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Opinión

  • | 2005/04/24 00:00

    No me gusta el Papa

    Nadie ha sido más 'martillo de herejes' que este cardenal que lanzó a las tinieblas exteriores a nada menos que 140 teólogos desobedientes

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No me gusta este nuevo papa Benedicto XVI. Y antes de que me reprochen que meta la cucharada me apresuro a decir: todos tenemos derecho a opinar sobre un Papa: sobre el dirigente espiritual de más de mil millones de católicos en el mundo, y el jefe ideológico de más de cien mil curas y monjas, y el autócrata de un pequeño pero muy rico Estado in-

dependiente. A todos nos afecta su acción y su existencia. No es como bautizado católico que me atrevo a opinar -pues es precisamente ahí donde no me dejarían hacerlo- sino como habitante libre del planeta. No me gusta este Papa, como no me gustaba su precedesor: ni en lo espiritual, ni en lo ideológico, ni en lo político.

Qué quieren que les diga: no me gusta ni siquiera el nombre apostólico que ha escogido. Benedicto. Bendecido, bendito. Me parece pretencioso desde el punto de vista estrictamente etimológico. Pero si para cotejar datos históricos le echo una ojeada a la enciclopedia, me encuentro con que los Papas llamados Benedictos han sido, por lo general, Papas de mal agüero, de mal fario. El más famoso fue el terco Papa Luna de los tiempos del Gran Cisma de Occidente, Benedicto XIII, que murió encastillado como un cangrejo ermitaño en su fortaleza medioeval de Peñíscola, sobre las olas del Mediterráneo, siendo no sólo un anti-Papa sino además un contra-Papa enfrentado a nada menos que tres otros Papas más. El más reciente fue Benedicto XV, el de la Primera Guerra Mundial, que se limitó a esperar a que pasara el aguacero. El primer Benedicto, allá por el siglo VI, aguantó los tiempos calamitosos de las invasiones lombardas. Otros tres o cuatro del mismo nombre fueron estrangulados, ahorcados, o murieron de hambre en un calabozo tras su deposición por un Concilio o por un Emperador. Hubo uno simoníaco, Benedicto IX, que vendió un par de veces su cargo de Vicario de Cristo y lo compró otras tantas, y acabó refugiándose en tierra de infieles. Hubo otro Papa Benedicto que llegó a santo -el II- y otro va en beato -el XI-. Y en cuanto al más de mi gusto, Benedicto XIV, fue un déspota ilustrado dieciochesco a quien sus cardenales consideraban demasiado moderado, demasiado blando, demasiado laico.

No hay riesgo de que eso le suceda al Benedicto XVI de ahora. Nadie ha sido más severo 'martillo de herejes' que este cardenal Joseph Ratzinger que durante un cuarto de siglo encabezó el Santo Oficio (cuyo cambio de nombre es simple demostración de hipocresía, y no de ablandamiento), y lanzó a las tinieblas exteriores a nada menos que 140 teólogos desobedientes. En su último sermón antes del encierro del Cónclave sixtino quiso dejar muy en claro que sólo hay una doctrina verdadera, la suya, la ortodoxa de la Iglesia Católica Romana, que debe defenderse contra la "dictadura del relativismo". Por eso entró cardenal y salió Papa. Y aunque ahora diga que "el diálogo es necesario", no se lo creo (al menos yo): es una voltereta demasiado circense la de un lobo sanguinario que se convierte en pastor.

(Tampoco me gusta ese diálogo con los demás pastores que propone. Recuerdo un rancio refrán castellano: "Reunión de pastores, oveja muerta". Y bien asada, claro está).

Digo que no me gusta el nuevo Papa Benedicto XVI, antes Joseph Ratzinger, pero no porque me parezca mal que se ocupe de los intereses de su Iglesia, ni porque me parezca mal que esté convencido de que su Iglesia tiene la razón. Eso me parece normal: para eso es Papa. No me gusta porque, repito, un Papa de Roma no sólo ejerce su influencia sobre los católicos romanos, sino sobre la humanidad entera, de la misma manera que un presidente de los Estados Unidos, o de la China, o de Rusia. Es una influencia mucho mayor que la que puede alcanzar un filósofo suelto o un general victorioso. Y, en mi opinión, la influencia de un personaje tan reaccionario y a la vez tan hipócrita, tan curil en el peor sentido del término (untuoso y fingidamente humilde), tan burocrático, tan ideológicamente cerrado, sólo puede ser nefasta en un mundo que, en mi opinión, no necesita más rigideces, sino algo de flexibilidad.
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