amaban regatear el de las telas que los chinos y árabes metían al país de contrabando y las vendían en sus elegantes y alcanforados almacenes del centro de la ciudad como si fueran el último grito de la industria textil en Nueva York o Roma.

Rai fue un chico bien que aprendió desde muy temprano a diferenciar la cultura de elite de la vulgaridad. Quiero pensar que otro de sus pasatiempos vacacionales favoritos era viajar a la Florida en compañía de sus padres y de la larga parentela, como suelen hacer todos los chicos bien y todas las familias acomodadas de la ciudad. Allí, seguramente, disfrutó de las atracciones mecanizadas de los parques temáticos de Disney World. Aprendió que el mar de Miami no era sucio como lo eran las aguas de la bahía de Cartagena y que, además, no tenía ese olor a podredumbre que caracterizaba las de su terruño.

Su amor por el país del norte empezó seguramente allí, pero también su odio por las “bandidas”. Nunca pudo superar esa imagen de las chicas de cuerpos voluminosos metiéndose al mar y desfilando por las playas con esas telas delgaditas que mostraban más de lo que tapaban. Esa imagen, seguramente, lo ha perseguido hasta en sus sueños. En el fondo, le hubiera gustado modificar las reglas del concurso de belleza que preside para que las aspirantes a la corona y al cetro de Señorita Colombia fueran más recatadas a la hora de mostrarse en público. Pero Rai sabe que eso es un negocio. Sabe que si hace lo que piensa pone en riesgo la entrada de los cientos de miles de dólares que le aportan sus patrocinadores cada año. Sabe que el canal que le paga los derechos exclusivos de transmisión pondría el grito en el cielo y las empresas de cosméticos y ropa interior que le aportan billete a la causa de la belleza retirarían de inmediato su apoyo.

No olvidemos que Rai desciende de una cultura de elite, y que de ella aprendió que las señoras elegantes, de vestidos vaporosos  y cerrados hasta el cuello, no bailaban con el cuerpo pegado a su pareja, que esa vaina solo lo hacían los negros que escuchaban, a orilla de la laguna, su música discordante a todo volumen. Que esa vaina de dar “serrucho” era para los otros, porque para ellos, la cerecita del ponqué, lo más cercano a la vulgaridad era Frank Sinatra.

En Twitter: @joarza
E-mail: robleszabala@gmail.com
(*) Docente universitario.

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