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Opinión

  • | 2002/07/15 00:00

    No hay guerras eternas

    A la hora de hablar de conflictos sangrientos, destructivos y prolongados como el de Colombia, no hay como aprender de lo ocurrido en Centroamérica.

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Un versiculo muy sabio del Popol Vuh, el libro sagrado del pueblo maya quiché, que estableció en el remoto pasado de Centroamérica una de las civilizaciones más esplendorosas, dice que mientras más oscuro parece el cielo, es que más pronto va a amanecer. En momentos de pesadumbre, cuando todas las salidas parecen cerradas y sólo reina la oscuridad de la intransigencia, es bueno recordar esas palabras porque los nudos más intrincados suelen desatarse de pronto no bajo el filo de una espada, sino como por arte de magia, como son mágicos los amaneceres. Pero a la magia se llega, lo han sabido siempre muy bien demiurgos y chamanes, por medio de la sabiduría, que tiene mucho que ver también con la paciencia.

Entro en esta reflexión inicial porque mi punto real de referencia a la hora de hablar de conflictos sangrientos, destructivos y prolongados, como el de Colombia, no es otro que Centroamérica, un conflicto que viví como actor, en uno de los lados del escenario lleno de cadáveres, y cuando el parlamento mil veces repetido de uno y otro lado era el de que nunca negociaríamos, porque la solución debía ser militar, o no sería.

Uno de mis compañeros en la dirigencia sandinista, en lo más crudo de la guerra con los contras patrocinados por el gobierno de EE.UU., llegó a exclamar una vez, con entonación teatral, que primero se caerían todas las estrellas del cielo antes de que nos sentáramos a negociar con los contras.

Pero no sólo terminamos negociando, si no cediendo, y las estrellas siguen en sus mismos lugares en el espacio sideral. La realidad, más que la retórica, terminó al fin imponiéndose. Y en la mesa de negociaciones dejamos muchos de nuestros principios inflexibles, mucho de nuestra parafernalia ideológica; dejamos un ojo, una mano, un brazo. Porque cuando uno se sienta a negociar de verdad, con seriedad, no tiene más remedio que ceder, y las concesiones se vuelven, por supuesto, mutuas. En una mesa de negociaciones nunca hay ni vencedores ni vencidos, y cada una de las partes debe levantarse convencida de que sacó la mejor ventaja, para podérselo repetir con esa misma convicción a su propia gente.



¿Epocas diferentes?

El conflicto de los años 80 se dio en Centroamérica en un contexto diferente al de Colombia, aunque yo no pondría demasiado acento en esas diferencias porque todo enfrentamiento militar que tiene consecuencias sociales y políticas generalizadas, o si se quiere ver al revés, que se origina en causas sociales y políticas, funciona de acuerdo con mecanismos que pueden identificarse como comunes.

La primera diferencia que yo marcaría está, por supuesto, en la época. Aquellos eran los tiempos finales de la Guerra Fría, pero no por ser finales eran tiempos menos briosos. Que la disolución del mundo socialista estaba tan cerca, es algo que los actores del conflicto ignorábamos. Estados Unidos seguía viendo a Centroamérica como un territorio sensitivo para su propia seguridad interna, que no podía perder bajo ninguna circunstancia, y la Unión Soviética la veía como un territorio de exploración en el que valía la pena arriesgar recursos materiales y apoyo logístico militar. Por lo menos, hasta la llegada de Gorbachov.

La Guerra Fría y todo su entorno ideológico no son ahora si no referentes fantasmales. La seguridad hemisférica, desde la perspectiva de Estados Unidos, que reina en un mundo monopolar, tiene que ver hoy día con el narcotráfico, y después de los acontecimientos del 11 de septiembre del año pasado, con las amenazas terroristas. Ni siquiera Cuba discute la razón de estos presupuestos, desde luego que ofreció información de inteligencia a Washington al producirse el ataque demoledor a las Torres Gemelas, y ha consentido, en términos muy explícitos, que los prisioneros talibanes permanezcan en la base naval de Guantánamo.

Los referentes ideológicos de ayer no tienen, por tanto, un asidero real en el contexto internacional contemporáneo. No hablo de las proclamas de adhesión a los intereses de los más pobres y marginados, de abrir oportunidades a quienes no tienen nada, y de que la riqueza sea distribuida de manera justa y equitativa, de manera que dejen de existir dos Colombias, o dos Nicaraguas, la próspera de unos pocos y la inmensa y oscura de la mayoría. Ese es un discurso que hoy en día suscriben los partidos más moderados de izquierda, y si nos descuidamos, hasta alguno de la derecha tradicional que a la hora de las campañas electorales se viste de luces, como para una buena corrida.

