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Opinión

  • | 2012/01/23 00:00

    No a las armas

    Todo movimiento tendiente a rechazar las armas ha de ser tan vigoroso como las armas mismas. Pero, como vivimos la cultura de las armas y de las guerras no es tan fácil lograrlo.

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Construir una sociedad sin armas depende de un gobierno mundial, pero también de todos los gobiernos nacionales y locales. Por eso es laudable la actitud de Petro. Una ciudad en armas es la expresión de una cultura, y el inicio de un modelo cultural es algo supremamente simple. La primera mujer que tomó un palo para hurgar la tierra con el propósito de buscar raíces para alimentar sus hijos revolucionó el mundo. Pronto lo harían otra y otra más y después todas las de la tribu, dando inicio al arado, que es uno de los fenómenos culturales más importantes de la humanidad. Del mismo modo, los grandes procesos armamentistas y conflagraciones mundiales han tenido inicio con un hecho cualquiera, relacionado con la fabricación y el uso de armas, pues las pautas culturales, una vez que hacen parte de una sociedad, se vuelven más poderosas que las propias armas. Por eso, debemos pedirles a los científicos, a los poetas, a los filósofos, a los sociólogos, a los historiadores, a los pensadores en general, que se rebelen contra las armas. Quizá en alguno de esos momentos de dolor y de sufrimiento que causan las armas, una de estas protestas cale profundamente dentro de la sociedad y podamos dar inicio a una cultura sin armas, a una cultura de paz y de defensa de la humanidad.

Todo movimiento tendiente a rechazar las armas ha de ser tan vigoroso como las armas mismas. Pero, como vivimos la cultura de las armas y de las guerras no es tan fácil lograrlo. Para desarmar un pueblo se necesita paciencia y perseverancia. Si en la ciudad se ha construido una cultura de armas, a través de las décadas y de los siglos, desarmarla no será tarea de un año o de una década: quizá se necesite medio siglo o un siglo completo. Comenzar ya, es lo importante.

Es también un deber controvertir los cantores de las armas, como Spencer, quien se atreve a tergiversar la teoría de la evolución de las especies de Darwin, y a decir que, de no haber sido por la construcción de armas, no habrían surgido las herramientas agrícolas e industriales. Con múltiples argumentos se puede rechazar esta falacia. Cito tres, para ser breve. En primer lugar, el origen de todas las herramientas es supremamente antiguo, como se puede concluir de la observación de los instrumentos utilizados por homo habilis, homo erectus y luego por las diferentes etapas de homo sapiens. Las armas como tales, con propósito defensivo y ofensivo, son un asunto demasiado nuevo. En segundo lugar, las máquinas agrícolas más modernas y técnicas, el tractor y la combinada para la recolección de cereales, tuvieron sus antecedentes en dos antiquísimas herramientas: el arado y la hoz. En tercer lugar, muchísimas cosas procesadas tuvieron su origen en el trabajo manual y creativo, miles de años antes de que apareciera el flagelo de la guerra: la vivienda, los canales de riego, la rueda, el pan y la cerveza, por ejemplo. Afortunadamente hay científicos de la paz que son el contrapeso de Spencer, como Einstein, quien dice: “Incondicionalmente rechazaré todo servicio de las armas”.

El rechazo no sólo debe ser a las armas nucleares, a los tanques y aviones de guerra, sino también a las armas pequeñas. El mundo está inundado de armas pequeñas y ligeras: revólveres, pistolas, granadas de mano, lanzadores de misiles portátiles, fusiles, etc. Hay aproximadamente 500 millones de este tipo de armas, en el mundo, es decir, una por cada doce personas. Y, son fáciles de comprar y de manejar. Con un entrenamiento mínimo, hasta un niño puede usar una, y siempre con fatales consecuencias. Como todas las armas, las pequeñas también exacerban los conflictos, provocan flujo de refugiados y engendran una cultura de violencia e impunidad. En suma, constituyen una amenaza para la paz, el desarrollo, la democracia y los derechos humanos. De acuerdo con un estudio que cita el ex Secretario General de las Naciones Unidas, Kofi Annan, estas armas, producen aproximadamente mil muertos por día en todo el mundo, siendo las mujeres y los niños el mayor número de víctimas.


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