Lunes, 20 de febrero de 2017

| 1997/05/12 00:00

NO A LA EXTRADICCION

NO A LA EXTRADICCION

Pasó lo que tenía que pasar: el gobierno cedió a las presiones y anunció la presentación de un proyecto de reforma constitucional que revive la extradición de colombianos. Se abre de nuevo la discusión sobre el tema, asunto en el que se ocuparán buena parte de las desgastadas energías de los colombianos.El tema de la extradición no es fácil de abordar. Uno acaba sin saber si lo que dice lo dice por principios, por miedo o por rabia, o por un poco de cada uno de todos los anteriores. Pero ahí estamos, en contra de la extradición. Si el tema se pudiera tocar en abstracto, en una discusión teórica acerca de qué tipo de mecanismos se deben utilizar para combatir determinados delitos, habría que decir que a un crimen de esencia internacional, como el narcotráfico, debería corresponder una herramienta hecha a la medida, como la extradición. Y al lado de ella, otro tipo de instrumentos, como los de las operaciones conjuntas entre países, o todos aquellos acuerdos que busquen eliminar los trucos mediante los cuales los delincuentes convierten el derecho internacional en su guarida. Pero el asunto no es tan simple. Al menos no lo es en el caso de Colombia. Nuestro país camina desde hace ya muchos años por el borde de lo que se puede considerar tolerable en materia de instrumentos jurídicos para combatir el narcotráfico. Con la justa preocupación por la seguridad de los jueces nos metimos primero en el tenebroso hueco de la justicia sin rostro, una de las aberraciones más temibles que puede tener sistema jurídico alguno. Para los países civilizados (no digo desarrollados; no siempre es lo mismo) la justicia sin rostro es la peor violación imaginable de los derechos humanos. Mucho más que la tortura, por ejemplo, pues ésta se ejerce por ovejas descarriadas, mientras la justicia sin rostro es un atentado institucional contra los derechos individuales. A pesar de todo, ahí la tenemos.Después nos despedimos sin rubor del principio elemental según el cual para que a una persona la puedan acusar de tener relación con un delito, ese delito ha debido ser calificado por la justicia en forma previa. Pero nada. Con la disculpa de que respetar ese principio beneficiaba a unos hampones en una determinada coyuntura se masacró el criterio en un juicio histérico con desagradable sabor medieval. Y ahora vamos a entregar a los colombianos a la justicia extranjera. Se oirán centenares de justificaciones que sonarán válidas para defender la extradición. Pero nunca serán tan sólidas como para hacernos olvidar que lo hacemos porque nos lo exigen los gringos, y nada más. Y esa actitud vergonzosa debería ser suficiente como para no aceptar el chantaje. La extradición no puede ser el resultado de una claudicación, como lo es en este caso. Si se revive el mecanismo, se hace porque el país acepta que su justicia no sirve para nada. Si el caso fuera que los Rodríguez Orejuela o cualquier otro narco tuvieran procesos adelantadísimos en Estados Unidos y aquí no tuvieran nada, otra sería la discusión. Pero está claro que lo que ocurre es que Estados Unidos nos considera tan corruptos que exige que nos declaremos impedidos como país para juzgar a nuestros delincuentes. Además, a partir del momento en que se reabra esa compuerta, no habrá aliciente para favorecer el sistema judicial. Ni aliciente ni necesidad, pues por esa vía vamos a subcontratar con Estados Unidos la administración de nuestra justicia.Tampoco comparto la idea de que hay que aprobar la extradición porque es a lo único a lo que le temen los narcos. Este argumento serviría también para justificar cualquier atrocidad, lo cual no lo hace válido.Como en toda función de circo hay sección de risas, no estuvo mal la presentación del gobierno de Estados Unidos, que les quitó la visa a los Rodríguez Orejuela apenas la semana pasada, más de una década después de haber descubierto que se dedicaban al narcotráfico. Y a propósito de visas, solo falta que después de las extradiciones nos devuelvan los narcos por no tener permiso para pisar el suelo de la unión americana.

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