Viernes, 2 de diciembre de 2016

| 2001/08/20 00:00

¿No se dan cuenta?

El cuatrienio de Pastrana ha sido catastrófico, pero lo ha sido, en buena medida, porque heredó un país ya deshecho por sus predecesores

¿No se dan cuenta?

Lo leIa yo, y aplaudIa solo. “Hay que sustituir el modelo de desarrollo que quiso imponerse entre nosotros y que nos condujo al más rotundo fracaso”, había dicho el orador. Y yo, al leerlo, soltaba “vivas” y “bravos”. “¡Vamos a sepultar el neoliberalismo! ¡Y lo vamos a hacer aquí y ahora!”. Y yo, feliz: por fin alguien que se da cuenta. “El país requiere una reforma política amplia, integral, que haga del nuestro un auténtico sistema democrático, participativo y pluralista…”. Yo no cabía en mí de entusiasmo, de gozo. “Vamos a reformular con Washington el Plan Colombia, construyendo un verdadero programa de socios para el desarrollo en el que se privilegien las inversiones, se intensifique la cooperación, se promueva el pluralismo democrático y se incentive el ánimo empresarial para dejar atrás la pobreza…”. Eso, eso sí es un Plan Colombia, no este de ahora hecho de helicópteros artillados y fumigaciones con glifosato. ¡Eso! ¡Bravo! ¡Viva! ¡Así sí!

Eso, el discurso de Horacio Serpa en la proclamación de su candidatura presidencial. Una pieza maestra. Me descubrí, como en la canción mexicana, llorando de alegría.

Y aún faltaba lo mejor: el artículo del ex presidente Carlos Lemos Simmonds sobre el discurso de Serpa, explicando luminosamente por qué sus rivales, “los estafadores electorales de hace tres años”, no tienen ninguna autoridad moral ni política para volver a hacer propuestas. Un artículo admirable. Me golpeó particularmente una frase:

“No faltaría más que los promotores del desastre absoluto que padecemos hoy salvaran ahora con un par de golpes de pecho oportunistas e hipócritas su tremenda responsabilidad y volvieran a las andadas, diciéndole al país por quién debe o no debe votar”.

¡Qué frase, señores, qué frase! Una vez más, lloré.

Y luego lloré otra vez todavía —ahora, lágrimas de sangre, pues ya no me quedaban de las otras— al caer en cuenta de que esas frases admirables eran dichas por Serpa y por Lemos. Es decir, no por dos vírgenes inocentes ni por dos recién nacidos, sino por dos viejos lobos de la política que llevan toda la vida haciendo exactamente lo contrario de lo que ahora prometen que van a hacer, y adoptando exactamente el mismo comportamiento que ahora les critican a sus adversarios. Es decir: por dos “estafadores electorales”, para usar la acertada expresión de Lemos; que, para usar su frase completa, pretenden “disfrazarse otra vez de buhoneros honestos para comercializar su rencor“.

Porque tal vez a ellos dos se les haya olvidado ya quienes han sido, pero a mí no. El cuatrienio de Andrés Pastrana ha sido, sin ninguna duda, catastrófico: pero lo ha sido, en buena medida, por haber heredado un país ya deshecho por sus predecesores: un país en el cual, y durante decenios, tanto Serpa como Lemos ocuparon los más altos cargos (o, para volver a decirlo con Lemos, “cayeron en las groseras tentaciones burocráticas” y “desacreditaron el arte inteligente de mandar”). El neoliberalismo que hoy denuncian los dos no “quiso imponerse entre nosotros” traído de Washington por la mano de Pastrana: lo impusieron entre nosotros los gobiernos de Gaviria y Samper, con la activa colaboración de Lemos y de Serpa entre otros “buhoneros honestos”. Y está remachado para el próximo cuatrienio por los acuerdos firmados con el Fondo Monetario Internacional, de manera que —y ellos mismos lo saben— los del ‘Compromiso Social’ ni es social ni puede ser compromiso. Y ellos mismos saben también, en sus propias carnes, que de haberse hecho aquí la “reforma política amplia, integral”, etcétera, de que hablan, ni el uno sería candidato a la Presidencia ni el otro hubiera sido ya (aunque fugazmente) presidente.

Y ahí están. Y ahí siguen. Y ahí vuelven. Su desfachatez es asombrosa.

Me recordó la desfachatez de otro que fue jefe de ambos y estaba ahí con ellos en la proclamación de la candidatura, con su flor roja en el ojal. La desfachatez del ex presidente López Michelsen, que en su reciente libro de memorias imaginarias le responde a su interlocutor, cuando éste le pregunta si al cabo de medio siglo de mandar en la política colombiana no se siente, al menos, “corresponsable” de la situación de horror en que se encuentra el país:

—Si soy corresponsable, no me doy cuenta.

No le creo a él, ni a sus discípulos Lemos y Serpa. Creo que sí se dan cuenta, pero no les importa.

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