Hablo de lo que fueron las concepciones ortodoxas del socialismo real en tiempos de la Guerra Fría, sobre la forma de organizar el Estado. El papel del partido único, o hegemónico, por ejemplo, y el de la economía central y planificada, para no citar si no dos ejemplos muy señalados. Una propuesta semejante por parte de un movimiento en armas sólo puede tener ecos hacia el pasado desierto, pero no es un instrumento útil en una mesa de negociaciones donde deba discutirse un proyecto nacional de país en términos políticos, sociales y económicos.

Las propuestas excluyentes, de cualquier lado, no son viables. Una propuesta que no tome en cuenta a todos los sectores de la sociedad, y su derecho a convivir bajo reglas de consenso, desde empresarios urbanos a trabajadores asalariados, y desde finqueros a trabajadores agrícolas, no sirve para acercar la paz. El fin de un conflicto militar se da cuando todas las partes estén convencidas de que, cediendo, pueden convivir, y que están dispuestas a participar de un proyecto común. Pero nunca si se sigue pensando en la aniquilación del adversario.

La otra diferencia notable se refiere a la extensión internacional del conflicto. Tras el triunfo sandinista en Nicaragua en 1979, y al sobrevenir la era Reagan, nos aferramos a la convicción de que la mejor defensa frente a una ineluctable intervención militar norteamericana era llevar la simiente de la revolución al resto de Centroamérica, y apoyar así a los movimientos guerrilleros de El Salvador, ya agrupados en el Fmln; y a los de Guatemala, que iban a agruparse en la Urng. Desde su perspectiva, la administración Reagan contemplaba a Centroamérica como un todo, un solo campo de batalla, pero el punto medular seguía siendo Nicaragua; de allí que llegaran a gastar un millón de dólares diarios para financiar a las fuerza militares de los contras, a quienes forzaron a agruparse bajo un solo paraguas, la Resistencia Nicaragüense (RN).

Era, pues, un conflicto que cubrió a todo Centroamérica, porque Honduras fue elegida como base de operaciones de la contra y Costa Rica no pudo escaparse de prestar los mismos servicios, pese a las proclamas de neutralidad del gobierno del presidente Monge. Pero insisto en que seguía siendo un conflicto de trasfondo ideológico, de modelos distintos de sociedad por los que cada una de las partes luchaba en el común de los países en conflicto. O una sociedad de hegemonía socialista y economía dirigida, o una sociedad 'del mundo libre', que no incluía a los movimientos guerrilleros, a los que era necesario derrotar militarmente y neutralizar en términos políticos.



Salidas al conflicto

Al final, a la hora en que desató el proceso de negociación, primero en Nicaragua, luego en El Salvador, y por último en Guatemala, la clave estuvo en dos puntos fundamentales: los alzados en armas entregaban sus fusiles, pero como contraparte recibían seguridades de sus vidas, y de su participación en la vida política, como partidos legítimos; y esto fue válido tanto para los combatientes de izquierda del Fmln y la Urng en El Salvador y Guatemala como para los combatientes de derecha, los contras de la RN en Nicaragua. Y es aquí donde, pese a las diferencias de tiempo y escenario, encuentro la más sensitiva e importante de las similitudes entre el conflicto colombiano y el conflicto centroamericano a la hora de imaginar una solución.

Parto del principio de que Colombia encontrará, tarde o temprano, y ojalá más temprano que tarde, una salida global negociada al conflicto militar. No hay guerras eternas. Y las guerras civiles comienzan a encontrar salidas cuando las partes en conflicto llegan al convencimiento de que no es posible una salida militar. Es decir, que no es posible su propia victoria.

A esta situación puede llegarse porque se crea un empate, o equilibrio militar; o porque se produce un estado de agotamiento de la sociedad, que arrastra a los combatientes de todos los bandos a plantearse la paz como una necesidad impostergable. Es cuando comienza a amanecer el milagro. La destrucción y la muerte, sobre todo, y la zozobra y la inseguridad, llegan a desempeñar un papel paradójico porque acercan el final del conflicto, tal y como en Centroamérica.

Nosotros no podíamos derrotar a los contras, porque ya no había más jóvenes a quiénes enviar al servicio militar, y la economía no daba para más, con cifras astronómicas de inflación; y los contras sabían que podían seguir causando destrucción y terror en el campo, pero que nunca lograrían tomar una sola ciudad importante; y que además el respaldo que habían obtenido de la administración Reagan era ya repudiado abiertamente en el Congreso de Estados Unidos, que no estaba dispuesto a darles un centavo más. Lo que había en El Salvador era un empate militar.

