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Opinión

  • | 2014/10/23 00:00

    “No nos dejen matar”

    ¿Cómo desoír esta súplica, escribir una nueva columna sin mirar hacia ellos, ver un partido de fútbol, leer un libro o jugar tranquilamente con los niños en el parque sabiendo que su tragedia también es la nuestra?

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“No nos dejen matar”, fue recientemente el grito desgarrador de un puñado de periodistas y defensores de los derechos humanos que en Antioquia ven su vida seriamente amenazada. Pero este llamado suplicante que a los colombianos nos debería poner los pelos de punta, como tantos otros ha pasado en pocos días a ser una simple noticia trasnochada. Fue un clamor que sólo tuvo eco en el registro que algunos muy pocos medios hicieron de él. Las autoridades, en cambio, que sí tienen junto a sus oídos “inteligencias” y medios para reaccionar, unas veces sí, otras no, se ocupan en atender a estas aterradoras voces de angustia y peligro. Y la ya larga historia del viacrucis en el que está inmerso no sólo un número creciente de periodistas, sino la misma profesión, no da muestras de querer detenerse.  

Cada vez más se dan los casos de comunicadores que, a la par con numerosos grupos de personas entregadas con pasión a la defensa de todos los derechos constitucionales, son amenazados, vilipendiados, agredidos o asesinados. Hay que ver la infame maquinaria montada por la extrema derecha que, no contenta con su equipo de hacker chuzadores, ha decidido reclutar un ejército de fanáticos dedicándolos a infiltrar las columnas de opinión de la prensa. En ellas, en el campo denominado “comentarios” que los medios ofrecen con largueza para que los lectores opinen sobre la temática expuesta, hacen su agosto desde el más ruin y cobarde anonimato hostigando con insultos, calumnias e intimidaciones a todos aquellos escritores cuya misión consiste en analizar los diversos temas de la realidad nacional ejerciendo su derecho a opinar en libertad y con el criterio que les da su propia óptica.

Este rebaño de francotiradores digitales con mentes robóticas también hace parte del conjunto de peligros a los que se ven expuestos los periodistas hoy en día.     

Para nadie es un secreto quién y cómo y desde cuándo una sola persona ha logrado polarizar el país. Lo saben sus más próximos, sus seguidores y sus secuaces. Y también lo sabemos los demás, las víctimas de la maquiavélica estrategia, o la sobrecogida ciudadanía que no comulga con sus ideas y menos con sus tácticas confrontacionales.     

Y es que hay que ver de qué manera, oponiéndose a que se alcance en La Habana un acuerdo que nos lleve a la reconciliación y a una paz estable y duradera, excitado hasta el delirio por el odio y la sed de venganza, tras haber conseguido todos los honores que la patria puede brindar, no contento con ello vierte sobre la faz del país su verbo incendiario, y contagia con él a millones de colombianos cuya capacidad de reflexión y sindéresis les ha sido enajenada por su soberbia mesiánica.   

Consecuencia de ello, claro, es el fanatismo extendido que viene brotando desde todos los puntos de nuestra geografía. Y es ese fanatismo ciego el que, pervirtiendo a múltiples espíritus, hace que las intenciones probablemente sanas de algunos deriven con la mentira repetida del “caudillo” en perversas inclinaciones como la de perseguir al periodista aquel que con honestidad se atreve a hacer visibles los problemas y las injusticias que a diario se cometen en Colombia.

En este torbellino de acoso y persecución ha quedado envuelto nuevamente Hollman Morris, de vieja data difamado por el expresidente Uribe. Ahora él y el excelente Canal Capital que dirige son, junto a Telesur, unos simples “serviles del terrorismo”. Se impone entonces la pregunta: Habida cuenta del enjambre de extremistas incubados en la prédica exaltada de su derecha recalcitrante, ¿no corre peligro la vida de Hollman Morris? ¿Y la de Leiderman, Gonzalo, Gildardo, Rodolfo, Yolanda, Arcenio, Amalfi, Yesid y Daniel y tantos otros periodistas desafectos o contradictores de su discurso?

“No nos dejen matar”. Cómo carajos desoír esta súplica, escribir una nueva columna sin mirar hacia ellos, ver un partido de fútbol, hojear un periódico, leer un libro o jugar con los niños en el parque sin pensar que su riesgo, el de Hollman, Daniel, Gonzalo o Henry es también el riesgo de todos nosotros, y también el de todos aquellos que rechazan la violencia porque quieren la paz y el respeto por la integridad de los hombres en una nación que autoproclamándose democrática debería tolerar y honrar en medio de las diferencias el derecho de todos a obrar y expresarse libremente.    

guribe3@gmail.com 
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