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Opinión

  • | 2009/07/05 00:00

    Ni en inglés

    No es que los inversionistas, nacionales o extranjeros, tengan confianza en Colombia. Es que el gobierno compra esa confianza con toda suerte de gabelas.

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Ante las cámaras de la televisión, el presidente Uribe tomó la palabra en inglés para explicarle al presidente Obama en qué consisten la democratic security, la investment with social responsability y la social cohesion, o sea, las tres fórmulas mágicas que hacen necesaria su permanencia indefinida en el poder. Ya unas semanas atrás se las había mostrado escritas en un papelito para que Obama les pusiera la firma, que después exhibió como un trofeo de caza. No sé si Obama entendió la explicación verbal o la exposición escrita, con flechitas y todo: pero no lo creo. Uribe no puede traducir al inglés sus abracadabras de culebrero paisa por la sencilla razón de que no sabe qué significan en español. O, más exactamente, porque pretende que signifiquen lo contrario de lo que en realidad quieren decir.

Democratic security, por ejemplo, Seguridad democrática, sí, la traducción es literalmente correcta. Pero lo que Uribe y sus lacayos entienden por esas palabras ni es seguridad ni es democrática. Así lo muestran los hechos, que son tercos. La inseguridad en las ciudades no ha hecho sino aumentar, en buena parte como consecuencia de la llamada seguridad democrática en el campo, que sigue enviando a la miseria urbana a cientos de miles de desplazados por la violencia agraria. Y la muy cantada desmovilización de las bandas paramilitares fue seguida de inmediato por la removilización de las llamadas bandas emergentes, que ya ni siquiera alegan un motivo político para sus actividades criminales. En cuanto al adjetivo 'democrática', mal puede usarse para calificar una política que sólo favorece a una ínfima minoría: la de los grandes terratenientes, los mismos que antes financiaban a los paramilitares y hoy ni siquiera contribuyen al impuesto de guerra con que se pagan las recompensas que incitan a cometer los asesinatos fuera de combate llamados falsos positivos.

Confianza inversionista. Investment with social responsability no quiere decir eso, sino "inversión con responsabilidad social", que no es lo mismo. Pero en todo caso, la realidad de la política gubernamental no se parece a ninguna de las dos expresiones. No es que los inversionistas, nacionales o extranjeros, tengan confianza en Colombia. Es que el gobierno compra esa confianza con toda suerte de gabelas y privilegios, exenciones de impuestos, zonas francas, garantías de estabilidad jurídica (o sea, de que no subirán los impuestos) y de exportación ilimitada de las utilidades. Y lo de "responsabilidad social" lo ilustra bien la propuesta del gobierno de permitir que los bancos y empresas extranjeras no respondan sino con el monto de sus inversiones locales. Las cuales, por otra parte, tampoco son inversiones estrictamente hablando: son lo contrario: dones recibidos. Concesiones de una mina de oro, un campo de petróleo o un parque natural para convertirlo en explotación maderera y exportar los beneficios, dejando aquí miseria y destrucción ambiental en las narices mismas de los ministros irónicamente llamados de Protección Social y de Medio Ambiente.

En cuanto a lo de la social cohesion: lo que han conseguido los gobiernos de Uribe en estos siete años ha sido llevar al extremo la polarización entre los colombianos, separados entre amigos y enemigos del gobierno, al cual se identifica con la patria por arriba y con las encuestas de opinión por abajo. Una polarización que es lo contrario mismo de la cohesión social. Lo que Uribe llama así es el respaldo que ha conseguido comprar con cargo al Estado: el de los parlamentarios (para su primera reelección) con consulados y notarías, con puestos y contratos; el de los alcaldes y gobernadores para su segunda reelección con el ofrecimiento de que también ellos serán reelectos; el de sus públicos de consejos comunales con la distribución personal de cheques (otra vez, como lo de Obama, ante las cámaras de la televisión). Y hasta el de sus enemigos, los llamados "terroristas": con recompensas en dinero y con nombramientos como "gestores de paz" compra Uribe la deserción de guerrilleros como Olivo Saldaña (¡dos veces desertor!) y la negra 'Karina', y la traición del que dio como recibo la mano cercenada de su jefe Iván Ríos, y la entrega de los secuestrados por 'César' y 'Gafas', supuestamente engañados por la habilidosa Operación 'Jaque'.
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