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Opinión

  • | 2012/08/25 00:00

    No pierdo las esperanzas...

    En la Colombia de hoy, para hacer política se necesita no tener ideas, no ser audaz y ser hijo de alguien.

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En estos 30 años el país ha cambiado de Constitución, de sistema de justicia, de sistema tributario, de sistema de salud, de sistema de pensiones, hasta de sistema educativo. Sin embargo, en lo único que no se ha modernizado el país en estos 30 años es en la forma en que se hace política.

Las razones para que nuestros políticos no hayan ido a la par con estos cambios institucionales registrados en estos últimos 30 años son varias. Tal vez la más evidente sea que la mayoría de los 'nuevos' integrantes de la clase política forman parte de las mismas familias que dominaron el país político en la década de los cincuenta y de los sesenta. Los Iragorri siguen reinando en el Cauca, en el Valle los Lloreda y los Rengifo, en Antioquia siguen reinando los Gómez Martinez, los Uribe, los Vélez, los Valencia Cossio, los Gaviria del periódico El Mundo y los Perez García. En el Viejo Caldas, siguen teniendo el poder los Yepes y los vástagos de Víctor Renán Barco como Adriana Franco, representante por el Partido Liberal. En Bucaramanga siguen vigentes los descendientes de los Gómez-Gómez, de los Morales Ballesteros, por solo mencionar los casos mas palpapables y evidentes.

Los pocos intentos que se han hecho en estos 30 años para renovar esta clase política, que se fue desideologizando en la medida en que consiguió la fórmula de perpetuarse en el poder, han sido infructuosos. El que más recuerdo fue la renovación que se intentó hacer en la Constituyente, la cual se hizo en parte en contra de esa clase política. Los jóvenes que en ese entonces nos movilizamos con el movimiento de la Séptima Papeleta lo hicimos con la idea de que si se revocaba el Congreso, como de hecho sucedió, se iba a producir el milagro de que quienes entraran iban a renovar finalmente esa clase política que tan poco servicio le había prestado al país. Pero no pudimos. A pesar de que el congreso se revocó, quienes ganaron las elecciones fueron los mismos y la renovación de la clase política que se habría podido dar en ese momento histórico, se aplazó y hoy parece ya una tarea imposible. En la Colombia actual, para hacer política se necesita no tener ideas, no ser audaz y ser hijo de alguien. De Horacio Serpa, de Cesar Gaviria, de Ernesto Samper, sobrino de Álvaro Gómez, hijo de los Lloreda, de los Char.

Los pocos jóvenes que lograron entrar en este círculo tan cerrado tampoco consiguieron oxigenar la política en estos 30 años.

De todos los políticos que nos producían admiración a quienes en ese momento teníamos 20 años, o fueron brutalmente asesinados por la mafia paramilitar o terminaron siendo absorbidos por la inercia de esa poderosa clase política.

Todo ese kinder de Gaviria, que en realidad llegó a la política con el gobierno de Barco, integrado en su gran mayoría por jóvenes estudiosos, aparentemente independientes, ajenos a las prácticas clientelistas y con ideas claras sobre lo que se debía hacer no cumplieron las expectativas.

Muchos de ellos, terminaron dedicándose a la empresa privada y hoy son exitosos consultores de firmas que asesoran a políticos y a multinacionales. Otros como Manuel José Cepeda, Rafael Pardo, Enrique Peñalosa o Juan Lozano terminaron cambiando tanto de camiseta en los últimos años que se desdibujaron.

De los galanistas de hace 30 años, otro movimiento que nos sorprendió en su momento porque consiguió vincular a nuevas personas ajenas a estos clanes tradicionales, tampoco ha salido el gran líder del siglo XXI. Lo mismo ha sucedido con la izquierda: hace 30 años todos pensamos que Navarro Wolff o el mismo Petro iban a darle a la izquierda una fortaleza que no tenía en ese entonces: hoy forman parte del montón.

Todos ellos, los 'nuevos' y los viejos, han terminado contemporizando con la ilegalidad o con la corrupción. Para nadie es un secreto que desde hace más de 15 años los partidos Liberal y Conservador, y todas sus nuevas degeneraciones, ganan las elecciones con la ayuda de la mafia paramilitar, como bien lo prueba la investigación sobre la parapolitica, y que todos los avances que se han hecho en el sistema de salud, de educación y de las regalías han ido a parar a sus bolsillos en lugar de haber servido para beneficiar a los colombianos. No es más sino ver la falta de acueductos y alcantarillados y de luz eléctrica que tienen en el subdesarrollo a muchos municipios de Colombia para entender que lo malo no son las leyes sino quienes se aprovechan de ellas. Esa clase política es la misma que se precia de haber enfrentado a Escobar pero que negoció por la puerta trasera con los mafiosos que le sobrevivieron y con el narcoparamilitarismo de hoy.  

Los pocos políticos que han querido romper este círculo y que se han enfrentado al monstruo han sido asesinados: Rodrigo Lara, Luis Carlos Galán, Bernardo Jaramillo, Carlos Pizarro y Álvaro Gómez.

No pierdo las esperanzas. Sigo esperando ese día en que surja el gallo que sea capaz de sacar del poder a esta clase política que tan poco nos representa a la mayoría de colombianos.
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