Paradojas. Los procesos de negociación sólo pudieron arrancar con pie firme cuando llegaron al poder gobiernos que tenían el respaldo real de las fuerzas armadas y de los grupos empresariales más poderosos. En El Salvador, el presidente Alfredo Cristiani provenía del partido Arena, de la extrema derecha, pero precisamente por eso no inspiraba desconfianza entre los suyos, y pudo negociar con libertad, y con poder, y otorgar al Fmln concesiones que el presidente Napoleón Duarte, que provenía de la Democracia Cristiana, nunca hubiera podido garantizar.

Lo mismo pasó en Guatemala con el presidente Alvaro Arzú, que provenía de la cúpula empresarial del país y tenía el respaldo del ejército, algo con lo que nunca contó el presidente Vinicio Cerezo. En Nicaragua, el Fsln, como partido que tenía todo en un puño, fuerzas armadas y de seguridad, Parlamento, organismos de masas y gobierno, contaba, por supuesto, con la coherencia y la fuerza para negociar y cumplir lo pactado con los contras de la RN.

Al fin y al cabo una negociación de paz efectiva se reduce al hecho, como dije antes, de que quienes se hallan alzados deban desarmarse e incorporarse a la vida civil y política del país. Que los combatientes irregulares puedan regresar desarmados a sus hogares, con la seguridad de que no serán perseguidos ni asesinados, o de que podrán optar por incorporarse a las fuerzas armadas regulares, o a las de seguridad; y de que sus dirigentes tendrán todas las garantías para organizar partidos políticos y participar en pie de igualdad en los procesos electorales.



Negociar, el camino

El proceso de negociación más complejo y detallado se dio en El Salvador. Los altos mandos de las fuerzas armadas fueron depurados de todos aquellos militares contra quienes había evidencias de abusos y violaciones de los derechos humanos, y los jefes guerrilleros que resultaron responsables de los mismos abusos y violaciones fueron inhabilitados de toda participación política por un plazo de 10 años, una vez que la comisión internacional presidida por el ex presidente Belisario Betancur presentó su informe final. Pero también se acordó la desaparición de organismos de seguridad pública considerados represivos, así como el desmantelamiento de los grupos paramilitares.

El hecho de que al disolverse el mundo socialista terminara la Guerra Fría fue un factor que ayudó a facilitar el fin del conflicto. En términos ideológicos, las fuerzas tuvieron que moverse hacia el centro y aceptar que en lugar de un proyecto político excluyente, que se defendía con sangre, se entrara a un proyecto democrático común, con iguales garantías para todos.

Ya no volvió a hablarse más, en términos ideológicos, de democracia proletaria y de democracia burguesa, sino de una democracia sin apellidos, que ha permitido compartir asientos en el Parlamento a antiguos jefes guerrilleros con dirigentes paramilitares, y militares retirados, en El Salvador y Guatemala; y a dirigentes sandinistas y dirigentes de la contra en Nicaragua. Lo mismo ocurre en los gobiernos municipales.

Si más allá de los prejuicios ideológicos, que cada vez pesan menos en la situación que describo en Centroamérica, las intransigencias vienen a depender en Colombia de la defensa cerrada de cuotas de poder, que cada parte cree tener mejor asegurada con las armas en la mano, estaríamos, sin duda, frente a un panorama más complejo. Pero de todas maneras el mero poder de las armas, bajo una concepción militarista, que asegura preeminencias y ventajas, tampoco es duradero ni sostenible, ni para las Farc, ni para el ELN, ni para las fuerzas de autodefensa, por mucho que haya de por medio intereses siniestros que nunca estuvieron presentes en el conflicto de Centroamérica, como es el caso del narcotráfico.

Tampoco, de acuerdo con mi propia experiencia, pienso que el gobierno del presidente Alvaro Uribe pueda aspirar a una victoria militar en toda la línea durante su período de gobierno. El resultado de las elecciones que ganó tan abrumadoramente lo que muestran, antes que nada, es el cansancio de la población frente a una guerra a la que no se ve salida, porque los intentos anteriores de negociación han fracasado y el país sigue poniendo una cuota cada vez más intolerable de muertes y destrucción. Esa fuerza electoral debería ser empleada en forzar una negociación seria y de fondo, sin excusas ni juegos de dilación, porque esta es una guerra que nadie puede ganar y todos están perdiendo.
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