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Opinión

  • | 1998/02/23 00:00

    NI TAN LEJOS

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Hubo algo mágico en esa mezcla de Juan Pablo II y Fidel Castro. Poder, carisma, principios, religión, política y pueblo en dosis fuertes, para sacudir a Cuba, a América Latina y al mundo.Desde el momento en que el Papa llegó al aeropuerto de La Habana se sintió el ambiente electrizado del choque (o la unión, tal vez) de dos personajes llenos de historia, de símbolos y de poder. No parecía estar sucediendo lo que la mayoría de los anuncios de los expertos anunciaban. Se pretendía que el Papa debilitara a Castro con su presencia, o que la oposición política ganara terreno de la mano del máximo jerarca de la Iglesia, como lo dijeron muchos. Lo que estaba flotando en el ambiente era que en Cuba se dieron cita dos pensamientos mucho menos antagónicos de lo que la pelea histórica registra.El Papa, un hombre extraño y cautivante, no se cansó de destacar la identidad de principios del cristianismo y el socialismo en cuanto al respeto por la dignidad humana, materializada en vivienda, educación, seguridad social, salud y trabajo para todo el mundo. Me parece que el Papa estaba más cómodo en Cuba que en muchos otros lugares de América Latina, entre ellos Colombia, donde su clamor por las reivindicaciones sociales ha sido mucho más desgarrador que los pedidos por la libertad que hizo en su visita a la isla. Fue claro que el mensaje del Papa en sus muchas peticiones por la ampliación de las libertades en Cuba no incluía la libertad de empresa. Se refirió mucho al ejercicio de la vocación como el gran valor oprimido bajo la tiranía del comunismo. Criticó el que la gente no pudiera tener la iniciativa de desarrollar y promover los principios de la convivencia cristiana. Pero de empresas, como esperaban muchos comentaristas cubanos en el exilio, no. Es lógico que haya sido así, si se tiene en cuenta la decepción del Papa por lo que surgió de las ruinas del mundo comunista europeo, que con tanto ahínco ayudó a derrumbar: materialismo de verdad. No el que se le criticaba al comunismo por desconocer la existencia de Dios y por lo cual él contribuyó a tumbar. "Lumpencapitalismo salvaje", como él mismo lo llamó, recordando con nostalgia algunas de las bondades del comunismo arrasado. No es gratuito que el Papa hubiera elogiado al Che Guevara, el más ateo y comunista de los barbudos de la Sierra Maestra, el más radical y violento, y lo hubiera calificado, a pesar de todo, como un verdadero servidor de los pobres.Y Fidel estaba en lo mismo. Tratando de encontrar la mayor cantidad posible de similitudes entre el discurso de Juan Pablo II y el de su revolución, en parte para convertir la visita del Pontífice en un elemento de afianzamiento político, y en parte para relanzar al mundo la filosofía básica de la organización social cubana. Me sorprendió el fervor de las multitudes en las misas a campo abierto. Yo hubiera pensado que al Papa saldrían a verlo millones de personas, sí, pero atraídos por el carisma y la figura siempre cautivante del pastor polaco. Pero no esperaba una participación tan clara y masiva en la liturgia. Imagino que es mucho más el fruto de la prohibición que de la tradición católica del pueblo cubano. Quién sabe. El hecho es que me pareció conmovedor el encuentro de dos hombres ya viejos, con evidentes muestras de deterioro físico. El uno con 40 años en el poder y el otro con 20, cargados ambos de un pasado intenso y contradictorio. Nadie sabía con certeza qué se esperaba de esa visita papal a Cuba. Pero muy pocos acontecimientos mundiales han recibido el despliegue periodístico que le dieron todos los medios del planea a este evento. El que 4.500 periodistas hubieran sido acreditados para el cubrimiento de la visita del Papa a la isla de Fidel habla por sí solo de la descomunal atención que el mundo le brinda al hecho, sin que nadie sepa decir exactamente por qué. Tal vez para lo único que sirva es para reflexionar sobre los modelos sociales que de alguna manera representan este par de personajes radicales con sus errores y virtudes.
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