Viernes, 2 de diciembre de 2016

| 2009/08/22 00:00

No piensen en mí para la Comisión de Televisión

Para garantizar audiencia la programación debe estar en sintonía con la estética uribista: los programas en que salen caballo pasan a horario Triple A.

No piensen en mí para la Comisión de Televisión

Hace poco más de una semana, Ricardo Galán renunció a la Comisión Nacional de Televisión. Yo a Ricardo lo apreciaba, pese a que cuando daba entrevistas radiales me costaba saber si el que hablaba era él o si era Cusumbo; si era él o un maestro de obra. Pero lo apreciaba, digo, y por una razón fundamental: era el único del gobierno de Uribe que había demostrado tener corazón. Lo hizo hace unos años, cuando le dio un infarto. En ese entonces trabajaba como jefe de prensa de Palacio, y por eso el Presidente decidió nombrarlo en un puesto en el que ganara bien, trabajara poco y viajara mucho.

Por eso Galán terminó de comisionado de televisión, con un sueldo envidiable que le permitía suscribirse a un servicio de cable para evitar la televisión nacional, que es tan mala y, sobre todo, tan mal regulada.

Tan pronto leí la noticia de su renuncia, pensé que le cobraría mi apoyo al gobierno pidiéndole, ya no una notaría para un sobrino, sino que me nombrara allá, en la vacante que dejó Galán.

Quería ser comisionista, que era como pensaba que le decían a los de la comisión, antes de enterarme de que se les debe llamar comisionados.

Un comisionado se gana cerca de 14 millones de pesos más prestaciones; tiene carro, chofer y secretaria; puede nombrar un equipo de seis personas y viaja con dinero público a destinos a los que nunca llegó ya no digamos Héctor Mora, sino el mismísimo papá de Junior Turbay cuando se embarcaba en sus giras presidenciales. Todo comisionado se inventa excusas técnicas para ir al Japón, a Estados Unidos, a Europa, pero cuando se trata de pasar por Chocontá a ver la antena repetidora, ahí sí no le jala: ah, sinvergüenzas.

El trabajo es elemental. Consiste en que uno saca pliegos de licitación, se hace el que los examina y al final le asigna el tercer canal al Grupo Planeta.

No peco de falsa modestia: la verdad es que me siento capaz de hacer eso.

Encima de todo, en la Comisión comentan en voz baja cuál colega tiene sexo con qué asesora, y cómo esa asesora consigue que la nombren de comisionada para montar una rosca con su amante en un círculo laboral excitante, lleno de corrupción y erotismo. Y a mí esos chismes sexuales me encantan.

Todo pintaba bien pero capté un detalle que derrumbó del todo mi entusiasmo: y es que no me siento capaz de trabajar al lado del 'Pote' Carreño, que, además de ser de la junta del glorioso Santa fe, es el presidente de la Comisión. No sé si lo han visto. Es un muchacho sudoroso, que se bate a muerte cada día para conseguir que sus trajes le cierren y que trabaja únicamente en sus tiempos libres, porque las horas de mayor concentración las dedica a almidonarse el pelo con la tradicional gomina Lechuga, que casualmente es el único alimento que no consume en su dieta.

Ya me imaginaba yo lo que debe ser un almuerzo de trabajo en la Comisión que él preside.

—Discutamos la programación del tercer canal -propone alguien.

—Inspirémonos en el canal de Panamá -sugiere la comisionada Bechara, que no entiende nada de televisión.

—Si no se va a comer los gordos de su churrasco -la tantea el doctor Carreño-, ¿me los puedo comer yo?

—No, Juan Andrés, ya has comido mucho. Si sigues engordando, vas a terminar jugando en el equipo titular del Santa fe.

Debatir el contenido del tercer canal es sencillo: lo único importante es que de cada programa escurra un uribismo espeso, casi hostigante. A este pueblo le gusta Uribe y para garantizar audiencia la programación debe estar en sintonía con la estética uribista: con sus principios, con su doctrina. Para empezar, todos esos programas agrícolas en los que salen caballos, tipo La finca de hoy, pasan a horario triple A; El minuto de Dios se alarga: dura todo el día, y el Presidente lo protagoniza; vuelve El pasado en presente, con una producción de bajo costo que consiste simplemente en filmar al doctor Galat; por influencia de los hermanos Ángel, se repite El cartel y toda serie con que puedan identificarse; hay un novedoso reality para elegir los falsos positivos del mes, con un jurado conformado por el general Montoya, que hace el papel de juez estricto, y Juan Manuel Santos, que hace el de buena gente.

—Esa parrilla es un éxito.

—¿Parrilla? ¡Me apunto! ¡Quiero un chorizo! -se emociona el 'Pote' Carreño.

A ustedes les consta que, contra todos mis principios, me he vuelto uribista. Pero me niego a cobrar mi conversión con un puesto en la comisión. Prefiero irme con Galán a trabajar a la campaña de Noemí, junto a Andelfo, Uchi, Englaé, Priscilla y demás personas de nombres poco serios. Merezco algo mejor que ir a juntas directivas con ese arrume de comisionistas, en las que lo más emocionante que sucede es que uno ve cómo el doctor Carreño da cuenta en un instante de los mojicones y las almojábanas que ponen en el centro de la mesa, sin dejarle nada a los demás: ah, sinvergüenza.

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